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7 de Julio 2005

Terrazas

     Vaya por delante y ante las críticas que supongo que va a recibir ésto, que creo firmemente en el derecho de cada uno a ganarse la vida ?una cualquiera, no me pregunten cual- como mejor pueda. Unos serán ingenieros, policías o jueces, y otros serán honrados ciudadanos. Sin embargo, esa libertad para hacer lo que se quiera, debería acabar siempre donde empiezan los derechos de los demás. Especial y particularmente, mi derecho a que no me molesten cuando me estoy tomando algo en una terracita.

     Entrados en materia, Madrid está jalonada de cientos de terrazas en las que tomar algo tranquilamente. Tranquilidad, según el diccionario on-line de la RAE, es la cualidad de lo tranquilo, que a su vez significa ?quieto, sosegado, pacífico?. Es decir, cuando alguien va a tomarse una caña, una copa o una hamburguesa a una terraza, es para hacerlo sin que le molesten, y si puede en compañía de unos cuantos amigos, mejor.

     Pero quienquiera que se haya sentado en una terraza sabe que esa tranquilidad será constantemente interrumpida por la caterva de personajes que van de terraza en terraza, molestando al personal con sus practicas pedigüeñas. Uno vale. Dos se aguantan... veinte, son insufribles.

     Por ejemplo, y sin anímo de que esta enumeración sea exhaustiva:

     El chino mochilero que vende cds y dvds piratas de las ultimas novedades del mercado. Variantes de este, son la china de las rosas y el de los cachivaches de las tiendas de chinos, que por sólo un eypo, te ofrecen desde linternas a llaveros, pasando por pendientes luminosos ¡Toda una feria ambulante!

     El tipo de la asociación de sordomudos, que deja en la mesa un buda sedente de escayola minúsculo, pintado de verde, junto con una nota burdamente fotocopiada en la que explica que aceptaría ?la voluntad por una buena causa? y que te da las gracias con un gesto de la mano cuando pasa a recoger el buda.

     La yonki pasada de todo, que viene pidiendo algo para comer mientras enseña una hamburguesa medio comida que le han dado en otra mesa.

     Los niños rumanos que te dejan en la mesa un mechero, también con una notita, explicando sus penalidades personales, mientras te intentan levantar la chaqueta del respaldo de la silla o el móvil a la mínima que te distraes, tirando, por ejemplo, unas monedas al suelo.

     El acordeonista que toca ?la Kalinka? y otros éxitos de la música popular romaní a todo volumen, con más bien poco talento, y que pasea entre las mesas obligando a posponer la conversación hasta que el nivel de contaminación acústica se ha reducido lo suficiente para poder continuarla.

     Los tipos de los bongos, que además últimamente se hace acompañar de dos fulanos que hacen una pequeña demostración de Capoeira. ¡Cuánto daño ha hecho Carlinhos Brown a nuestra juventud!

     El grupo autóctono de guitarra, trompeta y acordeón que va con un amplificador y un sampler, tocando pasodobles a un volumen ensordecedor.

     Y cuando crees que no podría pasar nada peor, aparece la tuna. En manada, como los depredadores gregarios. Con sus capas, sus cintas y sus mallas negras. Lo más rancio del país al servicio de los turistas que para colmo de males lo disfrutan como si nunca hubieran visto a un hombre con medias y bandurria. Y tocando ?clavelitos?, nada menos.

     Pero sin duda, el peor de todos es el camarero. Ese personaje que se debe preocupar de que tu consumición sea perfecta, y que parece que disfruta haciéndote sufrir. No es ya que tarde media hora en atenderte, mientras da cancha al resto de los fulanos mencionados para que te atosiguen; ni que tome la nota mal; ni que traiga lo que le da la real gana; ni que la comida esté helada; ni siquiera que te intente cobrar de más. Es la conjunción de todo ello y de algunas cosas más que mejor callamos en aras de la salud mental de los lectores.

     A todo esto y por si queda alguna duda, lo de la terraza del ?Oskar?, en la plaza de Santo Domingo, es inefable. A partir de este momento, vetado.

Posted by Towsend at 7 de Julio 2005 a las 01:07 PM