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Kamikazes del dialogo

Vivimos en una sociedad dónde la posibilidad de comunicación se confunde con la obligatoriedad de trasmitir. Pertenecemos a un mundo dónde las personas pueden acceder a todo tipo de conocimiento a golpe de abusiva tarifa de datos con permanencia draconiana. Seres conscientes de lo pueril, de lo absurdo y de lo trágico y a la vez de lo innecesario. Sabiduría de chichinabo. Erudición del mismo valor que una verruga en el intelecto.  Un bagaje baldío pero que consideran valioso. Y desgraciadamente esa es la única premisa que necesitan para compartirlo. Para manifestar su superflua opinión. Para forzar un dialogo que inventan en pos de mendigar el aprecio debido. Y aunque son muy pocos,  el día es vasto y las probabilidades suficientes. Una ecuación de Drake pero sin posibilidad de encontrar inteligencia. Ninguno estamos a salvo.

Hay gente que es una kamikaze de la conversación. Gente que decide poner sus deseos de confraternizar por encima de toda prudencia conversacional. “Hablar de algo sin que te partan la cara”. Ya no soy de los que empiezan una conversación a ciegas. Sufrí del aprendizaje que llamamos adolescencia. Me equivoqué a menudo. Era más inocente. Crucé intentos de charla ocasional por la noche. En fin de semana. Con alguna copa de más. Con gente que tuviese al menos una 95D y serios indicios de mostrar XX en par cromosómico 23. Soy un tío de ciencias y de tetas. Todo se reduce a números.

Kamikazes de la conversación. Hablar con desconocidos es incómodo. La conversación tiene unas reglas básicas para que se desarrolle la misma. Qué menos que la persona que fuerza el dialogo disponga de un campo conocido para esta tenga lugar La humanidad ha establecido temas universales para que podamos desenvolvernos con cierta soltura en los momentos en los que el dialogo es inevitable. Preguntar por el tiempo. Criticar la acción del árbitro en el último partido. Quejarte de cómo están las cosas (Eso sí. Ocultando inteligentemente que no se piensa levantar un puto dedo para que cambien. Ojo). Incluso aunque no tengas ni puta idea de qué cojones está hablando al otro. Incluso aunque no estés de acuerdo. Incluso aunque te importe una mierda. Hay un tema, puedes intentar zafarte simulando un mínimo interés. Son las reglas. Tu interlocutor tratará de secuestrar la conversación lo máximo posible hasta llenar el espacio que el contexto disponga, por ejemplo, que llegue a su piso y abandone el ascensor. Que llegue el autobús. Que sea su turno en la carnicería. El dialogo consigue lo que quiere. Un contacto con otro ser humano para olvidar miserias y espera. A cambio, tu pierdes unos segundos en forma de charla intrascendente que jamás volverán. Sigues vivo.

Todos tenemos alguien así en nuestras vidas. La conversación ocurre y te lamentas. Puede que el único vinculo que exista es que viva en tu mismo bloque. Que trabajéis en la misma compañía de diez mil personas. Que seáis de la misma ciudad de cuatro millones de habitantes. Un vinculo cuya fortaleza es infinitesimal. Invisible. Inexistente. Pero suficiente para nuestro kamikaze.

Tiendo a hacer que las cosas hereden apego en función de los buenos momentos que paso con ellas. Dune es mi libro favorito. Debí leerlo como con catorce años y ya van como unas cinco o seis relecturas. A pesar de tener varias ediciones, para mí la original será la de la editorial Acervo, actualmente cerrada y por tanto descatalogado. Lo leí de préstamo en una biblioteca municipal. Estuve unido a sus frágiles páginas hasta el final. Pasé por dónde otros lectores habían estado. Supe de su existencia por la huella dejada de la fecha de devolución. Un sello en la primera página. Lamenté el sonido de los lomos ya cuarteados al avanzar en la lectura por culpa de otros que no habían tenido cuidado. Sentí pena al ponerlo en el mostrador de devoluciones condenándolo de nuevo a una estantería. Quería ese libro. Para mí no había mejor lugar que tenerlo conmigo. No pudo ser. Al tiempo Plaza y Janes se hizo con los derechos de edición de Dune bajo la misma traducción. La adquirí. La regalé. La volví a comprar. Me hice más tarde con una edición en inglés. Después conseguí la edición de Planeta de Agostini. Me junté como con cinco copias del mismo libro. Pero no esa edición. Yo necesitaba la irregular portada y defectuoso papel de la edición de Acervo porque para mí siempre representaría la primera que leí. Pasé como diez años lanzando indirectas a todas las mujeres que habían pasado por mi vida y amigos. Que el mejor regalo que hasta entonces nadie podría hacerme sería encontrar ese libro en esa edición en particular. Porque la nostalgia funciona así. Porque un recuerdo se puede pegar a otro y recordaría a la persona que se habría esforzado tanto en encontrar algo tan valioso para mí. Pero nadie lo hizo. Poca gente sabe lo importante que es regalar un libro adecuado. Hace tres o cuatro años lo encontré yo mismo el libro por unos míseros seis euros en perfecto estado. Ahora recuerdo y visito a menudo esa librería buscando más ejemplares que me sorprendan. Así son los recuerdos.

 

Indeseable. Señalando al ebook –  Vaya mierda es eso que ahí tienes

Yo: – Que te folle un pez puto anormal de mierda. Es un ebook.

Indeseable: Pues es una mierda, ¿no?

Yo. Muere. No, es un ebook.

 

Ni “Buenos días”. Ni “Joder, qué tiempo de mierda”. Un ebook. Habéis leído sobre mi libro favorito. Pensad en los cientos de libros que han podido pasar por tus manos en un libro electrónico. En la cantidad de cariño que un dispositivo puede heredar sólo de las buenas lecturas. Un libro nuevo. Unos zapatos. Un flamante reloj. Esa tablet tras la que ibas detrás para ver tus series. Un móvil de los que se te para el alma cuando cae al suelo. Pensad en lo que os haga más felices. Un kamikaze de la conversación llega y se caga en lo más sagrado que tengas esperando una respuesta opuesta. Un kamikaze es a una conversación lo mismo que cercenar un brazo a un moribundo para comprobar si está vivo. Un kamikaze de la conversación. Un imbécil cuya voz y dialogo es un arma cuyo alcance máximo es de un metro pero una onda expansiva de veinte.

Y como he empezado este texto. Todo esto porque vivimos en un mundo dónde se confunde posibilidad de comunicación con la necesidad de hacerlo. Anda y que os follen

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