Kamikazes del dialogo

Vivimos en una sociedad dónde la posibilidad de comunicación se confunde con la obligatoriedad de trasmitir. Pertenecemos a un mundo dónde las personas pueden acceder a todo tipo de conocimiento a golpe de abusiva tarifa de datos con permanencia draconiana. Seres conscientes de lo pueril, de lo absurdo y de lo trágico y a la vez de lo innecesario. Sabiduría de chichinabo. Erudición del mismo valor que una verruga en el intelecto.  Un bagaje baldío pero que consideran valioso. Y desgraciadamente esa es la única premisa que necesitan para compartirlo. Para manifestar su superflua opinión. Para forzar un dialogo que inventan en pos de mendigar el aprecio debido. Y aunque son muy pocos,  el día es vasto y las probabilidades suficientes. Una ecuación de Drake pero sin posibilidad de encontrar inteligencia. Ninguno estamos a salvo.

Hay gente que es una kamikaze de la conversación. Gente que decide poner sus deseos de confraternizar por encima de toda prudencia conversacional. “Hablar de algo sin que te partan la cara”. Ya no soy de los que empiezan una conversación a ciegas. Sufrí del aprendizaje que llamamos adolescencia. Me equivoqué a menudo. Era más inocente. Crucé intentos de charla ocasional por la noche. En fin de semana. Con alguna copa de más. Con gente que tuviese al menos una 95D y serios indicios de mostrar XX en par cromosómico 23. Soy un tío de ciencias y de tetas. Todo se reduce a números.

Kamikazes de la conversación. Hablar con desconocidos es incómodo. La conversación tiene unas reglas básicas para que se desarrolle la misma. Qué menos que la persona que fuerza el dialogo disponga de un campo conocido para esta tenga lugar La humanidad ha establecido temas universales para que podamos desenvolvernos con cierta soltura en los momentos en los que el dialogo es inevitable. Preguntar por el tiempo. Criticar la acción del árbitro en el último partido. Quejarte de cómo están las cosas (Eso sí. Ocultando inteligentemente que no se piensa levantar un puto dedo para que cambien. Ojo). Incluso aunque no tengas ni puta idea de qué cojones está hablando al otro. Incluso aunque no estés de acuerdo. Incluso aunque te importe una mierda. Hay un tema, puedes intentar zafarte simulando un mínimo interés. Son las reglas. Tu interlocutor tratará de secuestrar la conversación lo máximo posible hasta llenar el espacio que el contexto disponga, por ejemplo, que llegue a su piso y abandone el ascensor. Que llegue el autobús. Que sea su turno en la carnicería. El dialogo consigue lo que quiere. Un contacto con otro ser humano para olvidar miserias y espera. A cambio, tu pierdes unos segundos en forma de charla intrascendente que jamás volverán. Sigues vivo.

Todos tenemos alguien así en nuestras vidas. La conversación ocurre y te lamentas. Puede que el único vinculo que exista es que viva en tu mismo bloque. Que trabajéis en la misma compañía de diez mil personas. Que seáis de la misma ciudad de cuatro millones de habitantes. Un vinculo cuya fortaleza es infinitesimal. Invisible. Inexistente. Pero suficiente para nuestro kamikaze.

Tiendo a hacer que las cosas hereden apego en función de los buenos momentos que paso con ellas. Dune es mi libro favorito. Debí leerlo como con catorce años y ya van como unas cinco o seis relecturas. A pesar de tener varias ediciones, para mí la original será la de la editorial Acervo, actualmente cerrada y por tanto descatalogado. Lo leí de préstamo en una biblioteca municipal. Estuve unido a sus frágiles páginas hasta el final. Pasé por dónde otros lectores habían estado. Supe de su existencia por la huella dejada de la fecha de devolución. Un sello en la primera página. Lamenté el sonido de los lomos ya cuarteados al avanzar en la lectura por culpa de otros que no habían tenido cuidado. Sentí pena al ponerlo en el mostrador de devoluciones condenándolo de nuevo a una estantería. Quería ese libro. Para mí no había mejor lugar que tenerlo conmigo. No pudo ser. Al tiempo Plaza y Janes se hizo con los derechos de edición de Dune bajo la misma traducción. La adquirí. La regalé. La volví a comprar. Me hice más tarde con una edición en inglés. Después conseguí la edición de Planeta de Agostini. Me junté como con cinco copias del mismo libro. Pero no esa edición. Yo necesitaba la irregular portada y defectuoso papel de la edición de Acervo porque para mí siempre representaría la primera que leí. Pasé como diez años lanzando indirectas a todas las mujeres que habían pasado por mi vida y amigos. Que el mejor regalo que hasta entonces nadie podría hacerme sería encontrar ese libro en esa edición en particular. Porque la nostalgia funciona así. Porque un recuerdo se puede pegar a otro y recordaría a la persona que se habría esforzado tanto en encontrar algo tan valioso para mí. Pero nadie lo hizo. Poca gente sabe lo importante que es regalar un libro adecuado. Hace tres o cuatro años lo encontré yo mismo el libro por unos míseros seis euros en perfecto estado. Ahora recuerdo y visito a menudo esa librería buscando más ejemplares que me sorprendan. Así son los recuerdos.

 

Indeseable. Señalando al ebook –  Vaya mierda es eso que ahí tienes

Yo: – Que te folle un pez puto anormal de mierda. Es un ebook.

Indeseable: Pues es una mierda, ¿no?

Yo. Muere. No, es un ebook.

