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16 de Junio 2004

Uso y abuso

   Anoche quise probar algo. Busqué en mi disco duro uno de esos acuerdos de uso de programa de ordenador que tengo instalados (Concretamente de una versión vieja del Acrobat reader) y le di un poco de formato. Después de poner todo el texto a un tamaño y fuente de letra “normal” (Times new Roman 12) y de haber separado los párrafos y las cláusulas para que fuese mínimamente inteligible, este “contrato de licencia de software” ocupaba 11 cláusulas y la friolera de 14 páginas.

   Cuando uno piensa en contratos con grandes empresas, automáticamente recuerda esa escena de los hermanos Marx que da titulo a este Blog. Groucho desenrolla un enorme pergamino y empieza a leer “La parte contratante de la primera parte contratara a la parte contratada de la segunda parte ¿Qué tal?”. La realidad no es demasiado diferente de cómo la retrataban hace casi 70 años. Con la excepción de los habanos, por supuesto.

   Las grandes compañías, alegando la necesidad de suscribir contratos con cada uno de los destinatarios finales de sus productos vienen creando lo que se llaman contratos de adhesión, con sus cláusulas generales de contratación perfectamente delimitadas. La técnica es simple. No van a malgastar tiempo y recursos en suscribir contratos individuales con cada uno de esos usuarios. Hacen un contrato genérico al que éstos se adhieren. Si no estás conforme con estas cláusulas, simplemente no te dejan contratar con ellos “la vida es una lenteja, o la tomas o la dejas. Nuestros servicios (o nuestro programa) también; nosotros no le obligamos a contratar nuestros servicios”. En el caso de los programas de ordenador, la mayoría de las veces, nos encontramos con una parrafada escrita en un idioma que desconocemos cuando pretendemos instalarlo. Muy pocas veces lo leemos, y cuando lo hacemos, tampoco le hacemos demasiado caso. A veces, descubrimos que por el simple hecho de abrir un programa de ordenador, ya nos estamos sometiendo a la jurisdicción de algún ignoto tribunal de Michigan “para cuantas controversias surgan al respecto del uso de la licencia de este sofware”.

   Estos contratos de adhesión contienen a veces un lenguaje tan enrevesado que hasta a los abogados, que se supone somos expertos en el lenguaje “legal”, nos cuesta entender. Todo se lía una y otra vez para que al final el usuario no sepa si está instalando un programa o postulando su pertenencia a alguna secta evangelista.

   Por supuesto que existen mecanismos para hacer frente a los posibles abusos por parte de las empresas que utilizan estos medios de contratación masiva. Pero son Lentos y caros. A no ser que sean casos flagrantemente incosntitucionales, las administraciones públicas no toman cartas en el asunto, amparandose en ese bonito neoliberalismo que impregna nuestra vida pública.

   ¿Alguno de ustedes puede afirmar sin temor a equivocarse que nunca se ha bajado un programa, que entre las cláusulas de su licencia de uso no incluya la entrega de su primogénito? Y por supuesto, omito las licencias de uso de Microsoft, porque como dueños de cuanto estoy escribiendo ahora mismo, por hacerlo a través de una maquina que usa su sistema operativo, y conforme a aquellas, ahora mismo podrían enviar a un matón a romperme el meñique por hablar mal de ellos.

   En fin, yo siempre he sido partidario de redactar contratos claros, sencillos y sobre todo cortos. ¿Debería replantearme mi profesión?

Posted by Towsend at 16 de Junio 2004 a las 04:54 PM