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5 de Enero 2006

Dilemas morales

      Hoy el tema va de ?Dilemas Morales?, pero de los profesionales, lo que quiera que sea eso. Quien quiera pornografía emocional, que navegue unos cuantos posts y que pase de lo que viene, que va sobre el trabajo. Sin dobles lecturas.

      Un buen día viene al despacho, una persona ?¡un futuro cliente!- con un determinado problema jurídico al que no puede enfrentarse por sí mismo. Se puede tratar de una multa, una deuda, un contrato o una notificación de una demanda

      La mayória de las veces, esa persona recurre a la ayuda profesional de un abogado como último recurso, después de haber intentado solucionar el problema por su cuenta y tras haber deliberado con lo que cariñosamente llamamos ?el Consejo de Sabios?. Antes de acudir al despacho, un cliente ?normal? habrá consultado con media docena de parientes, amigos y conocidos sobre el tema. Su hermano, su tío funcionario que estudió Derecho, un vecino que tuvo un problema similar, el tendero de la papelería, un señor que parecía saber del tema en la barra del bar y un conocido, Juez de Primera Instancia.

      Todos ellos habrán dado una solución diferente del problema que tiene nusetro cliente, siempre benficiosa para él, y éste habrá ido escogiendo de cada solución lo que beneficiaba, así que cuando cruza nuestra puerta y se sienta enfrente de nosotros, ya tiene una idea bastante clara de que es lo que quiere conseguir de ti. En su cabeza, su problema se ha convertido en una chorrada que cualquiera podría solucionar, pero tiene que ocuparse de ello un abogado -¡Malfados, que malfados!.

      El dilema moral que planteaba en el primer parrafo del post es el siguiente: ¿Debe el abogado romper las expectativas del cliente y exponerle los riesgos de lo que el cliente quiere, las consecuencias de su fracaso o por el contrario debe plegarse a estas expectativas y llevar el tema conforme a la idea preconcebida del cliente? Que se viene a traducir en si al abogado le interesa comer ese mes.

      Si opta por la primera opción, en muchisimas ocasiones, la entrevista terminará rápidamente, con un cordial apreton de manos y un ?ya le llamaré cuando decida algo?. Acto seguido, el ex-cliente saldrá del despacho, llamará por telefono móvil a un pariente y dictaminará que el abogado aquel era un gilipollas y que no tenía ni puta idea.

      Si en cambio se opta por la segunda, el abogado corre el riesgo de convirse en el mero articulador jurídico de las pretensiones ?muchas veces desorbitadas- de su cliente y cómplice de que actualmente nuestro sistema judicial esté colapsado con demandas que se podrían haber solucionado con un par de llamadas, y cediendo algo las partes.

      Yo siempre he sido partidiario de que más vale llegar a un mal acuerdo que un buen pleíto. ¿Qué prefiere usted; recibir 10.000 euros ahora o conseguir 15.000 dentro de tres años, pagando minutas de primera instancia, apelación y casación? (Y eso si gana el juicio, que como sabemos es harina de otro costal).

      Muchas veces el trabajo del abogado consiste en ir desinflando las expectativas que se ha creado el cliente o que le han creado los miembros de su consejo de sabios. Muchas veces esto no ocurriría de haber acudido al abogado en primer lugar, pero como tenemos esa idea preconcebida de que no son más que unos crueles chupopteros, preferimos dejarlos como último recurso.

Posted by Towsend at 5 de Enero 2006 a las 12:54 PM