Sí, estoy un poco perro y estoy abusando de los videos, pero creo que merecen la pena.
Ahora que he vuelto a hacer deporte, recuerdo mis tiempos en la facultad, cuando competía en diferentes campeonatos. Realmente, lo mio siempre fue el jiu-jutsu aunque he peleado contra personas que practicaban toda clase de estilos. Los mejores maestros siempre fueron, primero compañeros y después, amigos. Recuerdo con cariño las cenas tras habernos curtido el lomo durante un sábado entero, rememorando los golpes, las caídas las victorias, las caras de los árbitros, las broncas con el público.
Es curioso como lo mejor de aquellas mañanas y tardes nunca fue ganar, sino pasar el tiempo con los colegas. De hecho, lo que menos me gustaba de las competiciones en sí, era precisamente, competir.
Con el paso del tiempo los combates se volvieron, cómo decirlo, demasiado "densos": los golpes se lanzaban sin control, los árbitros eran lamentables, el nivel bajó. Al final, más que combate aquello parecía una carnicería. En mi penúltima competición me rompieron un diente, en la última me dieron de hostias.
Así que lo dejé. Siempre amaré las artes marciales, pero nunca he concebido el hacer voluntariamente daño a otras personas como algo deseable. Y mucho menos por una medalla.
Así que cuando veo cosas como éstas, siento emociones contradictorias. Recuerdo lo emocionante que era luchar, anticipar el golpe y medirme contra gente que no conocía, pero también me vienen a la cabeza verdaderas salvajadas (ambulancias incluidas).
Creo que, definitivamente, aquel tiempo ya pasó.
Saludos,
Angellus.