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31 de Agosto 2005

Obituario

      Hasta el día de hoy he podido ver tres caras muy diferentes de la muerte.

      La primera de ellas, es esa cara terrible y desgarradora de la muerte que le llega por sopresa a quien no está preprado para afrontarla. David perdió la vida ?y literalmente, la cabeza- de manera fulminante en un accidente de moto. Se decapitó cuando su moto derrapó a doscientos cincuenta kilometros por hora en una curva y golpeó con el casco en un quitamiedos. No tenía treinta años y se iba a casar al año siguiente. Una muerte que nos pilló a todos por sopresa. Hasta ese momento, yo no podía ni imaginarme que alguien de mi entorno pudiera morir porque si.

      La segunda cara de la muerte fue la primera con la que tuve que enfrentarme. Esa muerte hospitalaria, entre estertores y lentas agonías, alargadas ?aún más- por los médicos y por la ciencia. Viendo como los dolores de un cancer se podían soportar más allá de lo indecible gracias los opiaceos; intentando conseguir eso que ellos cínicamente vienen llamando ?calidad de muerte? una vez que se vió que no era posible la curación.

      Es esa muerte esperada, terriblemente liberadora y que va acompañada de un cierto ?Por fin? culpable que todos hemos mamado en esta cultura cristinana atormentada por nuestra necesidad de morboso sufrimiento. Una muerte que me hizo llorar como jamás he llorado y que aún me hace llorar al recordar el dolor de los que esperamos el fatal desenlace y que otros intentaban mitigar con aquellas frases tan odiosas como ?Ya ha dejado de sufrir?.
      Una palabra amigos. Ortotanasia.

      La tercera ha sido ?soprendentemente- esa cara amable de la muerte de la que algunas veces se oye hablar con anhelo; que se lleva a una anciana en su momento; en un suspiro. Sin sufrimiento, dilaciones ni cables.

      Llevo tres días sintiendo un dolor que me atenaza el pecho, una angustia que me quita el aliento por momentos al tomar conciencia de que mi abuela no va a volver a cogerme de la mano y a preguntarme por mis estudios, por mi trabajo o por mi novia nunca jamás. Ya no podré volver a verla sentada en la terraza, tomando el sol al atardecer y pidiéndome que le ponga una cervecita de estrangis.

      Pero he vivido su muerte con una emoción cercana a la alegría, al saber que ella ni ha sufrido, ni su muerte ha hecho padecer una agonía demoledora a su familia. Ha sido la forma en que todos le desaríamos morir a aquellos a los que amamos. En una venerable vejez, sin demasiados achaques, rápida y rodeada de los suyos.

      Y aún así duele.

Posted by Towsend at 31 de Agosto 2005 a las 05:52 PM