Guerras en red
Ofrecer una definición de terrorismo es, cuanto menos, una tarea que podemos calificar de compleja o de imposible según en enfoque que demos a la cuestión. En términos legales a nivel internacional existen una multiplicidad fastuosa de tratados internacionales que previenen y tratan la materia desde perspectivas diferentes. Piratería, atentados con bombas, financiación de organizaciones terroristas, prevención para evitar que tales grupos se hagan con armas de destrucción masiva (particularmente nucleares, biológicas o radiactivas) . Sin embargo, no existe una definición a nivel legal internacional de qué es lo que debe entenderse por tal. Definiciones de autores hay muchas a lo largo de todo el globo, pero ninguna se plasma o concreta en el Derecho Internacional. De hecho, los últimos intentos por encarnar una definición compartida del concepto específico en el espectro internacional se está encontrando con verdaderos escollos, como se constata de la lectura del Grupo de Trabajo de la ONU en esta materia .
Por ello vamos a evitar dar una definición legal de lo que consideramos grupos terroristas y nos remitiremos a un concepto poco nítido, pero suficiente para nuestros propósitos. Podemos afirmar, a efectos de lo que este trabajo persigue, que terrorismo es aquella estrategia dirigida contra las personas (que no ciudadanos; empleamos la expresión “persona” precisamente por su amplitud) y que tiene como fin la imposición de un ideario político (por político podemos también entender toda reivindicación religiosa que se expanda en la esfera pública) mediante el ejercicio de la violencia y el terror. Esta definición nos remite tanto a aquellos grupos que pugnan por un cambio en el estado de cosas como a los que desean la estabilidad del sistema. Por tanto no solo los grupos armados paramilitares pueden entrar dentro de este esquema, sino que también los Estados en la medida en que realizan políticas que encajan en este perfil.
No vamos a extendernos más en esta cuestión, pues como hemos dicho, no es el objeto de este trabajo. Presumiremos que la anterior precisión nos es suficiente para entender la cuestión de una forma básica, pues después de todo todos tenemos una idea elemental de lo que hemos de entender por tal .
Sin embargo, y aunque no podamos dar una concreción específica del objeto, sí podemos afirmar que a lo largo de la evolución que ha experimentado este modelo de conducta criminal a lo largo del siglo XX éste ha venido tradicionalmente pertrechado de una característica: jerarquía.
La organización estructurada ha sido una constante a lo largo de todo el pasado siglo. Es especialmente evidente en lo que podemos denominar “terrorismo de Estado”. Resulta paradójico y monstruoso que la estructura social que dota a los ciudadanos unos derechos legales sea precisamente la que lleve a cabo estas prácticas de las formas más horrendas. Desde las dictaduras sudamericanas hasta la limpieza étnica orquestada en los Balcanes los Estados se yerguen como elementos terroristas particularmente nefandos . Después de todo, estos elementos terroristas extraen su fuerza precisamente del extraordinario poder que el aparato estatal atesora, que convenientemente movilizado, es capaz como ningún otro de lograr desde represión eficiente a la elaboración y ejecución de verdaderos pogromos.
En el otro plato de la balanza, en el seno de las organizaciones clandestinas paramilitares, también era habitual la organización estructurada y jerárquica, incluso especializada, de sus miembros. Tengamos en cuenta que nos encontramos, normalmente, con grupos reducidos de sujetos que optan por tomar las armas. Decimos “reducidos” porque las estimaciones establecen a las que hemos tenido acceso suelen encuadrarse entre varias decenas y varios centenares en el mejor de los casos . La organización terrorista en tanto tal, lo que permite en cierta forma diferenciarla de los movimientos nacionales de liberación, es “elitista”. Admite en su seno clandestino a un número reducido de sujetos por múltiples razones. Lo más evidente puede ser a primera vista la seguridad de la organización: una camarilla reducida es menos vulnerable a las filtraciones y más compleja de detectar que una más extensa. Asimismo un número escaso pero suficiente de individuos es más eficiente para actuar de forma rápida y segura, minimizando el tiempo de espera entre la ejecución de los atentados y la selección de los blancos.
