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4 de Septiembre 2003

Verde, Amarillo, Rojo

   Llegaron en mitad de la noche, montados en un camino de caja descubierta. Los operarios del ayuntamiento llevaban media docena de ellos. los plantaron en medio de la avenida en cuestión de un par de horas. Nadie se enteró de cómo ocurrió; una noche no estaban y a la mañana siguiente, a dos semanas de las elecciones, estaban ahí plantados.

   No es que los operarios procurasen no hacer ruido mientras los instalaban en un intento de respetar el sueño de la gente; De hecho, parece ser que el contrato laboral de los operarios del ayuntamiento exige hacer un ruido infernal cuando se trabaja por la noche, taladrando el suelo; Lo que pasa esas horas de la noche, en las que aun ni se han puesto las calles, ocurren dos fenómenos completamente contrapuestos en relación con el ruido. En primer lugar se puede formar una burbuja de no-sonido alrededor de un sujeto durmiente, por lo que ni siquiera una orquesta de pueblo desafinando un pasodoble podría despertarle o por el contrario, puede ocurrir que los oídos del sujeto amplifiquen el sonido de tal manera que el batir de alas de un mosquito en el otro lado del pasillo o de un grifo goteando en el otro extremo de la casa suenen como un boeing 747 o una explosión respectivamente.

   En este caso, nadie en el barrio oyó nada. O eso es lo que comentaban a la mañana siguiente las vecinas mientras iban a comprar pan o hacían cola para coger el autobús. La gente salía de casa y se los encontraba allí plantados; y por un momento les llamaban la atención. Asentían, alabando las razones al concejal de tráfico, que por una vez había hecho algo útil, en vez de dedicarse a poner resaltos en todas y cada una de las calles del pueblo. Esto era justo lo que necesitaba el barrio para ordenar un poco el tráfico,

   El caso es que ahí estaban, por la mañana; ominosos. Dando ordenes a conductores y peatones; gestionando el trafico en los cruces, fiscalizando cuando pasaban unos y otros; trastocando en suma los meticulosos, pero cogidos-por-los-pelos horarios que se establece cualquier persona que tenga que coger por obligación el transporte público. (“Cojo el autobús de menos diez, y así llego a Madrid a y diez, con lo que estoy en el trabajo a y media”).

   El problema, es que nadie contaba aquella mañana con aquellos semáforos puestos en mitad del pueblo, o más bien podemos decir que aquellos semáforos no contaban para nadie.

   Para empezar, los conductores se dividieron en dos grupos enfrentados a muerte. Más que enfrentados, lo correcto sería decir que los conductores estaban estrellados a muerte. Estaban aquellos, que asustados por las perspectivas de que algún agente de la autoridad agazapado detrás de una furgoneta de reparto, le pusiese una multa, respetaban meticulosamente los semáforos, parándose incluso ante la luz ámbar (que como todo el mundo sabe es una temeridad, porque Nadie respeta nunca la luz ámbar). Luego estaban los despistados que conducen por instinto, que conocen el trazado del pueblo al dedillo, y que como no esperah encontrarse semáforos en mitad del pueblo, no prestan atención a las señales; ni siquiera a esas nuevas de colores parpadeantes.

   Ochenta frenadas y una docena de accidentes más tarde, el resultado era uno de los atascos más monumentales que se recuerdan en el pueblo. La dotación de la Guardia tuvo que ser reforzada con la de los pueblos cercanos, y ni siquiera por esas, eran capaces de arreglar el desaguisado provocado por los semáforos, que ya se extendía por las travesías de unión de las barriadas y comenzaba a atascar la nacional VI.

   La gente esperaba resignada en sus coches; los había que pitaban, los había que escuchaban música dentro del coche, con el aire acondicionado puesto. Y los había que habían salido del coche, apagando el motor, para ver si desde fuera del mismo conseguían ver cual era la causa del atasco.

   La gente ahora, maldecía el nombre del concejal responsable de la colocación de aquellos malditos instrumentos luminosos de tortura. La oposición pedía su dimisión y los niños le daban las gracias por haber conseguido un día más de vacaciones. El tráfico volvió a restablecer su caos cotidiano, una vez que los desconectaron hacia media tarde.

   Y ahora siguen ahí, firmes en su sitio, pero silenciosos y apagados. Creo que nunca más volvieron a encenderlos, pero quedaron como recuerdo de la voluntad de los políticos locales por mejorar el “tejido de la comunidad”. Lo que más miedo me da; es que esta mañana he visto a un tipo con un teodolito, haciendo unas sospechosas mediciones en la calle del Cisne.

   ¿Qué querrán ahora? ¿Rotondas?

Posted by Towsend at 4 de Septiembre 2003 a las 05:22 PM