 

Ni “Buenos días”. Ni “Joder, qué tiempo de mierda”. Un ebook. Habéis leído sobre mi libro favorito. Pensad en los cientos de libros que han podido pasar por tus manos en un libro electrónico. En la cantidad de cariño que un dispositivo puede heredar sólo de las buenas lecturas. Un libro nuevo. Unos zapatos. Un flamante reloj. Esa tablet tras la que ibas detrás para ver tus series. Un móvil de los que se te para el alma cuando cae al suelo. Pensad en lo que os haga más felices. Un kamikaze de la conversación llega y se caga en lo más sagrado que tengas esperando una respuesta opuesta. Un kamikaze es a una conversación lo mismo que cercenar un brazo a un moribundo para comprobar si está vivo. Un kamikaze de la conversación. Un imbécil cuya voz y dialogo es un arma cuyo alcance máximo es de un metro pero una onda expansiva de veinte.

Y como he empezado este texto. Todo esto porque vivimos en un mundo dónde se confunde posibilidad de comunicación con la necesidad de hacerlo. Anda y que os follen

Informática

He vuelto

Masco galletas sin gluten mientras escribo a la una de la mañana.

La gente que no ha probado las galletas sin gluten debería hacerlo alguna vez*1. Forja el carácter. Es lo más parecido a mascar un mal trozo de esponja. Uno horrible. Tremebundo. Si pudieras hacer un rango de texturas de mascar esponja que fuese de “Ligeramente mullido” a “Qué estoy haciendo con mi vida” las galletas sin gluten irían justo después. Imagínate tú mismo mascando una. Pensar “Puedo comer galletas normales y me he metido esto en la boca porque lo he leído en un párrafo en el blog de TodosLosLunes”. La delgada línea que separa carácter de uno mismo de la de una felación a otra persona. Si dudas hay una diferencia esencial. la diferencia es el paquete que sujetas en tu mano mientras lo haces.

La vida es así. Nada te prepara para el día a día. La experiencia es una puta cuyos episodios guardamos una vez hemos pasado por encima. “Mañana no tropezaré con la misma piedra“, piensas. Quién no te dice que esa piedra esté dada la vuelta fingiendo ser otra otro día. Quizás alguien la mueva y la vuelva a ponerla en tu camino. No solo somos capaces de tropezar dos veces con la misma losa. Trataremos que los demás lo hagan para justificar que nosotros no pudimos evitarlo. Homo est lapis in aliis*2. El hombre es una piedra para los demás hombres.

Bebo café mientras escribo. Pienso en los pequeños cambios que se hacen grandes. Pienso en las palabras suaves que han acompañado otros textos y que volverán. Hoy no. Pienso en ira. En furia. En pegarle los bocados más grandes a la vida y no inhibirme para gustar. En expresarme cortando con cada una de sus aristas. Siempre hay tiempo de reconocer los errores de uno mismo, sin embargo no se puede aprender nada de los que heredamos de los demás .

Porque he vuelto. Porque esto es mi droga. Porque diez meses son muchos cambios pequeños. Porque sois cinco más un ninja y una serpiente que baila los que seguís ahí detrás. Porque el encanto de todo esto es que ya sabéis de que va. Porque los que han llegado nuevos no tienen ni puta idea. Bienvenidos.

*1 No me refiero al carácter de esa gente que un día decide que una dieta sin gluten es mejor para el Zen. Esa es la misma gente que reorienta los muebles según el feng shui. Los reconoceréis porque empiezan a poner manzanas  encima de los muebles para absorber el mal karma y acaban haciéndose enemas porque se lo recomienda su chaman. Carne de sectas de las de follar.

*2Fuente el traductor de google. Si eso no es latín al menos los ingenieros de google se esfuerzan en que parezca que lo es.

He vuelto

Cajas y mascotas

La vida es un extraño conjunto de cajas. La gente siente la necesidad de meterte en una de ellas. El orden es la forma que hace que su comprensión del mundo tenga sentido. Cuando no estás dentro de una de esas cajas, desafías su forma de entender el mundo. Con ello empiezan los problemas. La diferencia te hace raro y lo raro no es de fiar para muchos. *0

Pongamos un ejemplo. Suponed que el otro día llegaba a mi casa después de salir a correr. Suponed que me encontré con unos conocidos de la infancia (Mi niñez ya queda lejos Cero chistes. Tocadle los huevos a otro). Suponed que todos ellos tenían un vástago con ellos. Suponed que la reunión era de matrimonios porque siguen en contacto y ese día tocaba cañas juntos. No yo. Que soy un asocial de las pelotas.

– Hola Entrari. ¿Qué es de tu vida?

– Aquí ando. *1

– Aquí estamos yo y los niños. Y tú, ¿ya tienes?

– ¿El qué?

– Niños.

–  No. Que yo sepa.

– ¿Y pareja?

– No. Que yo sepa.

Joder. eres un raro. ¡Qué bien vives cabrón!

– No. Que yo sepa.

A ese tipo de cajas me refiero. Para muchos la vida es A o B. En informática a estos caminos excluyentes los llamamos diagramas de flujo *2. Si no es algo, entonces es lo otro. Nos pierde la maldita obsesión por la simetría. Llevamos vidas binarias. Trinarias. N-arias.  Acostumbrados a que una porción de la información nos dé una visión de conjunto. Es poco esperado exponer conceptos complejos de las relaciones humanas para ponerse a hablar de temas banales. Como hacerlo de mascotas. Y es justo lo que voy a hacer. Hablar de mascotas.