Las estructuras de esta clase de grupos solía ser estrictamente jerárquica, centralizada y con canales de comunicación precisos , y podían encontrarse en grupos que no tenían más relación que alguna colaboración ocasional, normalmente, en materia de adiestramiento . Un ejemplo claro de organización jerárquica en nuestro entorno cercano hasta fechas recientes ha sido ETA (Euskadi ta Askatasuna), en Oriente Medio responden a este perfil los grupos que vieron la luz por lo general en la década de los 70 ligados a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) .
En estas estructuras la diferenciación de roles y de funciones era habitual. Lo normal, por ejemplo, era la especialización de sus miembros o cuanto menos su encuadre en alguna célula con un cometido asignado concreto. Así por ejemplo, el reclutamiento de nuevos miembros no solía darse por parte de los sujetos que perpetraban las “acciones armadas”, pues precisamente son estos individuos los que necesariamente han de vivir casi siempre en la clandestinidad y sometidos a un fuerte estrés debido al acoso por parte del las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Esta tarea es generalmente encomendada a “colaboradores” externos que no forman parte del núcleo duro militante que tiene más dificultades para exponerse a los desconocidos . La razón de esta jerarquía era asimismo relativa a la mera funcionalidad del grupo terrorista. Es decir, las acciones de estos colectivos no son, o no suelen ser, espontáneas o improvisadas. La selección del blanco requiere una deliberación previa y una selección estratégica, la preparación del atentado requiere de unas altas dosis de inteligencia (datos del objetivo, rutas de escape, resistencia a encontrar...), avituallamiento de material diverso (armas, explosivos...), logística (pisos francos, documentación falsa...) y propaganda mediática . Incluso las acciones violentas de grupos afines a la organización terrorista aparentemente desorganizada, encarnada en disturbios callejeros (ejemplo en nuestro país es la llamada kale borroca) obedecen, en ocasiones, a directrices que emanan de los órganos directivos del grupo terrorista.
No obstante, esta concepción jerárquica va desapareciendo paulatinamente a medida que van apareciendo nuevos grupos a partir del los 70 y 80, o por lo menos se ve complementada por nuevas estructuras cada vez más descentralizadas y autónomas. Un ejemplo de organización “híbrida” en Oriente Medio serían Hamás o La Yihad Islámica . Dichos grupos conservan elementos jerárquicos o nodos fundamentales (Hamás en un perfecto ejemplo, pues ha comparecido como partido político a las últimas elecciones palestinas, alcanzando la mayoría absoluta en los comicios), pero realizan una simbiosis entre elementos estructurales jerárquicos y descentralizados de carácter auto-funcional. Otro ejemplo en Oriente Medio de organizaciones con este tipo de arquitectura funcional es Hezbollah, tal y como señalan algunos analistas en inteligencia y terrorismo .
Sin embargo, el grupo más famoso y que más éxito ha cosechado a la hora de explotar la organización en red hasta la fecha ha sido sin duda alguna Al-Quaida (La Base), fundada por Osama Bin Laden.
Los grupos terroristas de nuevo cuño, y de forma particular los que se agravillan en torno al ideal de la yihad (guerra santa en términos coránicos) han experimentado, a la luz de las nuevas tecnologías y de las posibilidades que el escenario globalizado ofrece, una erosión en sus estructuras definidas y estáticas. Los nuevos elementos terroristas actúan de una forma diferente. El “nuevo enemigo” no tiene necesariamente un rostro (unas siglas que lo definan como una entidad específica, con sujetos adscritos a una organización estable concreta) sino que más bien obedece a una lógica que casa mejor con el desarrollo de la sociedad en red. Los nuevos elementos criminales han encontrado tremendamente prácticas la descentralización, la flexibilidad y la inventiva que acompaña a la autonomía. Al Qaida es el mejor ejemplo que se puede ofrecer de ello, como veremos más adelante. Y es que más que una estructura, lo que se esconde tras esa denominación es algo bien diferente: la expansión de la yihad a nivel mundial mediante actos de violencia y terror, o lo que es lo mismo, la asunción del terrorismo como ideal. Al Qaida es antes una ideología que una reunión de elementos criminales.
