« Mercado Leninista. | Main | Postdemocracia »

Febrero 1, 2013

Corrupción

Con la irrupción en el panorama nacional de los diversos casos de corrupción del Partido Popular, y el mucho menos significativo, pero reminiscente, caso de Amy Martin en la Fundación Ideas, una especie, no siempre desinteresada, ha obtenido mucha resonancia: el problema de la corrupción en España no se origina en la política, sino en la propia sociedad. El politico sería el más extremado exponente de una sociedad perversa, y por tanto, una suerte de víctima carente de voluntad.
Es una interpretación muy conveniente para socializar la culpa, redirigiendo las acciones correctoras y/o punitivas hacia la sociedad.

La percepción se ve reforzada por nuestro sesgo cultural determinista, disfrazado de intuición, y se asienta fuertemente entre nuestras creencias tradicionales.
El silogismo se completa necesariamente con una conclusión tétrica: cualquier esfuerzo contra los corruptos o los corruptores sería baladí.

Esta idea desprecia el cambio cultural que ya se está produciendo en una sociedad más responsable y consciente de sus derechos y deberes. Un avance semejante parece innegable, por más negativa que sea nuestra visión del país, si nos comparamos con la España reciente.
Pero el cambio está encontrándose con la oposición de las instituciones y la elite que las gobiernan, porque lo ven como una amenaza al poder, y sus privilegios, que han detentado hasta ahora con mínimas intromisiones democráticas.
Aquí se atisba una división entre dirigentes y dirigidos que debiera de cortocircuitar la intuición de que el corrupto tiene el mismo sustrato que cualquier otro ciudadano.
La creciente desigualdad, la degradación de la Justicia, con sus distintos raseros dependiendo del origen socioeconómico del sujeto, el rampante nepotismo, sublimado falazmente en meritocracia, etc, son signos de esa fractura.

Curiosamente, la cooptación de las instituciones del Estado por la oligarquía dirigente no se postula abiertamente como origen de la corrupción, y como condición sine qua non de la desconfianza hacia esas instituciones.

A la inversa parece haber un claro indicio:
Nobel laureate Elinor Ostrom emphasised that trust in the key institutions of the state, and their proper functioning, is crucial in facilitating collective action (Ostrom 1998). The courts and the police as the enforcers of rules in collective action have a crucial role to play in supporting trust in interactions between citizens and the state. Trust in state institutions and the rule of law has to be built up over time and needs to be sustained by repeated positive experiences. "Failed states" around the world witness how difficult it is to create well-functioning and well-respected institutions.
How the long-gone Habsburg Empire is still visible in Eastern European bureaucracies today

Divertir hacia la sociedad la responsabilidad del Estado, de sus dirigentes, de generar la confianza en sus instituciones sólo es un sofisma para defender el statu quo.

Posted by Isabelo at Febrero 1, 2013 6:11 PM

Comments

Post a comment




Remember Me?