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15 de Febrero 2008

¡Exijo una satisfacción!

      Alguien me dijo el otro día que mis posts jurídicos le aburren. ¡Saluda, Alex!; así que he estaba decidido a hacer un post que le molase de verdad; uno que hablase de sangre, sexo y violencia a raudales. Estaba preparando un post sobre los preceptos jurídicos del antiguo testamento cuando Michael desenterró dos términos que tenía profundamente olvidados en mi inconsciente más profundo: Autotutela y heterotutela. Echadle a él las culpas de este tochazo.

      Hay que empezar explicando que desde los albores de los tiempos, la gente siempre se ha partido los piños por un quítame allá esos cuernos o por una simple cuestión de quien se tenía que apartar al pasar por el empedrado.

      Desde la Iliada, con todos aquellos poderosos griegos, rompiéndose la cara a pecho descubierto tostado bajo el sol, por un cadáver arrastrado por los campos –yummie- tenemos en nuestra conciencia cultural a el concepto de que hay ciertas ofensas que tienen que ser vengadas personalmente. Llamadlo honor, honra, nombre o fama, pero todos los pueblos desarrollan el concepto de la dignidad personal.

      Con la formación del derecho (desde Grecia hasta nuestros tiempos –y perdónenme los compañeros juristas que lean esta burda simplificación, propia de un examen de primero de carrera, pero no es éste el tema que hoy tratamos-), se pasó de la autotutela a la heterotutela. El Estado ejerce la función jurisdiccional y debe reparar las ofensas del tipo que sea. Incluso las ofensas privadas que afectan a la dignidad personal de las personas)

      Bueno, no del todo.

      El duelo, tal como lo entendemos en esta parte del mundo, es una institución jurídica surgida en Europa durante el siglo XIV y XV a imagen de los llamados Juicios de Armas medievales. Así pues Quedan fuera de esta definición –y dejamos para otro día-los duelos de pistoleros del salvaje oeste y los duelos de los samuráis japoneses, en su camino por alcanzar el puesto de mejor espadachín –entre muchos otros-.

      La diferencia entre Los Juicios de Armas –derivados después en los llamados Duelos judiciales- y los duelos, o mejor dicho los duelos de honor, radica en que los primeros eran de instituciones judiciales sancionadas por los gobernantes, en los cuales la culpabilidad de una ofensa quedaba en manos –armadas, literalmente- de los implicados en el asunto o en la de sus campeones, y los segundos eran venganzas privadas, que quedaban a la honra de las partes. Los duelos de honor nunca fueron legales, porque suponían una afrenta directa a la autoridad real; las disposiciones reales (Reyes Católicos en 1480) y eclesiásticas (Desde el Concilio de Trento) prohibían y castigaban serveramente el duelismo, pero por otro lado, el estamento aristocrático, y por ende los propios legisladores, creía firmemente que la defensa personal del honor y la honra en duelo era un derecho y un deber de todos los caballeros, y por lo tanto nunca fueron activamente perseguidos.

      Un extracto de “La mayor virtud de un rey” de Lope de vega ejemplifica este extremo.

REY
Mendoza, esos desafíos
Que antiguamente se usaban,
Sagrada Roma prohíbe
y no los consiente España.
Quitan la juridicción
a los reyes Los que tratan
de vengarse por sí mismos;
Que al cetro y suprema vara
de la justicia del rey,
que es virtud y no es venganza
toca el hacer la justicia.

DON SANCHO
Pues, señor, si no se casa
con Sol, yo se que don Juan
es persona tan Fidalga,
que donde yo le llamare,
sea en Italia o en Francia,
o entre los bárbaros sea
de Europa, África o Asia,
irá a volver por su honor.


      Así, aun existiendo severas leyes promulgadas contra los duelos, estos eran relativamente frecuentes durante el siglo XVII y XIX y nunca se actuaba contra los duelistas, a no ser que mediase una denuncia previa –normalmente de uno de los participantes que prefería ser desterrado o engalerado a que le levantasen la sesera de un pistoletazo-. Los resultados de los duelos, se camuflaban como accidentes de caza en las gacetas.

      Una segunda característica de los duelos era su formalidad pues desde el siglo XIV existieron diferentes códices referentes a la forma de los desafíos, de la aceptación del duelo y de la celebración del propio duelo. Siendo uno de los más famosos de estos códices el Ensayo sobre la jurisprudencia de los duelos del Conde de Chateauvillard, (1891).

      Los duelos cayeron en desuso a principios del siglo XX, de tal manera, que en el Código Penal de 1932, ya no recogía los delitos propios del duelo –de participación en los mismos- sino que a partir de entonces, los pocos hechos duelisiticos que se produjeron fueron castigados con el resultado producido, en diferente grado de participación, dependiendo de si se trataba del propio duelista, del padrino o segundo o los testigos.

Posted by Towsend at 15 de Febrero 2008 a las 08:05 PM