Las estructuras en red se arremolinan en torno a nodos. Nodos son, en este caso, el elemento mínimo que puede desempeñar algún papel funcional en una estrategia compartida relativa a interacciones sociales dentro de un colectivo. No son, ni mucho menos, necesariamente terroristas aunque sí es cierto que estos grupos han sacado provecho de esta disposición. Tales nodos son autónomos, independientes, autosuficientes y fungibles. Con autónomos hacemos hincapié en su capacidad para conducirse por sí mismos sin necesidad de directrices externas que les condicionen en un sentido u otro; por independientes entendemos que no se da relación funcional entre ellos que enerve su capacidad de acción dentro de sus tareas específicas o de persecución de sus metas, es decir, por su competencia para fijar sus propias agendas y seleccionar blancos; al decir autosuficientes queremos dar a entender que por sí solos son capaces de mantenerse a flote y operativos sin depender de financiaciones o los recursos de otros nodos diferentes a los que se les solicita un apoyo logístico y una infraestructura de soporte; y finalmente por fungibles entendemos que por su versatilidad la eventual desaparición de un nodo no condiciona el futuro de la existencia de la red en su conjunto. Las tareas que cada nodo realiza son mutables, dependientes de la situación y del contexto, de los objetivos fijados y del papel que adopta dentro de planes conjuntos que eventualmente puedan desarrollarse. Si eliminamos un nodo pronto otro realizará su papel, o se formará uno nuevo que reemplazará al anterior. La comparación con una hidra mitológica es constante en la literatura que analiza las estructuras en red.
Tales nodos no se encuentran, a pesar de su autonomía e independencia, aislados. Conviven en un entorno de relaciones constante y fluido, mediante canales de comunicación que se crean y se abandonan tan pronto como la tarea ha desarrollar ha llegado a su fin. Los nodos, analizados como estructura o elemento individual, obedecen a los calificativos que antes hemos señalado. Sin embargo, vistos en su conjunto y en relación, adquieren una nueva dimensión, la de una red, que resulta ser versátil, no (o apenas) liderada, interconectada, adaptable y axiológicamente coherente.
Decimos versátil porque la capacidad de responder a cierta clase de estímulos no depende de una especialización concreta dentro de una lógica funcional, sino que se dan en relación a la afección a intereses e ideologías comunes compartidas por todos los nodos de la red. A modo de ejemplo podemos presentar a los movimientos antiglobalización y de forma muy específica las protestas que se dieron en lo que vino a ser conocido por el gran público como “la batalla de Seatle ”. El 30 de noviembre de 1999 la Organización Mundial del Comercio tuvo, literalmente, que suspender una cumbre ante la imposibilidad de los delegados para acceder al Centro de Convenciones donde se desarrollaba. Toda la ciudad se colapsó y las fuerzas de seguridad no pudieron dispersar a los manifestantes que forzaron un verdadero bloqueo en la infraestructura de la ciudad. Los diferentes nodos que acudieron a la cita defendían causas muy dispares entre sí. No sólo asistieron organizaciones con unos intereses de puramente económico o relativo a las interacciones comerciales, sino que también se sumaron a la protesta grupos ecologistas de diversa especie. Entre los integrantes de la protesta figuraban sujetos de diferentes extracciones: Rainforest Action Network, Art & Revolution, Ruckus Society, la American Federation of Labor and Congress of Industrial Organization, o el grupo radical Black Block .
Definimos las redes como no lideradas por la sencilla razón de sus acciones no dependen tanto de un mando único que establece una serie de objetivos y prioridades, sino de una mezcolanza difusa de interacciones simultáneas que todos los nodos mantienen entre sí (o por lo menos manteniendo un alto grado de interconexión generalizada). Los nodos pueden funcionar de manera independiente para atacar un blanco compartido o de forma conjunta para colapsar una estructura. Los ataques terroristas del 11M y 7J son ejemplos de lo primero, nodos diferenciados que reivindican en nombre de una red sus atentados. La “batalla de Seatle” es un ejemplo de lo segundo. En este punto las redes funcionan como un hormiguero, mutandis mutantis. Sin necesidad de una coreografía general establecida cada nodo selecciona un papel a jugar que puede abandonar tan pronto como deja de ser necesario. La coordinación directa nodo-nodo permite una respuesta rápida y un auxilio recíproco entre los distintos elementos sin tener que ser evaluada por un “cuartel general”. Esto se debe a que cada nodo tiene la capacidad de hacerse una composición de la escena global gracias a que bebe de diferentes fuentes de información. En Seattle los manifestantes estaban permanentemente en contacto mediante teléfonos móviles, radios de honda corta y contaban con la inestimable ayuda de los medios de comunicación que retransmitían el evento en directo. Si bien es cierto que pueden existir nodos que irradien una serie de directrices, las mismas no obedece a órdenes operativas específicas, sino a la emisión de máximas que reiteran y cohesionan la ideología comunitaria que sustenta la interacción general (este puede ser el papel que Bin Laden ocupa en Al Qaida). En las redes no existe un corazón o un cerebro al que apuntar . Sencillamente cada uno sabe lo que tiene que hacer.
