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12 de Febrero 2004

Excusas moñas

   Como ya sabéis la mayoría, tengo clase de japonés los Martes y los Jueves -amén de algunos Viernes- de 8 a 10 de la noche, por lo que normalmente, esos días salgo sobre las siete y media (o un poco antes, si es necesario) del trabajo. Como no quiero tener que dar explicaciones de donde voy a mis clientes –eso del japonés les puede sonar un poco demasiado excéntrico, me temo- tengo dicho que si llama alguien a esa hora, que tengo una reunión fuera del despacho y que me dejen el recado o algo que pueda sonar igual de veraz a los oídos de un cliente. Así, tengo reuniones, estoy haciendo una gestión o vistando a un cliente todos los Martes y Jueves a última hora.

   Normalmente funciona, peo el caso es que tengo un cliente de iguala –y por lo tanto con la consideración de VIP en el despacho- que es un “poco” pesado Este buen señor tiene siempre la santa costumbre de llamar al despacho para comprobar el estado de sus asuntos a última -ultimísima- hora de la tarde, allá por las ocho menos cinco. Y cuando llama, me tengo que quedar otros veinte minutos o más. No es que el buen hombre dé mucho el coñazo, hay que reconocerlo, pero está acostumbrado a que le atendamos en el momento o en su defecto, a la mañana siguiente. Y siempre llama para preguntar una y otra vez sobre el mismo tema y las mismas preguntas a las que yo siempre le respondo de la misma manera. Estoy por grabar una cinta con las respuesta, como Arnie en El Último Gran héroe ¿Colaría?

   Últimamente le ha dado por llamar martes y jueves alternos y preguntar por mí. Harta de tener que dar explicaciones sobre mi paradero, mi secretaría le confesó finalmente que tenía clases a esa hora y que por eso salía un poco antes.

   -Hay que ver lo bien que viven algunos, oiga. ¡Pues deme su teléfono móvil, que lo mío es más importante que el chino ese!- Y claro, ella se lo dio

   A pesar de estar estrictamente prohibido en la escuela, yo nunca apago el telefono movil por si tengo una llamada de algo urgente; así que cuando me encontre con una llamada en mitad de clase, me disculpé y salí al pasillo para ver de qué se trataba. En vano, me tuve que comer una buena reprimenda por su parte por no llevar sus asuntos con la diligencia debida. No tengo que deciros que mientras me soltaba una buena retahíla de reprensiones por teléfono, yo jugaba mentalmente a la piñata con su cabeza. Después de cinco minutos de resolverle –otra vez- sus dudas sobre un contrato de alquiler, me disculpé de forma abrupta y le emplacé para llamarle a la mañana siguiente. Él acepto a regañadientes. Apagué el teléfono volví a entrar en clase.

   Desde entonces, el tipo, cada vez que habla conmigo-lo que sucede ahora más a menuda, ya que tiene mi teléfono privado- me pregunta como voy con el chino. Algún día le diré que lo que estudio es japonés, pero supongo que en el fondo le importa un comino, que sólo quiere que le asegure que sus temás marchan bien.

Posted by Towsend at 12 de Febrero 2004 a las 06:24 PM