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25 de Diciembre 2003

Familia.

   Decía un amigo, hace ya mucho tiempo, que la familia son esos señores con los que no tienes absolutamente nada en común, y con quienes estás obligado a llevarte bien. Especialmente en lo que la hipocresía social viene a llamar “esas fechas tan señaladas”. No hay una visión más espeluznante que la de una mesa “king Size” donde hay un montón de personas que se miran con desconfianza y se lanzan pullitas durante toda la noche hasta que estallan en gritos, hasta que a veces tiene que disolver la policía la reunión.

   Hace muchos años, la Abuela María celebraba todas las cenas y comidas de la navidad en la gran casa solariega, rodeada de su marido y sus seis maravillosos hijos. El abuelo murió siendo éstos pequeños, pero quedó la costumbre de celebrar las fiestas en casa de la abuela, donde se reunían para comer en armonía, cantando villancicos y celebrando que era la primera vez en muchos meses que se veían todos juntos.

   Nadie parecía darse cuenta de que si tantos hermanos no se veían durante el resto del año era porque ninguno soportaba a los otros, de tal manera que ninguno llamaba al resto para felicitarles el cumpleaños, salvo la más pequeña de todas, que siempre cumplía con una breve llamada de teléfono en cumpleaños, santos y que era el único verdadero nexo de unión entre todas estas personas. Era la única que sabía como le iba a los demás y se encargaba de comunicar las noticias a los otros.

   Los problemas surgieron cuando murió la abuela. La mujer del hijo mayor, convertida de la noche a la mañana en matriarca de la gran familia, hacía cuanto podía para intentar hacer recordar a los seis hermanos el significado de la navidad; esto es, un montón de dinero gastado en decoraciones suntuosas, alguna que otra obra benéfica y cantidades ingentes de comida, de la que sin duda, habría que tirar más de la mitad. Pronto, las navidades quedaron reducidas a la cena de nochebuena. Todos los hermanos acudían desde su domicilio –que casualmente habían establecido en los rincones más alejados del país unos de otros- a la vieja casa, que a todos les parecía antipática y llena de malos recuerdos. Nadie faltaba a esta cena, porque todos sabían que si alguien no iba, automáticamente, el resto haría leña del árbol caído y

   Todos se sentaban en el gran comedor, tomaban el primer plato y hacían pequeñas bromas, lanzadas con la peor intención, cebándose en las circunstancias personales de los demás, comentando con sarcasmo los ascensos, y con maledicencia los logros estudiantiles de los retoños de los demás.

   A mitad del segundo plato principal, el tono había subido centrándose la conversación, como siempre, en las rentas de las tierras de los abuelos. Y polarizándose las posiciones en quienes creían que habían salido perjudicados en el reparto de la herencia y quienes creían que había sido un reparto de lo más justo.

   Para el postre, ya tocaban temas personales, insultándose sin ningún reparo, y prometiendo zanjar algunos asuntos en los tribunales.

   Alguna vez, terminaron incluso tirándose los turrones a la cabeza.

   Al final, y con alguna que otra copa de más. todos salían despavoridos de la casa, jurando por los cielos que nunca jamás acudirían a la reunión anual, y no volver a pasar ni un minuto más con toda aquella gente a la que odiaban. Pero al final todos volvían a la vieja casa solariega, dispuestos a pasar otra horrible noche, en compañía de la familia. Su familia.

Posted by Towsend at 25 de Diciembre 2003 a las 02:44 PM