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26 de Enero 2004

Rastros

    Hacía mucho tiempo que no iba al Rastro.

    Miento; no hace ni dos meses que fuí al Rastro por última vez, pero si descontamos esa vez, hacía -por lo menos- 5 ó 6 años que no pasaba por el Rastro Madrileño.

    Quien haya leído -parte de- este blog, sabrá que a mi me encanta pasear. Si encima lo hago de tu mano, entonces podemos decir que pasear es una de las tres cosas que más me gustan en este mundo. Muy cerca de pasar una noche entera contigo y por delante de mandar cartas amenazantes en el trabajo. Sin embargo, lo del rastro sólo se puede llamar pasear hasta las 11 de la mañana. A partir de ese momento pasa a llamarse abrirse paso a empujones entre una aglomeración de turistas y carteristas, pues son los únicos lo suficientemente imprudentes para adentrarse en las entrañas del Rastro a esas horas, donde dar un paso es prácticamente imposible y donde meter el codo en el cuello de la gente es casi un deseo.

    La excusa para ir al Rastro ayer era que habíamos quedado con unos amigos, que venían a Madrid con la excusa de conocerlo. Por las mismas, podían haber dicho que querían conocer el Prado, visita mucho más interesante y me juego el cuello a que mucho menos concurrida. En realidad, todo fue una vil estratagema urdida por el señor EmeA, que quería visitar todos los tenderetes de tebeos de la Plaza del Campillo del Nuevo mundo en busca de ejemplares GENIALES -y no tanto- para su colección. EmeA es uno de esos compradores compulsivos de tebeos a los que he visto hurgar dentro de las cajas de "oportunidades"por un tebeo que le llamase la atención, aunque dista mucho de ser un friki completista; simplemente, si ve algo que le gusta y tiene dinero, lo compra. No creo que le quite el sueño no conseguir el número tal de aquella colección.

    Como iba diciendo, el rastro es uno de los lugares menos apetecibles para andar de Madrid. Quizás porque está enclavado en la Ribera de Curtidores y sus aledaños, y tiene unas pendientes cercanas al diez por ciento. Cuando lo caminas a primera hora del domingo y desde La Latina hacía el Paseo de la Puerta de Toledo, entonces, sólo tienes que dejarte caer, y si la compañía es buena, entonces se te hace en un periquete, mientras ves tenderetes de ropa, de artesanía, de CD's de música lolailo-cañí, de marroquinería y en definitiva de cualquier cosa que se pueda comprar y vender.

    Mención aparte merecen los tenderetes de "chatarra"y de muebles viejos -llamarles antiguos me parece cuando menos, una temeridad-, regentados en su gran mayoría por ropavejeros gitanos, que alegremente aseguran a la concurrencia que la silla que tiene uno de los presentes entre las manos sólo fue usada por una ancianita en un par de ocasiones. Un consejo amigos. Ningún armario de roble macizo de 120 años puede costar "sientotreintauros". En cuanto a los tenderetes de chatarra, sólo diré que parecían "caídos de alguna mudanza". Si alguna vez compro algo ahí, será cierto espejo de metro ochenta de altura con columnas salomónicas a los lados, que quedaría estupendo en el vestidor de la casa que aún no tenemos.

Posted by Towsend at 26 de Enero 2004 a las 07:34 PM