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1 de Febrero 2004

El parque

    El parque está aún detrás de los portales; todavía cuenta con los mismos columpios de hierro, pero pintados este año de azul y rojo, Si arañas con una llave la pintura, seguro que acaba saliendo varias capas de colores chillones y de minio, y debajo, el oxido. Seguro que algún día un niño cavando un guá para las canicas dará con un par de G.I.Joes que quedaron Desaparecidos en Combate en las fortificaciones de la Isla de Granada.

    Nosotros llegábamos a casa, cargados con las mochilas del colegio, las cuales tirábamos en el recibidor, sin hacer caso de las montañas de deberes que teníamos para el día siguiente y corríamos a la cocina a por el bocata de nocilla, o de salchichón, para bajar corriendo –otra vez- en tropel al parque. A jugar al pilla, a la Gallinita Ciega, al Escondite Ingles, a Saltar desde los columpios o a partirnos la boca sanamente contra los niños de otros parques. La mayoría de las veces sólo volvíamos a casa con los pantalones del colegio manchados de verde o de tierra, pero a veces, como todos los niños, nos saltábamos algún diente o nos abriamos la cabeza a pedradas. Nada que no solucionásemos al cabo de un par de días, cuando todos volvíamos a ser tan amigos. (Salvo con los gamberros del parque tres, con los que jamás nos juntábamos).

    Aquel viejecito estaba siempre ahí cuando volvíamos del colegio. Sentado en su banco del parque, con un traje gris y bufanda de cuadros, miraba encorvado sobre el bastón, como los niños jugaban en los columpios metálicos, sin hablarles, pero sin perderse detalle de las aventuras y desventuras de aquella panda de pequeños hijosdeputa. Jamás le oímos decir ni una palabra. Nunca nos regañaba por jugar a cosas peligrosas ni pretendía mediar cuando se nos iba la mano jugando a algo peligroso. A cambio, nosotros procurábamos no hacer ninguna gamberrada de calibre cerca suyo. Era una relación de vive y deja vivir con la que todos estábamos la mar de contentos. El Viejecito siempre nos miraba sonriendo con sus ojos cansados, y poco antes del anochecer, se levantaba costosamente, ayudado por el bastón y emprendía el camino de vuelta a casa, la cual estaba apenas unos portales más abajo. Esa era la señal que teníamos para volver cada cual a su casa, quedando como siempre para terminar de partirnos los piños al día siguiente.

    Recuerdo vagamente aquella tarde. Creo recordar que jugábamos temerariamente a seguir al líder entre los columpios de hierro. El viejecito, como otras tantas tardes, se había quedado dormitando en el banco, con la cabeza apoyada en el bastón y sin hacer apenas ruido- Quizás si que nos extrañase que estuviera un poco encorvado, pero nadie le dijo nada. Sólo cuando ya nos llamaban a gritos nuestras madres desde los balcones para volver a casa, alguien pudo caer en la cuenta de que aquel señor mayor, seguía ahí, sin moverse, a pesar de que ya hacía un par de horas que había pasado su hora de volver a casa.

    Pero como nunca hablaba con nadie y nadie hablaba nunca con él, nadie pensó siquiera en decirle nada y todos nos fuimos a casa a Ducharnos, cenar y dormir, porque al día siguiente había colegio.

    A la mañana siguiente, mientras marchábamos a la parada del autobús del colegio pudimos distinguir apesadumbrados una Gran corona de flores en el banco donde siempre se sentaba el viejecito.

Posted by Towsend at 1 de Febrero 2004 a las 07:13 PM