Muchos matrimonios son extraños. Si no empiezan a tener hijos se compran un perro. Ocurre constantemente. Ponerse en situación antes de responsabilizarse de una vida, dicen. Como un ensayo general antes de la vez definitiva. No sé qué uso tendrá para la futura criatura sacar a pasear al animal, enseñarle a no subirse a los sofás y traer un palo *3. Porque el perro siempre sobrevive. Crece. Se come las paredes. Los mueble. Y después un día te sueltan que están embarazados. Que llega el niño. Aún sigo preguntándome cuál el papel del perro en todo esto. En el milagro de la procreación. Y mejor así,  no quiero imaginármelo.

Mi hermano está esperando un hijo con su mujer. La palabra esperar siempre me ha hecho gracia. No es que el niño esté cogiendo un autobús para llegar y tal. Hace dos años apareció en casa con un perro: “Tizón“. Tizón es medio Dálmata y medio Labrador. Los perros tienen marcas como las zapatillas o la ropa. Parece que ciertos caracteres se heredan dependiendo del fabricante. Yo cuando alguien me dice que su perro tiene pedigrí pongo la misma cara que me sale si me dijesen que tienen un lagarto Lacoste. Asentir como si supiese de qué me hablan. Y es que al parecer los Dálmatas están locos, y los Labradores deben de ser los perros más buenos del mundo. Esto explica que el perro parezca bipolar. Si Lassie hubiese sido como Tizón, dependería de la parte del cerebro que estuviese al mando. Como jugarse al un 50% que avisara a la gente de la granja o que creyese que ahogarse en el rio forma parte de un divertido juego en el que participar.

– Jota. En casa siempre hemos sido de gatos.

– Ya, pero es que como no tenemos niño nos compramos un perro.

– Te entiendo. Yo el otro día me quedé sin sal y leí un libro.

– ¿Y eso que tiene que ver?

– No sé. También quería jugar a unir causas con efectos no relacionados.

Mucha gente manifiesta “Ser más de perros” o “Ser más de gatos“. Yo soy más de gatos. Recuperando en tema inicial de las cajas, la gente tiende a clasificarte por una declaración así. Dices de gatos es escuchar que los gatos solo te quieren por el interés. Que van y vienen cuando les viene en gana. Les explicas que no es del todo cierto. Que hay matices. Yo os doy la razón respecto a que los gatos son unos grandes hijos de puta. Arañan. Miran con aire de superioridad. No dejan de recordarte que la casa es suya y que estás de paso. Y suelen ignorar bastante a la gente cuando les miras y haces “Misimisimisi“. Pero saben poner cara  de “Yo no he sido, dame de comer“. Por ello matizo. Son unos hijos de puta adorables. Y por eso me encantan.

El ser humano domesticó a los animales en un largo proceso de selección a fin de encontrar alguno que quisiese vivir con nosotros. El precursor del perro actual fue el lobo. Se seleccionaba a los lobos más retrasados mansos para criarlos y obtener una descendencia privada de parte de su carácter salvaje 4* para que nos acompañasen a la caza cuando éramos nómadas. Los gatos en cambio se los escogía únicamente porque se comían a los roedores. Los ratones eran un gran problema. Se comían el grano que guardábamos cuando pasamos a ser sedentarios.  De ahí obtenemos que los gatos nos han llegado casi sin adulterar en estos últimos 50.000 años y que los perros son lobos tontos. Que llevan mucho más tiempo con nosotros, lo cual me hace pensar que algo se les ha pegado.

Pero la gente que tiene mascotas no se limita a A o B. En Inglaterra se puso de moda el criar conejos como animal de compañía. Cuando alguien te dice que tiene un conejo es clásico hacer la gracia de “Con arroz estaría cojonudo“. Da igual que odies la paella. Tú lo dices. Hay gente que se envalentona y pasa a hacer otros comentarios humorísticos demostrando que saben lo que es un homónimo cuando quieren. Que en castellano cualquier cosa puede significar coño con poca imaginación. No puedes arreglarlo usando el nombre del conejo en latín “Oryctolagus Cuniculus” porque a estas alturas de frase todos habéis creído leer Cunnilingus y estáis volviendo a leerlo bien. Pese a que en nuestro país aún nos choca tener un lepórido en casa, empieza a ser cada vez más común. Y son animales adorables. Peludos y con tendencia a morir de asfixia autoerótica. Y si tienes gato, la juerga está asegurada.

Hay gente que tiene peces. Roedores. Incluso serpientes. Cuando preguntas a alguien si es de A y dice que “Si” no puedes descartar B. Hay más opciones y no tienen que ser excluyentes. Desgraciadamente la gente parece que haga oposiciones para ser simple de pelotas. Provocamos que todo sea monocromo. Y al final uno se cansa. Cierra los ojos y lo ve todo negro. Un solo color. Un sólo dolor de cabeza.

El conjunto es mucho más grande que lo que creemos. Tener opciones. Discutir opciones. Descubrir opciones. Elegir A y descubrir que no es lo mismo que A en cursiva o negrita. Darte cuenta que la caja A no existe. Que es un atajo. Un convenio. Tener interés genera ser interesante como accidente.

No hay cosa más triste que pensar que alguien cabe en una caja. Para eso ya habrá tiempo cuando muramos. *5

 

*0 Por ejemplo. Yo odio a Los Planetas y a Héroes del Silencio. Que qué tiene que ver eso con este texto. Nada. Pero estaba deseando soltarlo en algún momento con el alivio que ello representa.

