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12 de Junio 2003

Una tarde de verano....

   Una mujer entra en el despacho. Ni es joven, ni rubia ni tiene grandes pechos. Las cortinas no están corridas, ni el aire está viciado con el humo de un par de cajetillas de tabaco. Si tengo que hacerle alguna concesión a la novela negra , escribiré que hace un calor sofocante en Madrid. Antes he visto como un par de turistas refrescaban sus pies en la fuente de la plaza de Colón. Justo a tiempo de ver como les salían sarpullidos ulcerosos en la planta del pie. Me temo que eso no fue una buena idea.

   La cliente quiere redactar testamento para su marido. A pesar de que tampoco es tan mayor como para empezar a preocuparse de estás cosas, me dice que quiere dejar solucionados sus asuntos, para en el caso de que le ocurra algún tipo de eventualidad. Mientras dice “eventualidad” algo en su voz suena a accidente de trafico, a envenenamiento casual con raticida o a desafortunado incidente mientras limpiaba la vieja escopeta de caza.

   Las cláusulas de la disposición testamentaria son bastante sencillas. Pretende que su septuagenario marido se lo deje todo a ella, olvidándose de los tres hijos de su anterior matrimonio. Nada para la ex-mujer y nada para el sobrino preferido.

   Después de escucharla tranquilamente le explico que en este país nuestro no es posible hacer testamento perjudicando las legítimas de los herederos forzosos. Nuestro derecho dice que dos terceras partes de la herencia van siempre a los hijos, obligatoriamente –aunque ésto, amigos, es simplificarlo mucho- Ella parece frustrarse cuando se entera que tampoco es posible desheredar a estos herederos forzosos salvo en muy contadas excepciones.

   - Mi marido está dispuesto a firmar lo que haga falta- Dice –Firmará lo que yo le diga que firme.
   - Ni por esas. No puede hacerse lo que usted pretende.
   - Iré a hablar con otro abogado.
   - Adelante, le puedo recomendar muchos, pero todos le contestaran lo mismo.
   - Eso ya lo veremos.

   Cuando se marcha, sin dar el portazo que yo esperaba, noto el sudor frío que recorre mi espalda. Mientras deshago el nudo de la corbata y abro el cuello de la camisa, me pregunto de donde saldrán esta panda de psicópatas y cómo es posible que siempre acaben en mi despacho.

   Creo que necesito una copa.

Posted by Towsend at 12 de Junio 2003 a las 05:17 PM