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9 de Febrero 2010

¡¡Aaaarrrrr!!

      Benjamin Franklin fue un gran tipo. Un renacentista en la Ilustración: Científico, inventor, político, filósofo, y mil cosas más. Posiblemente todos sepáis que inventó el pararrayos, las lentes bifocales o que fue el primero en describir la corriente del golfo. Lo que quizás no sabéis es que también fue uno de los mayores piratas de su época. No pirata de los de pata de palo, parche en el ojo y loro al hombro, que quizás lo fue, ya que en su biografía se indica que también fue marino, sino pirata como lo entendería hoy un señor de las SGAE. De los peligrosos ladrones que roban derechos de autor. -Echaos a temblar-

      Una de las principales ocupaciones del señor Franklin, era la de impresor, pero supongo que editar el “almanaque del pobre Richard” y los ensayos federalistas no era lo suficientemente rentable, porque Franklin, al igual que el resto de los impresores de su entorno, reimprimía sin pedir la autorización de sus autores u ofrecer remuneración a cambio de ello, obras de autores británicos de la época.

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El dibujin es cosa de EFE ¡Corran a leer su blog pinchando en el billete!

      En puridad, aunque no fuera bonito, Benjamín Franklin no estaba haciendo nada ilegal, ya que el Estatuto de la Reina Ana de 1710, primera norma que reconocía la existencia de los derechos de autor sólo era de aplicación a la Gran Bretaña.-otorgaba a los autores en un primer momento de una protección durante 14 años frente a impresiones no autorizadas, lo cual, visto desde la óptica actual, puede que no parezca mucho, pero era la primera vez que se reconocían, no sólo derechos comerciales o de explotación de la obra, si no la propia paternidad moral de las obras.

      En cualquier caso, con la Revolución, las doctrinas proteccionistas que establecían tanto la Constitución norteamericana de 1787 como la primera ley de Copyright de 1790, reconocían una protección similar a la que brindaban las leyes inglesas a sus autores nacionales, por lo que los autores extranjeros no disfrutaban de protección alguna frente a estas reimpresiones piratas llegando al punto, por ejemplo de, Matthew Carey, un importante editor norteamericano, que pagaba a un agente en Londres – una especie de espía literario- para que le enviase páginas sueltas o pruebas de imprenta en barcos rápidos que podían llegar a América en un mes. Los hombres de Carey recibirían a los barcos antes de atracar y utilizaban a varios tipografistas para dividir el libro en secciones, y trabajando en turnos sin descanso, tener los libros impresos en un día y a la venta en las librerías americanas tan rápido como en Inglaterra. - Y creíamos que lo de los fastsubs era algo nuevo-

      A pesar de las reiteradas quejas de los autores británicos, esta situación continuo durante casi todo el siglo XIX. Para la década de 1840, el tema era tan sangrante, que Charles Dickens, autor admiradísimo en los Estados Unidos, durante una gira por aquel país acusó a los impresores americanos de ser bucaneros y filibusteros que poco menos que le obligaban a vivir en la indigencia, y que habían causado la muerte de Sir Walter Scott, habiéndole privado del dinero que justamente le correspondía.Pero es que Dickens era un tío cortado por un patrón un tanto especial: En 1844 demandó a una editorial londinense, Parley's Illuminated Library, que había reimpreso su Cuento de Navidad sin su autorización. Dickens Ganó el caso, y se le concedió una indemnización de 130 libras, sin embargo, la editorial se declaró en bancarrota, y a Dickens le tocó pagar costas judiciales por valor de 700 libras.

      La situación cambió a finales del siglo XIX, cuando comenzaron a despuntar los primeros autores importantes norteamericanos, aunque los Estados Unidos no llegaron a ratificar la Convención de Berna de 1886 hasta 1991 ¡Más de cien años después!

      Aaah, todo tan PRE SGAE.

 

Posted by Towsend at 9 de Febrero 2010 a las 08:24 PM