Existe en derecho una máxima procesal que proviene de los principios democráticos, que se enraíza en el sistema judicial y permite mantener un mínimo de estabilidad democrática. Dicho principio se conoce generalmente como de “aportación de parte” y viene a decir, de forma simplificada que quien afirma algo ha de demostrarlo. Esto se aprecia principalmente en el proceso penal mediante la máxima de “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario” también conocido como presunción de inocencia.
Este proceder no es una mera forma de hacer las cosas basadas en la lógica jurídica, si bien es cierto que se apoya en la misma. Su génesis proteica se encuentra en la misma idea de la democracia y el Estado de Derecho, un sistema de gobierno y un modelo de organización política tuitivos con respecto al ciudadano. Mediante estas organizaciones la sociedad trata de proteger a los eslabones más débiles de la cadena: los agentes individuales, los sujetos o personas que con su voto mantienen unido todo el entramado.
El Estado de Derecho es una estructura compleja y versátil. Al mismo tiempo cristaliza en un millón divergente de facetas contradictorias. Para algunos representa un modelo de contención del poder, el más evolucionado, que mediante la fuerza coercitiva de la ley hace que los poderosos no se extralimiten en el ejercicio de sus potestades. Para otros es una farsa existencial, una telaraña de corrupción legal que legitima con la estampa del Derecho las mayores inmoralidades, el abuso de poder y la miseria humana. Otros, dicen, es el reflejo de una cultura complaciente etno-europea y anglosajona.
Desde mi punto de vista todos tienen razón.
El Estado de Derecho es un modelo de organización social que funciona como un espejo de nuestra alma. Y al igual que nuestra alma, es voluble y quimérico. Nos representa mejor de lo que somos capaces de admitir en ocasiones. Recoge la esencia de nuestras contradicciones. En su seno podemos asistir a la lucha inmoral por el poder, eso sí legalmente desarrollada y por tanto en cierto forma legítima. Es un patio de juegos tan amplio y en ocasiones con normas tan difusas que permiten su aplicación divergente. En él caben lo mejor y lo peor de nuestra especie.
El principio de aportación de parte es una de esas máximas amables y luminosas que por haber cristalizado en nuestro ordenamiento constitucional creemos garantizadas. En los tribunales impera, por la misma lógica y estructura de los procesos judiciales. Pero tal es su fuerza que las puestas de las Audiencias no pueden detenerlo, y de cuando en cuando, sale al exterior, a la vida pública. Es un principio, que al igual que la conciencia, viene a buscarnos cuando caemos bajo. Ni siquiera los políticos están libres de él, y todo ello por la sencilla razón de que ellos son engranajes fundamentales de la democracia. No se puede faltar al mismo sin atentar contra el corazón y la esencia de nuestro modelo de vida. Cuando nos despeñamos y caemos en el abismo, cuando tocamos fondo y encontramos que en nuestra caída, descarnado, traicionado y moribundo, nos acompaña este principio en representación de muchos valores no podemos dejar de lado la reflexión fundamental de avergonzarnos debido a en lo que nos hemos convertido. Es entonces cuando podemos escuchar las carcajadas del Diablo, que nos ha vencido no por que nos haya derrotado, sino porque le hemos dejado ganar.
Así, cuando quebramos estas máximas, cuando dejamos de lado el principio de aportación de parte quedamos a la deriva de nuestro odio, nuestra emoción, nuestra ignorancia o nuestra soberbia. Nos apartamos de la luz por la que tanto y tantos han tenido que dar y sufrir. Traicionamos la memoria y la herencia de quien nos dejó para hacer de este mundo un lugar mejor que el que nos encontramos. Nos rebajamos, nos arrodillamos y abjuramos de nuestro potencial siempre presente para ser mejores de lo que somos. Nos volvemos cobardes y miserables. Nos volvemos niños que patalean furibundos el suelo cuando las cosas no son lo que nuestras tripas y entrañas, manipulables e irracionales, nos piden. Es entonces cuando sentimos vergüenza.
Lo sé, porque yo, ahora, me avergüenzo de mi mismo.
Los ideales y la ingenuidad a menudo van de la mano. Ese ha sido mi caso en cierta medida. Lo complicado para a gente como yo que no han de realizar grandes sacrificios personales por las causas que creen defender es mantener una apariencia personal, para nosotros mismos, de honestidad. Cuando traicionamos todo aquello por lo que aparentemente luchamos nos damos cuenta de que son otros los que, de verdad, se la juegan o asumen riesgos. Nosotros sólo hablamos, y ya que sólo le damos a la lengua, cuando vemos que todo lo que decimos no cuadra con las acciones que realizamos se nos cae el mundo a los pies. Es entonces cuando nos damos cuenta que no somos nuestros ideales, ni nuestros sueños, no porque los traicionemos, sino porque no estamos a su altura. Las ideas y los principios, me dijo anoche un buen amigo, no son chaquetas ni pancartas que vayan a juego con nuestro carácter. No son elementos de moda o de auto-expresión. Son, casi, como seres vivos de cuya salud dependen demasiadas cosas como para tomárselos tan a la ligera. Son pilares de un mundo más justo y nosotros su cemento. Si no los tomamos en serio los dañamos, los socavamos por capricho e indolencia pueril. Y con ellos llevamos el sufrimiento de forma indirecta a quienes nos rodean, a veces a nuestra familia y otras a desconocidos de los que nunca hemos oído hablar.
