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Febrero 12, 2013

Postdemocracia

Charlie Stross escribió hace unos días un muy interesante artículo sobre el sistema político hegemónico en el mundo desarrollado, que Henry Farrell, posteriormente, definió como postdemocrático tomando el título del libro de Colin Crouch.
Ambos artículos son recomendabilísimos y muy convincentes en sus argumentos, al menos en mi opinión.

Parece innegable la cooptación de los partidos mayoritarios por parte de una oligarquía indistinguible, si atendemos a su manera de hablar, vestir, vivir, etc, etc, como dice Stross.
Los partidos políticos han devenido en sistemas estancos donde se castiga el inconformismo y la autocrítica. El gregarismo, el nepotismo, travestidos impúdicamente de meritocracia, son la herramienta más efectiva -y quizá la única- para labrarse una exitosa carrera política.

No contentos con ello, en España nos regocijamos en nuestro secular odio batueco hacia el intelectual y ni siquiera exigimos una pretendida formación a diputados, asesores, etc, etc.
En Reino Unido seguro que cualquiera con responsabilidad gubernamental habrá zurrido algunas mierdas en Oxford, o Cambridge, como mínimo. Aquí el Presidente ha designado más de 60 asesores que no tienen ni el Graduado Escolar. Bien pensado, ¿Qué coño pretendemos? Demasiado bien nos va.

Pero el funcionamiento de los partidos no es el problema principal, en realidad; sólo se adaptan a las condiciones que imponen los diferentes grupos de presión -miren el post de un poco más abajo, Mercado Leninista-.
Me encanta la imagen que esboza Crouch de la democracia como una parábola, en la que nosotros, actualmente, estaríamos en la parte descendente, habiendo dejado atrás hace mucho tiempo la cúspide.

En este retroceso democrático tiene mucho que ver el espacio que el sector privado ha alienado al Estado, aprovechando que la línea de división entre Gobiernos/políticos y empresas ha desaparecido prácticamente -las puertas giratorias están a la orden del día, por ejemplo-, para usurpar y explotar económicamente ámbitos que deberían ser estratégicos para cualquier país. Constriñendo, además, la capacidad de reacción, o la búsqueda de responsabilidades de dicho Gobierno.
Lo que los neoconservadores yanquis, siempre tan gráficos, llaman starve the beast.

El debilitamiento democrático también viene, irónicamente, de que a las empresas, al contrario de lo que proponía Hayek, les va mejor manipulando las reglas del juego que permitiendo la libre competencia.
Así se originan la pléyade de escándalos de corrupción que estamos viviendo estos días, con empresas ávidas por pagar comisiones en negro a la espera de ulteriores favores; y así también se favorecen las concentraciones oligopolísticas.

Es importante recuperar un papel fuerte para el Estado, lo suficiente para poder poner coto a las injusticias del sector privado. Lo suficiente para que ningún dogma pueda interferir en la igualdad de oportunidades y el libre desarrollo de sus ciudadanos.
Este podría ser un inmediato primer paso para recuperar parte del terreno perdido. Pero para recuperarlo todo, incluso para extenderse más allá de la pasada cúspide democrática del actual sistema, necesitamos una ardua revolución cultural.

Posted by Isabelo at Febrero 12, 2013 11:09 PM

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