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29 de Junio 2007

el modelo 100

      Escribo estas líneas al borde la locura. El esfuerzo mental y la tensión a los que me vi sometido durante el último mes me han convertido en sólo una sombra del abogado que fui. Desesperado y derrengado ya sólo me queda tirarme por esta ventana para acabar con mi vida; y lo haría gustoso, si no estuviese en un semisótano y no tuviese que trepar un metro para llegar a la calle. Sólo espero que estas pocas líneas sirvan de advertencia al próximo incauto que piense que puede hacer frente al saber arcano que se oculta detrás de la confección de una Declaración de Hacienda

      Mi delicado estado de salud actual puede muy fácilmente deberse al sobrehumano esfuerzo que he realizado para intentar cuadrar las ingentes cantidades de facturas que me presentaron, pero desde luego, el abuso de los estimulantes tales como la cafeína y el Prolintano han conseguido que más que una persona joven en estos momentos parezca más bien un esqueleto recubierto de piel al borde del ataque de histeria. Pero no siempre fue así.

      Durante cuatro años ejercí como abogado generalista en un pequeño despacho familiar situado en uno de los mejores barrios de la ciudad de Madrid. Durante ese tiempo ejercí casi todas las ramas del derecho con mejor o peor fortuna, y me labré una pequeña reputación como penalista. Prosperé ejerciendo una profesión de la que disfrutaba y durante un breve espacio de tiempo fui feliz.

      Mi desgracia -nuestra desgracia- empezó hace poco más de un mes, cuando en el despacho entró aquel hombre de rostro enjuto y mirada turbia con un fajo de documentos bajo el gabán. Venía referenciado por un amigo de un socio del despacho. El amigo de un amigo tenía un conocido, industrial vallisoletano con propiedades en Madrid, que necesitaba que le confeccionásemos la declaración de la renta y del patrimonio.

      Volviendo la vista atrás no fue buena idea aceptar aquel encargo, en apariencia inofensivo, pero un substancioso adelanto venció mis escrúpulos y mi natural aversión hacia el Derecho Tributario. Si bien es cierto que en la carrera no tuve que esforzarme demasiado para aprobar aquella asignatura, nada de lo que había aprendido entre los muros de aquella añorada institución podía prepararme para aquello a lo que había de enfrentarme.

      Lo primero que hice en cuanto se marchó mi enigmático cliente fue ordenar meticulosamente aquel batiburrillo de papeles que había dejado en un par de sobres sobre mi mesa. Ingresos, gastos, certificaciones de trabajo y certificados bancarios componían un puzzle que se me antojaba curioso, y tengo que reconocer que, en aquel primer momento no supe calibrar la terrible desdicha que se avecinaba.

      Esa misma noche, y con un termo de café bien cargado, bajé de la página Web del Ministerio de Hacienda el Programa de Ayuda Renta 2006, pero para mi desazón, pronto descubrí que también tenía que instalar un nuevo motor java en el ordenador para hacerlo funcionar, amén de media docena de parches de actualización dispuestos por los aviesos informáticos del ministerio para minar la moral de todos aquellos que pensasen que aplicando un poco de lógica serían capaces de desentrañar los misterios impenetrables que se esconden detrás de las embrolladas operaciones de ingeniería financiera necesarias para que una declaración salga a devolver.

      Pronto descubrí que si quería rellenar aquella declaración, conforme a los deseos del hombre del gabán, tendría que ahondar en mis conocimientos de Derecho Tributario mucho más allá de lo que humanamente es sensato hacer, bajo riesgo de perder la sensatez.

      Durante incontables noches perdí la vista y la cordura bajo la luz de los flexos en la Biblioteca del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, consultando antiguos tratados cuya existencia ha sido olvidada por casi todo el mundo. Ni siquiera el Bibliotecario –custodio del ala de acceso restringido del Colegio- es capaz de identificar alguno de los arcanos volúmenes que se encuentran atesorados en las estanterías más recónditas del sótano segundo del edificio y cuya existencia niegan incluso sus propios autores: "El muy noble Arte de la defraudación tributaria" de A. Gallo, "lo que hace una mano" de L. Roldán o el más reciente, pero también completamente indescifrable “Guía para cumplimentar la Declaración del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y del Patrimonio 2006” del tristemente famoso arabe loco cuyo nombre me veo en la obligación de omitir.

      Con toda aquella masa de información bullendo dentro de mi cabeza, destruyendo cada fibra de mi ser, comencé a rellenar la maldita declaración; sólo para descubrir que Todos aquellos conocimientos no eran suficientes para poder atender las exigencias de mi cliente. Las reducciones a la base imponible, las deducciones de la cuota liquidable formaban bellas ¡Ah! Todo aquel conocimiento que ansiaba como el respirar! La posibilidad de hacer que aquellos papeles cobrasen vida y de que todas aquellas cifras se ordenasen correctamente en cantidades que se pudiesen

      Todos los amigos a los que acudí me dijeron lo mismo, todos los expertos que consulté me tacharon de loco, porque aquello que buscaba no sólo era ilegal en toda la UE, sino también imposible con la planificación tributaria que había preparado el hombre del gabán. Pero sin dar mi brazo a torcer, dedique todo el tiempo que me fue humanamente posible, e incluso más a encontrar la piedra filosofal que hiciera que aquella declaración se convirtiera en algo poderoso y mágico.

      En mi locura, obsesionado como estaba por aquel asunto, perdí pronto la confianza de muchos clientes por desatender sus asuntos mientras me sumergía en aquel terrible conocimiento. Día tras día adquiría aquel saber profano mientras descubría más estrategias de contabilidad creativa, de desviar deducciones, o encontraba una deducción autonómica en la que nadie había reparado todavía.

      Sin embargo, y con el plazo a punto de finalizar, finalmente me di por vencido, y al borde la demencia traté de imprimir aquella declaración en el estado en el que se encontraba, sólo para descubrir que el motor java que era necesario para que funcionase el Programa de Ayuda interfería con los drivers de la impresora, imposibilitando. Tras subir por la ventana la impresora para deshacerme de ella, pude imprimir aquel fatídico error en un Workcenter cercano.

      Y ahora ya es tarde. Oigo los pasos de mi mandante en la escalera, Quiere su declaración y la quiere a devolver, pero no es posible. Naie podría conseguirlo. ¡El horror, oh, el horror! Se está abriendo la puerta.

      -"Lo siento. Te sale a Ingresar".

Posted by Towsend at 29 de Junio 2007 a las 12:11 AM