Me avergüenzo de mi mismo por haber sido un niño crédulo. Me avergüenzo por considerarme tan importante como para pensar que todo aquello en lo que creía no era cierto. Los principios y valores estaban allí, enarbolados por personas mucho más valientes que yo, mucho mejores que yo. Esos ideales nunca han sido cenizas, yo sí. Cuando ardí el Diablo sonrió y sopló sobre los restos.
He reflexionado mucho durante una temporada. No me ha quedado más remedio. Nada de lo que nadie me haya dicho ha sido de ayuda ni me ha servido de consuelo, en parte por que así lo he querido. En este tiempo he abierto los ojos al mundo una vez más, pero esta vez en lugar de mirar he intentado prestar atención. Al principio pensé que lo que veía era el reflejo de la miseria que todos somos y encarnamos, una prueba fehaciente de que lo más sensato es dejar de lado todo y que cada uno se las apañe como pueda. Durante todo ese tiempo mi conciencia, engrilletada desde lo más hondo, me repetía una y otra vez una palabra: “cobarde”.
Son fechas señaladas, por motivos evidentes. La mirada a la actualidad y las noticias nos ofrece un panorama desolador. El Diablo va ganando y el principio de aportación de parte, junto con otros elementos estructurales nucleares del Estado de Derecho está siendo desmantelado. Nosotros, el pueblo, somos inexpertos y las entretelas del poder nos resultan incómodas y desconocidas. Llevamos demasiado tiempo acostumbrados dejar que los políticos luche entre ellos mientras nos dejen al margen. Es un error, y lo es porque nuestra clase política en su conjunto no ha estado a la altura de la ciudadanía durantes estos tres años. Y lo que es aún peor, porque el principal partido de la oposición se está dejando llevar por la rabia, el radicalismo, se deslizan hacia el abismo donde la Justicia se sacrifica en los altares negros del poder y la infamia. Cuando un antiguo Ministro de Justicia como Zaplana afirma que “con los terroristas es mejor pasarse que no llegar”; cuando se afirma que los propios policías, dirigidos entonces por quien afirma que existió una conspiración para echar al gobierno del PP, han fabricado pruebas falsas para enturbiar y encubrir la verdad; cuando las detenciones de presuntos islamistas entre los días 11 y 14 de marzo del 2004 fueron en su día elementos y evidencias de que el Gobierno no mentía ni encubría hechos y hoy se consideran ingredientes de un teatro encaminado a influir en la opinión pública en contra de quien, entonces, dirigía a dicha policía; cuando el poder judicial ha de levantar el secreto de sumario (que me estoy leyendo en mis ratos libres a fin de hacerme una idea de qué se dice sobre qué cosa…) a fin de reforzar una instrucción que se pone en duda desde el mismo partido que estaba al mando de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y que fracasó en su gestión a fin de impedir el atentado que tantas vidas costó; cuando el principio de aportación de parte se quiebra cuando Mariano Rajoy afirma en relación a la mochila de Vallecas “…esto es muy grave, y Jose Luis Rodríguez Zapatero a de demostrar que estos hecho no son ciertos”, es que no vamos en buena dirección. Quien afirma, quien acusa, ha de demostrar la fuerza de los hechos y el poder de sus argumentos pues de lo contrario desde la fantasía y la mentira podemos atacar a quien queramos. Si quien defiende ha de demostrar su inocencia o la verdad de algo, siempre se podrá acusar sin fundamento igual que hace el Diablo.
En estos tristes días, en los cuales quien en parte nos representa se convierte en lacayo de su propia vileza, hemos de dar un paso al frente por todos aquellos que no pueden hacerlo. Aquellos que sólo hablamos y decimos hemos de ver la verdad de las cosas: que de nuestras acciones y palabras dependen muchas consecuencias, que nuestro desánimo e indiferencia acarrea sufrimiento, que los que disfrutamos de pan, agua caliente, lecho y una cama, tenemos una responsabilidad para con quien no puede disfrutar de los mismos, que no murieron 197 personas y más de 1500 resultaran heridas hace dos años para que sobre sus tumbas y cicatrices se instalaran los cómodos sillones y agradables moquetas de los poderosos.
Porque no podemos permitírnoslo ni pretender que no puede hacerse, especialmente si no somos nosotros los que tenemos que pagar el peor precio. Porque tenemos una deuda con los que nos precedieron y una responsabilidad para con los que han de llegar, hemos de rescatar el aleph de las manos del Diablo y llevarlo a las alturas de nuestra vida cotidiana, allí donde podamos mirarlo y recordar que siempre podremos ser mejores de lo que somos, que incluso podemos llegar a estar a la altura de los que nos dejaron. Allí donde su luz ilumine nuestra conciencia y nos haga afrontar nuestros pecados y nuestras faltas. Allí, donde todos podamos verlo.
Vuelvo hoy con la mente vacía y las manos abiertas a iniciar su búsqueda, lamentando haber perdido la fe y no haber estado a la altura de tantas cosas, arrepintiéndome de haber sido un niño. Y consciente de ello, regreso también con miedo de pronunciar palabras vacías, pero como con todo temor, rezo por encontrar el valor de ser fiel a lo que es justo.
Saludos,
Angellus.
Paz, amor y dvd´s para todos.
Comments (2)
¿En el lado de los malos?
No te entiendo.
Saludos,
Angellus.
Posted by Angellus | Octubre 23, 2008 8:36 AM
Posted on Octubre 23, 2008 08:36
No se si podrás leer esto, pero ¿que coño haces en el lado de los malos?
Salud compañero.
Posted by Carcelado | Octubre 22, 2008 11:32 PM
Posted on Octubre 22, 2008 23:32