*1 Aquí ando. Mi respuesta estándar. Si la vida fuese perfecta tendría subtítulos y debajo de mi “Aquí ando” se leería “Me apetece hablar de mi vida una mierda”

*2 Diagramas de Flujo. La historia del nombre no es la que pensáis. Se dice que cuando los diagramas fueron creados sobre el papel, los informáticos miraron alrededor y se dieron cuenta de dos cosas. Que eso era un campo de nabos y que la situación que observaban tenía visos de prolongarse en el futuro por mucho tiempo. Muchas palabras tenían significados extraños. Flujo era una de ellas. Por unanimidad se escogió ese nombre. Que menos que echarse unas risas a costa de su perpetua virginidad y sentirse integrados cuando alguien la usase en sociedad. Aunque ellos entendiesen otra cosa.

*3 . Si tenemos en cuenta que esto pueda estar pasando en los últimos veinte años explicaría mucho de la juventud actual. Si lees esto y tus padres te dicen que ya tenían perro cuando naciste, empieza a hacerte preguntas sobre tu educación y sobre un reprimido instinto a traer cosas cuando las lanza alguien al grito de “A por el palo Bobby”

*4. Quiero pensar que nosotros estamos haciendo la misma selección con nuestra clase política. Pero claro. Hasta llegar a un político manso y obediente vamos sufriendo los pasos intermedios. Así nos va.

*5 Una rara variación de todo este conjunto de cajas y mascotas es el gato de Schrödinger. Veréis. Erwin Schrödinger es quizás el anti ejemplo de físico. Tenía vida sexual. Cualquier físico teórico sabe que esto es muy raro. ¿Por qué? La profesión de físico teórico poco dista de meterse a monje, sólo que el celibato no es opción voluntaria, viene de serie.

Cuenta la historia que Schrödinger visitaba a una de sus amigas de investigación especializada en la rama de física cuántica. Dicha mujer era del perfil “Tía de 30 años soltera que se compra gato”. En mitad del acto, el animal no dejaba de incordiar.  Erwin lo metió en una caja cerrada sin agujeros y el gato manifestó su descontento entre maullidos y bufidos. Cuatro horas después de tórrida pasión le extrañó que el felino estuviese en silencio, sin desprender ningún ruido. Erwin Schrödinger evitó airoso la situación tratando de explicar a la furiosa mujer que el gato podía estar tan muerto como podía estar vivo. El estado de desconcierto le permitió huir de la casa y no volver a ver a la chica por su seguridad. Por supuesto le contó la historia a Einstein el cual no supo estar callado y este a su vez altero un poco la versión. Nosotros la conocemos hoy tal y como nos ha llegado: “El gato de Schrödinger y la física cuántica

No hay atajos a la felicidad

 

Pulso a la puntualidad

Soy un tío impuntual. Por decisión propia.  Creo que la puntualidad es una moda efímera. Una que tiene las horas contadas. Incluso los minutos. Es la única moda que lleva midiendo su duración desde que existe. La historia escrita del ser humano se remonta a unos 50.000 años. Si los relojes existen desde el siglo XIV, ¿a qué viene la prisa de los últimos seiscientos años? 1*

El tiempo no es de fiar. Cuántas veces los mismos diez minutos se han pasado volando o han durado una eternidad. A cuántos viernes de duración equivale un lunes. Qué es eso de que los años pasan volando. El tiempo es tan perjudicial que incluso su tándem con el espacio se ve afectado.

– Papa. ¿Falta mucho?

– Llegamos en cinco minutos.

– ¿Está muy lejos?

– Que va. Está aquí al lado.

Reconocedlo. En este dialogo habéis visto reflejadas las dos mentiras más grandes de vuestra infancia.

Llegar a tiempo requiere de una sincronización de casi carácter olímpico. Hay gente que elabora mentalmente un mapa de las horas a las cuales van a ir llegado todos. Ellos en su cabeza no ven nombres. Ven a la gente como relojes fuera de hora: “Ese de ahí es cinco minutos tarde. Ese, media hora tarde. El de allí es “Ya estoy llegando“. Esta es la gente que toma las decisiones como organizadores cuando ya se ha decidido el dónde. Ellos quieren decidir el cuándo. Para ello experimentan. Te dicen que llegues a las siete y diez. A otro le dicen que a menos cuarto. A un tercero a en punto. Parece algo muy inteligente si pensamos en condiciones ideales. Que la gente de un mismo grupo  no tiene la costumbre de olvidar a qué hora se había quedado. Por ello preguntan. Se desvela el pastel. Peor. Se pondrán a pensar que los demás van a llegar tarde y que mejor se pasarán luego. Al final todo el mundo aparecere a la hora que ellos crean que van a estar los demás más la suma de correspondientes retardos. Con grupos suficientemente grandes se ha dado el caso de quedar un viernes a las tres, y reportarse que aún seguía llegando gente el domingo.

Hora llegada = max (HoraIndividual)+Retraso 2*

Mis amigos cambiaban las horas a las que quedábamos para coordinar las llegadas. Yo ajustaba mi hora de llegada en función de cómo imaginaba que había sido calculada para mí. La impuntualidad cumple una labor social en los grupos de amigos. La espera escalona las críticas de los que aún van a venir. Sus trapos sucios. Las cosas de las que te has enterado que los demás aún no saben y puedes contar porque fulanito llega tarde. Ello llena la noche de miradas y coñas privadas fruto de las conversaciones sucedidas por el orden la llegada. Esas veces que miramos a los demás extrañados porque sonríen con frases inacabadas  y no puedes participar. No sabes si eres o no el protagonista. Sed listos y no lleguéis el último. Si lo hacéis solo observas. No participas. Ese es el castigo.