La interconexión es el predicado sustancial y definidor por excelencia de las redes. Cada nodo, en una estructura a modo de matriz, mantiene o puede mantener con todos los demás un canal de comunicación fiable y simultáneo. Es decir, la comunicación no es segmentada en fragmentos de tiempo: no es necesario esperar a terminar de comunicar algo a un nodo para pasar al siguiente. Un mismo nodo puede alertar a todos de forma simultánea, y si no es capaz de realizar un llamamiento general da la voz de alarma a otros que sí pueden hacerlo. Internet juega un papel capital en esta tarea. El mejor ejemplo del que disponemos es la Red de Acciones Urgentes de Amnistía Internacional . Cuando uno de los nodos detecta una violación clara y evidente de vulneración de derechos humanos da la voz de alerta a todos los afiliados. A los pocos días los correos electrónicos de las autoridades pertinentes pueden llegar a los cientos o incluso varios miles, lo que ejerce una presión significativa en muchos casos. Esto es lo que se denomina en el contexto de los estudios de guerra en red como “enjambramiento” o “ataques enjambre”. Un elevado número de nodos, que por sí solos no podrían ejercer una gran presión, se concentran en un solo punto de un sistema o infraestructura llegando a provocar, incluso y bajo ciertas condiciones, el colapso. Un ejemplo más oscuro de este proceder son los casos de cibotaje (sabotaje cibernético) y en especial los ataques DoS (Denegation of Services) que se lanzan ocasionalmente contra los grandes portales de internet mediante correos electrónicos masivos reenviados por algún virus y que terminan por colapsar los diferentes servidores. Internet a abierto una puerta muy grande al hackctivismo (hackers informáticos que realizan infiltraciones en zonas de acceso restringido, roban o manipulan información, o cuelgan en sitios oficiales proclamas antisistema) y al ciberterrorismo (el empleo de la red con fines terroristas) . De cuando en cuando ambas corrientes chocan entre sí. Ejemplos famosos son las diversas acciones de los autodenominados “ángeles guardianes” contra la pornografía infantil, localizando sitios específicos con material ilegal y dando la alerta a las autoridades pertinentes. En materia terrorista de cuando en cuando asistimos a puestas en escena que parecen sacadas de la ficción, e incluso particularmente cercanas, como es el caso siguiente.
En 1997 el grupo terroristas vasco ETA asesinó al concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco tras el vencimiento del plazo de un ultimátum lanzado al gobierno central para que procediera al acercamiento de presos repartidos por toda la geografía nacional, lo que levantó una solidaridad para con las víctimas sin precedentes en lo que vino a llamarse “el espíritu de Ermua”. La indignación popular llevó a la primera de las grandes manifestaciones de la democracia española. Sin embargo, tras la muerte del joven, la cosa no quedó allí.
En el mismo año el IGC (Institute for Global Comunications) con sede en San Francisco sufrió un ataque masivo de correos electrónicos que llegaron a los varios miles. ¿El motivo? La web del IGC albergaba en sus servidores el diario Euskal Herria Journal, que contenía a su vez material acerca de la banda terrorista antes mencionada. Los atacantes deseaban que la página web desapareciera pues consideraban que apoyaba el terrorismo abertzale. La protesta resultó tan eficiente, en términos de piratería informática, que el correo no pudo ser entregado a los usuarios, llegando incluso a saturar las cuentas del personal del Instituto. Finalmente el IGC clausuró el sitio, eso sí, tras realizar una copia de seguridad para que otros pudieran seguir con la publicación, con fecha de 18 de julio. Una de las asociaciones que recogió el testigo fue Campaña por la Libertad en Internet que consideró la actuación de los hackers un ataque injustificado de censura. Poco tiempo después el escuadrón antiterrorista de Scotland Yard clausuró la página británica .
