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3 de Agosto 2005

Lección

      A pesar de ser tres de Agosto, a algunos nos toca seguir dando el callo en el despacho. Es algo parecido a hacer una guardia médica; sólo que en vez de médicos con bata tenemos abogados vestidos de paisano, jugando al tute y que no me juego la vida e nadie, con lo que mi limitación de resposabilidades se da por satisfecha..

      La verdad es que estos días no hay demasiado que hacer. Unas pocas llamadas de teléfono, Un par de transferencias. Despues de ordenar por enésima vez los expedientes que tengo encima de la mesa con ausntos pendientes, y eludiendo el resto de mis obligaciones laborales decido salir a dar una vuelta, tomarme un granizado de limón y acercarme a la Tesorería General de la Seguridad Social para enterarme de algunas cosas que tenía pendientes desde hace un par de meses. ?Los interesados- si vosotros, lo tenéis jodido-.

      A pesar de ser agosto, La sala de espera de la Tesosrería ?para no variar- está atestada de gente que espera para solucionar sus trámites. Como quedan varias decenas de números para que sea mi turno, decido repachingarme en uno de los nuevos y flamantes sillones que han puesto, sacar mi ejemplar de ?Hyperion? y ponerme a leer. Es la primera vez que veo unos sillones tan cómodos en la sala de espera de una administración pública; casí sucumbo a la modorra y me echo una siesta ahí mismo.

      Varios capítulos más tarde, por fin aparece mi numero, así que marco la página con un billete de metro usado, me levanto con desgana y me estiro un poco, las articulaciones embotadas crujen. Debería hacer un poco más de ejercicio.

      Según me dirijo al mostrador que me ha tocado en suerte, alguien detrás de mí alza la voz ?eh, eh?. Al darme la vuelta, veo que un tipo con pintas barriobajeras señala hacia donde estoy yo. Chanclas de piscina, pantalon de lino blanco, camiseta imperio negra que dejan al descubierto sendos brazos cubiertos de tatuajes patibularios. Para terminar el lote tenemos una melena tan ondulada como grasienta y una cadena de oro del grosor de una moneda de dos euros. Si me lo encuentro a las doce de la noche camino de casa, me cambio de acera. Fjo.

      Pensando que el asunto no va conmigo, me doy la vuelta dispuesto a encaminarme a la mesa, pero el tipo de las pintas macarras, llega a mi altura y me da un toquecito gentil en el hombro.
      -Perdone, Si, usted... Se le ha caído.
      -¿uh?

      -El billete. Se le ha caído al levantarse. -en ese momento veo que en la mano lleva un billete de 50 euros doblado. Automáticamente, empiezo a palparme los bolsillos del pantalón.
      -Anda, ¡vaya,! es verdad. ?el tipo me alarga el billete- Muchas gracias.
      -De nada- y vuelve a sentarse, esperando su número.

      Yo paso a hacer mi gestión, agradeciendo que todavía quede alguien bueno en el mundo. Cualquier otro habría pisado el billete, esperando a que me largase para recoger el billete con mucho disimulo. Como siempre sacar conclusiones precipitadas por las pintas que lleva una persona sólo lleva a equivocarte en los juicios de valor. Creo que hoy he aprendido ?de nuevo- una valiosa lección sobre los prejuicios y sobre la integración, como en un episodio de una teleserie americana de sobremesa.

      -Pequeña confesión- Yo no llevaba níngun billete de cincuenta euros. ¿qué esperabáis?

Posted by Towsend at 3 de Agosto 2005 a las 04:11 PM