Dicen que la cortesía permisible suele ser un máximo de media hora. Con mucha gente podéis forzar el reloj mucho más allá de esos treinta minutos. Es un divertido juego en el que hay poco que perder. Si sois la parte afectada la experiencia dice que la mejor forma de evitarlo es quedar en un lugar dónde uno pueda estar esperar sentado. Preferiblemente tomando algo. Si queréis que la gente llegue antes sólo sugerid con anterioridad que el último paga. Esa premisa ha hecho más por la hora de llegada en el mundo que mil estrategias absurdas y millones de relojes. El consejo es gratis. De nada.

1* Supongamos los últimos trescientos. Los primeros relojes era aparatos enormes. El equivalente de pulsera de entonces sería como que te atases  a una viga de tu casa y dijeses “Mira mama, soy un caracol. Llevo mi casa conmigo”. Un progenitor con un amor normal a su vástago respondería educadamente “No. Tú lo que eres es gilipollas”.

2*Poner una formula ayuda a que la gente te crea el 93% de la veces 3*

3*Un porcentaje también, sin pensar si es cierto o no

 

Lunares

No recuerdo este techo. No contigo. No con nadie. Inclinado. Su ventana a un cielo sin luna. Apaisado blanco perdido contra tu cuerpo. Podría estar la noche plagada de estrellas. Podrían millones de orbes parpadeantes buscando mi atención con su tintineo. Gritar mi nombre. Oscuridad perfecta. Pero yo navego por tu cuerpo en pos de tus lunares.

Mis manos mesan las olas de tu cabello. Su cascada bermeja por las paredes de tu espalda. De tu cuello. Tus senos. Tu pelo está vivo y lo encuentro en cada uno de tus besos. Busca que mis dedos lo acaricien mientras lo apartan. Formar parte de esas veces que nuestros labios se encuentran y nuestras lenguas se abrazan. Proteger tu nuca cuando muerdo para sentir como te estremeces. Vestir tu desnudez de oro y luz de velas. Tu pelo vainilla.

Uno los puntos de tu piel. Tu misterio se halla bajo el secreto del dibujo que marcan las puntas de mis dedos. Uno en tu cuello. Otro en tu espalda. En tu brazo. Repaso esas líneas en mi mente dibujando con caricias. Vuelvo atrás cuando descubro que pasé por alto alguno y empiezo de nuevo. Inspiro cuando me tocas con tus pequeñas manos. Cuando tu yema de tu dedo en mi boca me manda callar. ¡Shhh!.  Un nuevo lunar. Eres la piedra Rosetta. En ti están grabadas tu risa, tus gemidos, tu piel. Cuando descifre uno de ellos podré por fin comprenderte.

No pierdo el control. No puedo perder algo que no tengo a tu lado. No se puede mantener la calma en el tifón de nuestros cuerpos. Absorbiéndome a tu interior hasta el fundido a negro que hay cuando cierras tus ojos y abres tus labios entre gemidos. Cuando yo lo hago para implorar que no pares. Cuando tu cuerpo choca contra mí. Cuando siento los arrecifes del placer quebrar mis tablas y sé que en algún momento me romperé. Me volcaré contra ti. En ti. Dentro tuya. Pero no ahora. Mis dedos se aferran a tus pechos. Acarician sus perfectas aureolas como un amante atento. Como suplicando perdón por cogerlos por fuerza. La marea de nuestras caderas lo exige. Pienso en tus lunares y te miro a los ojos. Cada vez más cerca. Tanto que todos tus labios ahora tienen algo de mí.

El silencio tan frágil como la oscuridad. Rasgamos ambos. Juntos. Arqueando los sonidos de nuestros cuerpos cuando se encuentran y se abandonan. Sesgando respiraciones inconclusas. Acabando palabras. Maldiciendo cuando paras y cuando paro. Tu voz y tus manos guían mi boca a tus rizos mates y ocultos. Eres una sirena con cuyo alma juego y aspiro hasta el clímax. Hasta tu grito mudo cuando me atrapas entre el dibujo de tus medias. Y te dejas caer. Cansada. Dormida. En tu pequeña muerte. Para regresar.

Sigo el dibujo de tus lunares toda la noche. Me he perdido uno. Tendré que volver.

Misantropía y procrastinación

Yo os presento nuestra palabra de hoy: “Misantropía“.  Que el juez cuando vea esto sepa que este blog cumple una labor social.

Misantropía , del griego μίσος, «odio», y άνθρωπος, «hombre, ser humano» una actitud social y psicológica caracterizada por una aversión general hacia la especie humana. (Gracias wikipedia).  Y cuando la wikipedia dice aversión general, nos da una amable realidad.

Todos tenéis un misántropo en casa. Puede ser esa impresora que canta la canción de su clan  cuando le das a imprimir. Puede ser ese TDT que escoge “Low Signal” basado en el interés que demuestras viendo la televisión. Puede ser la batería de vuestro móvil 1* La señal de WIFI no cuenta. El WIFI siempre lo coge de puta madre todo el mundo menos quién lo paga. No me hagáis realizar dolorosos paralelismos.