Este caso ilustra cómo tanto los atacantes como las víctimas del mismo actuaron de forma coordinada, haciendo llamamientos a quienes compartían concepciones de las cosas comunes. La llamada de “auxilio”, por definirla de alguna manera, cruza la red y los nodos que se sienten implicados ofrecen su apoyo en ambos sentidos.
En el otro plato de la balanza, dentro de las organizaciones terroristas, se da un fenómeno parecido. La interconexión de los diferentes nodos entre sí permite que un nodo alejado designe la conveniencia de realizar un ataque sobre una infraestructura o un blanco concreto sin necesidad de preocuparse por preparar la operación. El 11M fue un buen ejemplo de ello. Osama Bin Laden se limitó a afirmar que la conquista de Al-Andalus debía ser uno de los frentes de la guerra santa. Todo lo que hizo falta después fue que una célula autónoma pensara que cometer un baño de sangre sería una buena idea de conseguirlo.
Finalmente decimos que las redes son adaptables. Ya que su estructura es amorfa y maleable un nodo puede ser desmantelado o iniciar una reconversión de enlaces y comunicaciones con otros que permitan un nuevo enfoque estratégico. Sin embargo no todas las redes disponen de la misma capacidad de adaptación, ya que esta se da en relación directa al riesgo asumido por los distintos nodos debido a su integración en la misma. El riesgo para un activista defensor de los derechos humanos por enviar un correo electrónico a una embajada es mínimo, al menos en las democracias occidentales. Las empresas que operan en red han de trabajar para establecer canales de comunicación fiables, aunque sean descentralizados y diferenciados, antes de acometer fuertes inversiones. Finalmente, las organizaciones terroristas que operan en la clandestinidad no pueden establecer, al menos en sus comunicaciones inmediatas, enlaces poco fiables en los que se dé una ausencia de confianza. El uso de las nuevas tecnologías es aquí un tanto relativo, ya que si bien son útiles para la distribución de propaganda, ha de ser empleada con cautela cuando la comunicación establecida es relativa a la comisión de un delito. En estos casos la red no depende por completo de las nuevas tecnologías, sino que se aprovecha de ellas para implementar su eficiencia. Las acciones o las comunicaciones de los nodos más carismáticos se realizan o coordinan mediante correos personales en los que se confía.
Lo que nos lleva al siguiente punto característico de las redes: la cohesión axiológica. Si la interconexión es el elemento material que las mantiene unidas y que las dota de identidad, la cohesión axiológica es el motivo, el espíritu formal, que las anima. Las redes más poderosas no están fundadas en sencillos intereses. Se basan en ideales. En concepciones compartidas acerca de la vida y el mundo: objetivos y metas comunes indubitadas que dejan las manos libres a sus miembros para actuar sin ataduras. Cuanto más general y abstracto es el mensaje compartido a modo de axioma mayor es elemento aglutinante que permite la expansión de la red. Ésta característica es la que hace peligrosa en una magnitud desconocida hasta la fecha al terrorismo integrista de corte islámico: la ponderación de un bien moral y religioso por encima de todos los demás que hace que las vidas de los no creyentes e infieles no sean dignas de consideración es una base mínima sobre la que se asienta la operatividad de estos grupos terroristas. Ello sumado al concepto del martirio que estas organizaciones barajan hacen que sean tremendamente letales. El nuevo concepto de “macro-atentado” como los encarnados en el 11S, el 11M, el atentado de Bali o el 7J corroboran esta nueva y creciente letalidad . Los analistas de inteligencia especulan con la posibilidad de que estos grupos se sientan predispuestos a emplear armas de destrucción masiva de tipo nuclear, químico o bacteriológico . Teniendo en cuenta que su intención es la destrucción del todo aquello que contradiga la interpretación islámica radical que estos grupos extremistas defienden, los escrúpulos morales que pudieran servir de freno a estas acciones no parece muy poderoso.
