Hace unos meses, de madrugaba, mientras estudiaba alguno de esos interminables exámenes o mientras escribía alguno de esos trabajos que me hacían de cuando en cuando meditar acerca de si estaba desperdiciando mi juventud entre libros, encontré por casualidad un documental de fotografía en la televisión.
Al principio no le presté mucha atención. Estaba tumbado en el suelo, estirando las cervicales (por eso de que tengo problemas de espalda) mientras pensaba que, prácticamente sin ninguna duda, si no tuviera pareja nada más terminar la carrera habría contactado con alguna ONG y me habría marchado fuera un tiempo, tal vez muy prolongado. Por aquel entonces aún no había podido inscribirme en Amnistía Internacional y miraba con tristeza las declaraciones o los testimonios de voluntarios de algunas entidades. Me sentía pequeño, quieto, parado, paralizado... el mundo es tan grande, hay tantas cosas por hacer, tantas cosas por las que merece la pena luchar. Y yo estaba allí, tirado en el suelo, mirando los libros sobre la mesa del salón con el corazón en un puño. Repasaba mi vida, y aunque llegué a la conclusión de tener pocos motivos para quedarme me sentía contento de tenerlos. Ortega decía aquello de "yo soy yo y mis circunstancias". Las mías, en aquel momento triste y de bajón a consecuencia de la presión leonina, eran (y son) hermosas y me retenían allí a pesar de que durante años deseé desaparecer del mapa.
Mi memoria volvía una y otra vez a esos comentarios que leía en la red. Comentarios de gente que hacía cosas importantes, que sólo con su valor marcaban una diferencia y en cierta medida, sentí envidia. Pocas maneras más nobles de vivir debe de haber que la de dar tanto por los demás, no por dinero ni por interés, sino por convicción. Por mero deber moral. Tal vez si mi vida no hubiera discurrido por los derroteros que tomó habría sido uno de ellos.
Intenté imaginar cómo debía ser vivir así. Casado con tus ideales hasta el punto de marchar a cualquier rincón del mundo desde donde te llamaran. La verdad, si se piensa friamente, asusta. Me resultó curioso que fuera así, teniendo en cuenta cómo el Diablo extiende el miedo por el mundo.
Recuerdo que miré la pantalla del televisor, sin demasiadas ganas. Y entonces ocurrió algo. Uno de esos momentos que se te quedan grabados para siempre y que se recuerdan durante toda la vida.

Aparecieron una miríada de imágenes escalofriantes. Testimonios del más absoluto horror, un reflejo de la maldad y la perversidad de la especie humana pero presentadas de forma extraña. De alguna forma, que no podía comprender de ninguna manera, las imágenes eran hermonas. Descarnadas, sí. Violentas, sí. Duras como un tiro en las tripas. Pero también reales y acusadoras. Apuntaban al corazón de la conciencia y hacían diana. Puede que me pillaran en un momento vulnerable, pero me hicieron polvo.

Me sentí como un pervertido por encontrar belleza en aquellas monstruosidades. Recuerdo que pensé que la capacidad de la especie humana para la autodestrucción sólo es comparable con su genio para hacer de lo horrible un poema.

La contradicción de la misma esencia del hombre aparecía en aquellas fotos. Aquellas imágenes no incitaban al odio, ni al miedo. Incitaban a la pena y a la culpa, al arrepentimeinto. Era casi como si la conciencia se hubiese presentado si avisar a pedir la cuenta.

Todas habían sido tomadas por un solo hombre, que parecía ser la personificación de todo aquello en lo que meditaba hacía sólo unos segundos. Esa persona en cuestión es James Nachwey, quien seguramente y perdonen mi falta de formación, es uno de los más importantes reporteros gráficos del momento en cuestiones bélicas y humanitarias.
El documental versaba sobre su vida, su trayectoria y su trabajo. Pero más que las fotos, me impresionó la mirada de aquel hombre. No paraba de mencionar que con cada disparo de su cámara no podía evitar pensar si no era más que un carroñero, un monstruo que se alimenta del dolor ajeno. No intervenir y tomar la instantánea. Esa es su labor.
Duro, muy duro el trabajo de este tipo. Siempre yendo de la mano de la miseria, no para paliarla de primera mano, sino para traerla a los diarios occidentales y que la verdad nos dé dos sopapos bien merecidos.
No pude estudiar mucho más aquella noche. Anoté su nombre y me fui a dormir cuando acabó el programa. A los pocos días me concentré en otras cosas y aquello se dejó de lado.
Hasta hoy. He encontrado el papel arrugado donde garabateé aquellas líneas y me he sentido culpable por haberlo olvidado. Por eso escribo esto. Para que mi entorno cercano sepa de este señor y de lo que nos muestra con su talento. Hay lecciones que no deben olvidarse y aunque no las recordemos el sufrimiento puede congelarse eternamente en un instante de pesar, que define muchas cosas, que recuerda muchas otras, y que mantiene en suspenso y para siempre las lágrimas de los que sufren mientras los que gozamos de una mirada brillante y limpia no tengamos el valor de volver la vista a donde nos señala la voz nuestra olvidada conciencia.

Saludos,
Angellus.
"I have been a witness, and these pictures are
my testimony. The events I have recorded should
not be forgotten and must not be repeated."
-James Nachtwey-
Comments (1)
porké soy tu hermana y nunca hablamos de estas cosas??'
porké me emocionas hasta el llanto y nunca hemos compartido ninguno de tus vacios o momentos xungos?xk no hablamos de esas cosas samu?
hay cosas k nunca dejaré de preguntarme
Posted by sari | Agosto 29, 2006 6:50 PM
Posted on Agosto 29, 2006 18:50