Yo voy a hablar de lo que pasa cuando el misántropo es otro ser humano. Para un misántropo, el resto de la humanidad es un conjunto de obstáculos inevitables. Trabas que existen justo en medio del trayecto que los separa de algo que necesitan. La interacción se torna en algo tan tedioso como rellenar un molesto formulario para la administración

¿Necesitas pan? Se lo tienes que comprar a un señor en la tienda. ¿No encuentras “Dialéctica erística o el arte de tener razón de Schopenhauer” en la Fnac? Te toca preguntarle a alguien y cruzar los dedos de qué no desee conversación. ¿Estás en un ascensor y vas  al tercero? Qué casualidad. Tu vecino va al cuarto y te va a contar que su hijo está de Erasmus. Un auténtico misántropo si puede procura vivir siempre en un bajo o en un primer piso.

Ser misántropo es duro. Es difícil de entender por el resto de la población. Muchas veces la gente interpreta que el deseo de no interacción es una invitación a la misma.

– ¿Estás bien?.

– Aha. Sí, pero quiero estar solo.

– ¿Pero estás bien no?

– Si. No me pasa nada.

– ¿Puedo hacer algo? ¿Es por algo que he hecho?

– No. No es eso. Déjalo.

– Tengo una idea. Tú y yo nos vamos de juerga esta tarde. Es más. Voy a llamar a unos amigos. Lo que necesitas es estar con más gente.

– (…)

¿Os suena esta conversación? Las salas de urgencias de los hospitales están llenas de compañeros de piso que se caen solos por las escaleras.

No entiendo por qué la gente se preocupa tanto en interactuar y llevar a su terreno a un misántropo. La vida está llena de nobles ejemplos en los que la gente trata de demostrar a los demás, en contra de su naturaleza, que las cosas son mejores para ellos. Yo mismo, con cinco años, saqué a mi pez a pasear. No duró mucho. Es por el reto. El reto tiene la culpa. Cómo tener una amiga lesbiana muy apetecible. A veces el reto es todo. Tan todo que nos confunde. Vemos sólo el reto y no lo que hay debajo. No lo hacemos por ellos. Lo hacemos por nosotros.

Suponed que os señalan a una maraña de cables. Hay un alicate junto a ellos. Cortar cosas es divertido. Interesante. Suponed que cuando os acercáis os dais cuenta de que hay un temporizador. Un  característico sonido de “Tic Tac”. Incluso el manido cartel de DANGER con un señor electrocutado. Diríais que es una bomba. Sé que a muchos os gustaría probar a cortar sólo por ver arder el mundo 2*. A veces las conclusiones obtenidas de lo que percibimos son equivocadas. Por ello pocos son los que deciden simplemente sentarse a observar. La tercera opción.

Ignorad a esa gente que dice que lo odia todo. La mera declaración de odio ya es una llamada de atención. La misantropía no se libra de convertirse en una tendencia. En una pose. Como ser asperger. Ahora lo más es tener un amigo misántropo asperger gay negro. Fingir personalidad a cambio de parecer no tenerla.

Un misántropo de verdad es un ninja de las relaciones sociales. Simplemente están pero tú no lo sabes. Y no dejan de hacerlo.

1* Todos sabemos que la duración de las baterías de los móviles funciona así. Tienes cuatro líneas de batería. Las tres primeras se van en las en la primera hora. La vida de la última línea  suele ser de unas cuatro o cinco horas. Su duración varía en función de las veces que apagues el móvil. Cierres o abras tráfico de datos. Enciendas para ver si ha llegado un mensaje. Estés esperando que te conteste alguien de vital importancia. Da igual el esfuerzo. Siempre acaba cuando llega una llamada vital o un mensaje que necesitas contestar. Si además las posibilidades de recarga son nulas, menos tiempo disponible

2*La historia de los carteles de aviso está plagada de grandes fracasos. Encabezan la lista el cartel de “NO TOCAR” junto con el de “NO PISAR EL CESPED”. “PROHIBIDO HACER FOTOS” es un cartel de aviso joven, pero ya está demostrando lo que vale con la llegada de los móviles.

 Misantropía y procrastinación

La edad de Cristo

Te levantas. Las nueve y media. Recuerdas haber dado unas cuantas vueltas. ¿Cuándo?, quizás a las siete, la hora a la que vas a trabajar. El cuerpo se acostumbra rápido a ciertas costumbres que le impones. Levantarse. Apagar un despertador que hoy no suena. Salir. Los ciclos circadianos son muescas en la madera de la rutina. Pasas la mano por la viga que es tu vida y tropiezas con ellas. Siempre han estado ahí. A veces notas el metal de un clavo dónde retas al olvido colgando momentos. Los clavos son importantes. Elementos externos. Perturbadores. A veces pasas la mano tan rápido que duele si te los clavas. Saber que están ahí no es recordar.

Treinta y tres – dices. Te acostumbras a ese sonido. El número atómico del Arsénico. Una edad envenenada en blanco. No se puede tener memoria de lo que no has vivido aún. ¿De dónde viene esta obsesión?. Vas a por café. Piensas en la ironía de su negro color frente a lo albino de un día que no conoces. Lo bebes de un trago. Sin azúcar. Café apex. Manchas los bordes, las esquinas. Dejas esa característica marca circular de la taza en cada una de las horas que aún te esperan.

En el ordenador recoges las felicitaciones de esa vida 2.0 que ahora todos tenemos. Cada vez que actualizas la página aparecen más. F5 de nuevo. Como si se reprodujesen. Piensas en esas veces en las que has evitado decir un “Feliz cumpleaños” por no saber que añadir. Piensas que quizás les ocurre igual los que no escriben. Que los que me han escrito esta vez lo saben, que cuando sólo sabes repetir lo que dicen todos suena como a pésame. Al final las redes sociales no se diferencian de la vida. La gente se empeña tanto en ser feliz que tiene miedo a no serlo. Absurdos.