Por su expresividad transcribimos unos párrafos dos de dichos analistas:
“Para llevar a cabo un atentado nuclear es necesario, igual que ocurre con cualquier otro atentado terrorista cuyo objetivo sea la destrucción masiva, que previamente se adopte la decisión de matar a mucha gente. , esta voluntad existe entre los miembros de Al-Qaeda, al amparo de un integrismo islámico colmado de sentimientos de ira y desesperación que oportunamente explotan sus dirigentes, pero carente en todo caso de inhibiciones morales para el asesinato masivo de quienes no se someten a su mismo creo religioso ”.
“…en su mensaje del 9 de diciembre del 2001, cuando Bin Landen declaró “que la yihad se ha convertido en fard-ain (obligatoria) para todos y cada uno de los musulmanes del mundo, especialmente para los más jóvenes, deban unirse y clamar contra el kurf (denegación de la verdad divina) y continuar la yihad hasta que esas fuerzas sean eliminadas totalmente de la faz de la tierra y el islam conquiste el mundo entero y todas las otras falsas religiones”” .
El integrismo islámico se agravilla en torno a una concepción peligrosa de la religión. Dicha disertación religiosa ofrece, en un primer lugar, una justificación ulterior, no rebasable, para todas las acciones violentas que puedan concebirse contra los no creyentes . Del mismo modo, ofrecen un asidero emocional en situaciones de miseria y desesperación, ofreciendo una vía de escape dirigida contra quien se considera cómplice o responsable de ese sufrimiento. La causa palestina brilla con luz propia en este enrarecido panorama y es adoptada como icono o meta de justicia indubitada. El islam alberga en su interior un sentimiento de comunidad, que convenientemente explotado y dirigido, permite la identificación concreta de forma personal con los padecimientos del pueblo palestino en particular, y con el sufrimiento de todos los musulmanes en general allí donde se encuentren, ya sea Filipinas o Chechenia. Ello es lo que permite que, cuando las estructuras de socialización fallan, esta visión panislámica y beligerante escape de las fronteras de lo que parece ser su desgraciado marco inherente, que no es otro que la situación en Oriente Medio. La radicalización de ciudadanos europeos de credo islámico es una realidad peligrosa a la que se ha de hacer frente, particularmente en el entorno penitenciario. Del mismo modo la cultura, entendida como conocimientos académicos de grado medio o superior, no es una vacuna suficiente por sí sola si no va acompañada de valores de tolerancia y respeto. A modo de ejemplo, algunos de los terroristas que perpetraron en 11S tenían educación universitaria.
Es decir, el integrismo islámico no es patrimonio exclusivo de aquellos que viven en la órbita de las zonas de conflicto más candentes. La yihad a escala mundial es una aspiración del terrorimo islámico que llama a sus filas a todos los creyentes dispuestos a escucharles. El uso a las violencia indiscriminada y cruel es un acto de defensa. Que el sufrimiento de todos los musulmanes es uno y el mismo es otro dogma que hace que la red integrista se cohesione y cierre filas. El sentimiento de rechazo, de polarización tribal de “nosotros contra ellos” es uno de los falsos apriorismos que pretende sentar este tipo de delincuencia.
¿Qué hace que las guerras en red resulten eficientes? ¿Qué elementos de su puesta en práctica hace que lleguen a buen término?
Los analistas del concepto llaman la atención, sobre sus flexibles diseños, su facilidad para tender puentes entre sí y establecer estrategias y modos de coordinación, la lealtad personal entre sus miembros así como la creatividad en el uso de las nuevas tecnologías para llevar a cabo sus fines.
