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24 de Junio 2004

Vida de alguien...

   Pese a toso, Sinforoso García era feliz.

   Era un hombre tranquilo, de complexión menuda, barriga prominente y bigotito recortado a lo Errol Flynn que lucía una más que incipiente calvicie con toda la dignidad que le era posible. Comía bien, pero sin hacer excesos, apenas bebía y no fumaba. Su mujer le quería, él quería a sus hijos y Estos, en plena adolescencia les odiaban a ambos. No tenía vicios conocidos y nunca en su vida se metió en un lío.

   Trabajaba, más horas de las que pasaba en su casa, como agente comercial, ramo de tuercas, tornillos y roscas para una gran empresa, en la delegación en su ciudad, junto con otros cientos de agentes comerciales. Su trabajo consistía en llamar por teléfono a sus clientes y venderles elementos de ferretería. A veces tenía que salir a visitar a algún cliente, pero estas eran la menos ocasiones. Él prefería estar en su oficina, controlando las interminables listas del almacén, cotejando las tuercas del número doce con las existencias de este o de aquel cliente. Sin duda no tenía el trabajo más apasionante del mundo; muchos dirían que de hecho llevaba una vida gris y monótona, pero como ya hemos dicho, él era feliz. O por lo menos lo parecía.

   Una noche, tras un día especialmente aburrido en la oficina, Sinforoso se dirigió al garaje de la empresa y mientras sacaba las llaves del coche del bolsillo del pantalón cayó muerto, fulminado por ataque cardiaco. Los médicos dictaminaron que la vida sedentaria le había pasado factura demasiado pronto.

   La verdad es que nadie tardó mucho tiempo en olvidarle. Ni su mujer, que en menos de un año había vuelto a casarse, ni sus hijos, ni sus compañeros de trabajo. Sinforoso no hizo nada en su vida digno de ser recordado, y quizás sea así mejor.

   La vida pasó por Sinforoso García, pero diez años después de su muerte, nadie recordaba el paso de Sinforoso por la vida.

Posted by Towsend at 24 de Junio 2004 a las 06:08 PM