Son demasiadas preguntas para estar recién levantado. Tengo 33 años. Me dicen que es la edad de Cristo. Él no escuchaba un vinilo PJ Harvey a 33 rpm mientras se ataba una converse rojas. Solo por eso yo voy a vivir más.

Quiero llegar a los 27.

 

Gluten y Apalabrados

Me habrán quitado el gluten, pero me han regalado un tema de conversación.

Soy celiaco. Eso no me hace mejor que el resto de la población mundial. No existen grupos de autoayuda en los cuales nos reunamos y hablemos de ello. No tenemos un saludo secreto que significa “Aquellos sabores que están más allá de nuestro mal“. Bueno. Esto último sí.

Celiaquía. Si cargas con algo de por vida por lo menos hace que suene bien. Si alguien te dice “Soy intolerante al huevo” o “Soy intolerante a la lactosa” la conversación no va a dar de mucho. No puedes comer huevo. No puedes tomar leche. Punto y final. Tú en cambio dices “Soy celiaco” y tienes confundido al personal.

-Soy celiaco.

-Vaya putada.

-Si me lio con una Celia algún día puedo morir.

<Silencio>

-¿Me pasas el pan?, celiaco de mierda.

No todo es incertidumbre. La gente empatiza con la celiaquía. Se identifican de forma mental y afectiva con tu problema ya que ellos no lo sufren. Pero el desconocimiento conduce a pasillos muy cerrados de conversación. Para entendernos. Después de decir que eres celiaco es AUTOMATICO que en los próximos minutos de conversación alguien use una de las siguientes frases. O ambas.

1. Menos mal que tienes el Mercadona

2. ¿ Y qué es lo que no puedes comer?

Lo del Mercadona es inevitable. Forma parte del imaginario nacional. Es una leyenda urbana. El equivalente al perro de Ricky Martin con la niña de la mermelada. La gente no puede contener el deseo de comentarte que el tío del Mercadona tiene un hijo celiaco. Una hija celiaca. Su sobrino es celiaco. Su perro es celiaco. Es un puto clan de la intolerancia al gluten. Tu escuchas. Con estoicismo. Como esas historias que viene una y otra vez. Oyes con cariño porque ves que el rumor crece. Se hace mayor. A ti te queda claro que el Señor Mercadona está concienciado superlativo. Que no se trata de la publicidad que le hacéis gratis cuando alguien os menciona que es un impedido de la harina. Tampoco tiene que ver con el precio con el que me las cobra. El icono de la espiga tachada es el cocodrilo de Lacoste de los celiacos.

Respecto a al punto de lo que no puedo comer. Yo sigo una regla básica y elemental. Si es apetecible y tiene un aspecto cojonudo seguro que está más allá de mis posibilidades. ¿Un bizcocho? Gluten. ¿Tarta? Doble Gluten. ¿Tostada con el desayuno? TriGluten. ¿Todas esas cosas que no te gustaban antes pero que ahora te han prohibido? InfinitiGluten. Pide carne, me dicen. El cocinero añade una salsa que por supuesto contiene gluten. El gluten mantiene a los celiacos en su lugar. Y si no están las trazas. Son como los matones del gluten. Están ahí para partirte las piernas si no sabes cuál es tu lugar en el sabor.

Esto solo es un atisbo de lo mucho que puedo decir. Un día escribiré como me han tratado como un enfermo en el VIPS. Como he gastado años de mi vida aprendiendo nombres y sabores de cerveza para no poder volverlas a tomar. Como mis  amigos celebraron con birras y bocadillos la noticia de mi intolerancia o como una chica escogió un restaurante vegetariano por hacerme un favor y no conseguí hacerle entender que el gluten no crece en los filetes.

Pero no sufro. Los celiacos jamás picamos del postre de la gente a la que invitamos a cenar. Y eso ya nos hace muy populares.

 

PS: Mi texto sobre la misantropía está ahí. Mirándoos a los ojos.

Una droga

Café Apex

El humor no es una enorme tarta de la que uno decide servirse. El humor está ahí. Te mira a los ojos. Se ríe de ti. Tú le preguntas “¿Qué es tan gracioso?” y no responde. A veces tratas de escribir sin más. Recorrer las  líneas de distancia que te separan de un texto que quieres escribir. Queridos cinco fans. Este es uno de esos textos vacios que llenan la nada.

Dentro de poco se acerca mi cumpleaños. Si os ponéis a pensarlo es una estupidez. Celebro que la tierra da una vuelta más alrededor del sol el día de mi nacimiento. Al final las vidas y los discos de vinilo tienen mucho en común. No le encontramos sentido a lo que suena a determinadas vueltas por minuto. No sabemos a cuantas revoluciones por vida funcionamos. El sonido solo es ruido. Cada año sumamos uno más pensando que el siguiente hará quizás que la melodía sea más ágil. Más suave. Menos ignota. El disco gira más rápido. Y un día se acaba.

Quizás esa sea la explicación. Cuando el disco de tu vida tiene pocas vueltas suena torpe. Cuando tiene demasiadas, cómico. La gente ríe. Con esa risa que te omite. ¿Qué canción seré? ¿Qué sonido era?. Y así una vida. Vuelta tras vuelta, y gracias por los regalos.