Pero todo ello no son más que reflejos de una manifestación concreta. Son síntomas si se nos permite la metáfora. Son los elementos que representan el proceder de un mal concreto. Pero no son su corazón. Su elemento fundamental, su núcleo existencial son los ideales compartidos. En el caso de la yihad, por ejemplo, seríamos imprudentes si pensáramos que se trata de mero terrorismo convencional. Es una verdadera ideología que aspira a imponerse con carácter global. Es cierto que tras todo terrorismo late una justificación ideológica, pero es muy diferente un terrorismo entendido como medio para alcanzar un fin político de uno que se justifica a sí mismo en términos religiosos. El primero es un medio para un fin, el segundo es un fin en sí mismo. No es lo mismo matar para conseguir la independencia de una nación, que buscar la muerte del infiel, precisamente, por su cualidad de tal. En el terrorismo convencional, si se alcanzara el fin, el medio (el asesinato) podría llegar a desaparecer. En el nuevo terrorismo islamista la muerte del no creyente es de por sí un fin a perseguir.
Nos encontramos ante algo más que un modelo de criminalidad al uso. Nos encontramos, más bien, ante una ideología de tintes religioso-genocidas. Ante una concepción tan apocalíptica de las relaciones humanas poco puede el Estado hacer por sí solo. Los logros policiales pueden desarticular comandos, impedir ataques terroristas o intervenir fondos, pero no pueden conquistar los corazones y las mentes. Las guerras en red no son enfrentamientos al uso. Los valores y las ideologías están asociados inexorablemente a las identidades. Somos aquello en lo que creemos en muchas maneras. En estos conflictos asistimos a una dimensión narrativa o histórica, en las que se determina como no se hace con tanta claridad en otras, lo que es justo y merecedor de protección y qué medios son legítimos para realizar dicha defensa. La interiorización de dichos valores y ponderaciones por un colectivo cada vez más amplio de sujetos es lo que dota a las redes de fuerza interna y les permite enfrentarse a las adversidades.
Si queremos vencer al integrismo islamista (o a cualquier clase de integrismo del signo que sea, que articulara un respeto mínimo por la vida en virtud de cualesquiera justificaciones) hemos de derrotarlo en este terreno tanto como en el policial. De lo contrario no estaremos poniendo más que meros parches en una balsa que se hunde.
La percepción de la realidad, y su control, es sustancial de toda clase de conflicto. Las guerras en red son luchas entre espectros diferentes de percepción social, que formalizan una suerte de base que cimenta las acciones posteriores. De un lado ofrecen una concreción de valores privilegiados a perseguir a los integrantes, y de otro
funcionan como arma arrojadiza contra los descreídos o los extraños al movimiento. De ahí que estos enfrentamientos no dependan tanto de las acciones materiales dadas, sino del efecto que éstas tienen en las percepciones ajenas. De un lado se busca atraer a los adversarios o a los neutrales a las corrientes de pensamiento propias (es aquí donde la interconexión juega un papel fundamental, especialmente a través de internet), del otro se busca desacreditar la historia o las justificaciones ajenas tanto ante quienes las defienden como ante terceros que pudieran mostrar un potencial asentimiento. La concepción más verosímil gana y se impone, y por verosímil no nos referimos a aquellas que resulten mejor construidas en base a criterios racionales o dialógicos, sino sencillamente a aquellas que alcanzan mayores cotas de permeabilización sociológica. Son, por tanto, batallas de “voluntades” en las que es importante ofuscar, engañar, manipular y engatusar (aunque no es descartable una estrategia puramente dialógica, por ejemplo en un modelo de democracia deliberativa, en donde prima la fuerza de los mejores argumentos apuntalados en pretensiones de validez contrastables con carácter general) . Allí donde no hay campos de batalla al uso, sino células autónomas sean de activistas o bien de grupos terroristas, la diferencia se marca en el control de aquellos impulsos que provocan su adhesión a unas redes u otras.
Las operaciones de inteligencia, como se puede suponer, son vitales para todos estos menesteres. De la misma manera que lo es el papel que juega la sociedad civil. Asistimos a las dos caras de la misma moneda, en el sentido de que es aquí donde se aprecian las dos dimensiones de la lucha contra los movimientos terroristas emergentes. De un lado la acción estatal, que en el ejercicio de su potestad de imperio, persigue de forma activa a tales grupos y elementos peligrosos. De otro, la ciudadanía movilizada que desarticula las historias que les sirven de fundamento así como ejercen un control sobre las instancias gubernamentales que impide su extralimitación.
Pero esto lo veremos en otro post.
Saludos,
Angellus.