No sé mucho de la vida. Tengo una como todos. Quiero creer que la dirijo a lugares que jamás alcanzo. Que me paso cada instante de ella buscando un lugar tranquilo. Que cuando llego a él salgo del mismo porque no hay apenas gente. Frustración. Vacio. Ahora lo entiendo todo.

Pero entender no arregla las cosas. El tocadiscos gira. La tierra sigue sumando estropeadas vueltas. Dentro de dos semanas cumplo una más. Y sigo sin encontrar un ancla para frenar.

Café Apex

Es de informática.

Por la naturaleza de internet, la red está plagada de textos relacionados con gente que trabaja como informático. De hecho, es irónico que se diga “la naturaleza de” cuando se habla de algo artificial. Llevo usando un ordenador tanto tiempo que no lo mido por años. Lo hago por dioptrías. Si alguna vez hacen el corte hístico de mi ojo será como leer los anillos de un árbol. Me imagino a un cirujano asomado a mi humor vítreo ¹* leyendo las diferentes etapas de mi vida.

 

– Mira, ahí es de cuando las resoluciones eran de 640×480. ²*

– ¿Y toda esa zona dañada alrededor de los quince años?

– Ah, eso. El porno codificado del Plus.

 

Los departamentos de informática a lo largo del globo sufrimos de un mismo mal. Somos los pringados que arreglan las cosas. Infinita empatía mecánica a costa de nula vida social. Este estigma no se hereda en el trabajo, vienes con él de nacimiento. ³* Las solicitudes de trabajo para este tipo de puestos son siempre iguales. Recursos Humanos te convoca. Te hacen las preguntas sobre expectativas laborales. Sueldo. Experiencia. Mientras, sigilosamente, hacen clic en algún sitio de la pantalla diciendo a la vez “Vaya, otra vez el Excel me hace cosas“. En ese momento empieza la autentica entrevista. Tengo amigos que han acabado configurando Blackberrys, desfragmentando discos duros y arreglando el iTunes. Depende de si es una multinacional, de la competencia que haya y lo rápido que quieras empezar a convertirte en el acosador de la chica de Recursos Humanos. A veces hasta piratear la Wii.

 

Aún así los departamentos de informática tratan de crear una estructura para sentirnos distintos. Una ilusión, como el agua de sabores. Puedes tener en una misma planta a Helpdesk, Desarrollo, Hardware, Infraestructura... hacer incluso niveles de responsabilidad: “Primer nivel, Segundo, Tercero sin Ascensor…”. No sirve de nada ⁴*. La gente sigue diciendo “Informática” mientras señala a nuestro pequeño microcosmos. Hay un dicho común entre nosotros: Pobre del que esté en el camino del dedo apuntador.”

 

Funcionamos por asociación. Si cuando llegas al bus ya hay tres personas en fila, te pones detrás. Si ves que hay bulto, pues al bulto. Ese el proceso relacional  que sigue la gente cuando pide cosas a un informático.

 

– Toma, ¿puedes arreglarlo?

– Es un tostador.

– Si, ya lo veo. ¿Puedes arreglarlo?

– Ehm. Soy informático. No electricista.

– No entiendo. Tiene un cable. Mira.

(Coge el cable, sosteniéndolo frente a tu cara como si él que no lo entendiese fuese tú)

 

Esta historia ha dado lugar a montones de variantes. Nos las pasamos los unos a otros como herencia. La del señor que cuando le dices por teléfono que cierre la ventana del navegador te pregunta si esa es la del salón o la del dormitorio. La del tipo que te dice que el posavasos funciona mal porque se mete al cabo de un rato. La de la señora que te devuelve el acelerador porque es muy pequeño y trae un ratón. La del tipo que le pides un pantallazo y hace una foto con el móvil al monitor ⁵*

 

Sigamos escaqueándonos del sentido común al grito “Yo es que no valgo para la informática”. Es el nuevo “Es que es mi primer día”. Y si no, tiempo al tiempo.

 

¹*: El humor vítreo sufrió una de las primeras asignaciones laborales inadecuadas. Inicialmente esperaba ocupar algún tipo de lugar importante como el humor negro o el verde. Al final acabó en una de esas entrevistas de dinámica en grupo junto con el humor blanco. Adivinad quién se quedó con el puesto. Más tarde le surgió un puesto temporal en el ojo mientras buscaba algo de lo suyo. Ahí sigue. Como esos ingenieros industriales que te sirven cafés y que te los tiran encima por accidente con un preciso ángulo de 32º en caída parabólica. Rango de temperatura entre 65 a 72 grados Celsius.

 

²*Todo el mundo sabe de resoluciones. O eso creo yo cuando os oigo hablar de vuestros iPhones con pantallas Truemotherfucker a prueba de babas de hipster y de dedos llenos de muffin del Starbucks

 

³* El proceso es sencillo. Los padres de uno compraban un video. Si sabías programarlo te regalaban el ordenador. Si no, un balón de futbol.

 

⁴* Para demostrarlo, un verano añadimos la figura de titulo, aparte de grupo y nivel. Yo era Mariscal de Primer Nivel de IT y un amigo Barón Segundo de Infraestructura. Figuraba en la firma de los correos corporativos que enviábamos. La coña duró un mes.

 

⁵*Todas verídicas. En esta última llegamos a la conclusión de que podía haber sido peor. Que se podría haber presentado el susodicho y habernos golpeado con la pantalla en la cara tal y como se lo habíamos pedido. En ese caso a ver quién se sacrifica para decirle que no tiene razón mientras los demás corren ⁶*

 

⁶* Yo no.

No es infomática