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Dudas morales

Como muchos sabéis tengo intención de presentarme a policía nacional tan pronto como me sea posible. De entre las muchas opciones que tenía para mi vida al final he optado por esta, en gran parte, porque creo que es un trabajo que puede redundar en beneficio de los demás. Sí, en efecto, no todos los policías son buenas personas, al igual que en todas las demás profesiones, pero al menos conozco más de uno que sí lo es. Gente muy comprometida con una vocación de servicio y asistencia para con la comunidad.

El problema, o mejor uno de ellos, es que en ocasiones este trabajo viene unido a situaciones de violencia por parte de los agentes para preservar el orden público. Lejos de las disquisiciones elementales de "los pérfidos maderos" lo cierto es que en ocasiones, como por ejemplo cuando se realiza una detención, es más que posible que haya que lesionar a alguien o causarle dolor para ponerle los grilletes. En parte, es por eso por lo que la Policía en su conjunto tiene mala reputación: son un expediente claro de la coacción estatal que viene a ponerte los morros contra el suelo y engrilletarte.

Una de mis mayores preocupaciones es tener que hacer daño a alguien el día de mañana cuando apruebe (si lo hago) mis oposiciones. Sin duda el diálogo siempre es la mejor opción, pero por desgracia no siempre es válida en cuanto a eficiencia o eficacia se refiere (por ejemplo cuando nos encontramos con individuos que están drogados o ebrios y se comportan de forma violenta, o cuando alguien pierde los nervios en un ataque de histeria, o simplemente, cuando alguien quiere bronca). Los agentes de la autoridad tienen el deber de actuar dentro de un marco proporcional para emplear la fuerza. en la teoría todo eso está muy claro, pero en la práctica las cosas con un mundo aparte. Lo que un agente puede considerar necesario o suficiente puede diferir mucho de lo que opina el detenido. El quid de estas cuestiones suele ser la eficiencia. Mi profesor de ju-jitsu nos enseñó una vez en un entrenamiento de defensa personal policial que en ciertas situaciones, cuando el sujeto a inmovilizar no colabora es mejor realizar una presión dolorosa y constante, que sin embargo no llegue a producir lesión, a fin de, precisamente, evitar que en el enfrentamiento tanto detenido como agente resulten heridos. Mientras más breve sea la refriega menor es la posibilidad de que uno de los dos termine con una lesión en el transcurso de le intervención. Lo que en ocasiones se llama "fuerza desmedida" obedece, precisamente, a estas situaciones en las que el policía ha de incapacitar al detenido de la forma más fulminante posible sin llegar a provocar una lesión que requiera de tratamiento médico. Es aquí donde entran los tristemente célebres "trucos del oficio" como golpes con la porra a los muslos, estrangulaciones nerviosas o luxaciones dolorosas que, no sin razón, pueden despertar la indignación tanto del detenido como de los viandantes ocasionales. Hace no mucho vi un ejemplo de esto en internet, cuando un grupo de policías tenía que detener a un grupo de personas que hacía una sentada. Uno de los manifestantes, en vez de realizar la típica acción de resistencia pasiva (cosa que sí hacían sus compañeros) daba patadas a los agentes desde el suelo cuando se le acercaban. Conclusión: dieron la vuelta al joven y le plantaron la rodilla en la nuca, mientras le retorcían las muñecas para ponerle las esposas. La muchedumbre daba voces en contra de lo que consideraban abuso de poder (aclaro que eran dos policías contra el manifestante). En un momento dado, instantes antes de que los agentes procedieran a inmovilizar al chico con contundencia, uno de ellos recibió un zapatazo serio en la cara que la muchedumbre aplaudió.
Éste es un buen ejemplo de lo que digo. Cuando se realiza una detención el policía puede usar la fuerza, a veces a costa incluso de su integridad, de una forma proporcional y lo menos lesiva posible. Pero sin embargo existe un límite. Los policías son personas de uniforme, no meros uniformes sin nadie dentro. Los riesgos asumibles son limitados y no puede pedirse a un agente que ponga en peligro más allá de lo razonable para poner las esposas a un elemento díscolo. En el caso de este joven, los policías optaron por provocar un fuerte dolor a fin de incapacitar y evitar resultar heridos. Por otra parte, más allá de (por la impresión que daban las imágenes) un hormigueo en las muñecas durante un cuarto de hora el joven no recibió más castigo. Una situación como ésta es, desde luego, desagradable. Sin embargo no son las que más me preocupan.

Desde hace un tiempo llevo pensando que tal vez, cuando tenga que enfrentarme a ciertos escenarios, me gustaría contar con un táser. Son pistolas eléctricas que lanzan unos dardos conductores de corriente. El blanco sufre una descarga tremendamente dolorosa, pero inocua (al menos en principio salvo que se tenga un marcapasos, por ejemplo...) que incapacita sin riesgo para el que lo emplea. Más allá del dolor momentáneo no hay (o no debe) haber lesión. Siempre he pensado que es mil veces blandir un chisme de éstos antes que un arma de fuego, si es que es necesario disparar. Sencillamente las balas son infinitamente más peligrosas y propensas de causar graves heridas o incluso la muerte del sujeto, y yo desde luego, no quiero matar a nadie.
Por otra parte, también son particularmente útiles contra sujetos grandes y fuertes, contra los que habría que emplear duramente otros instrumentos, como porras convencionales, mucho más propensas a producir una lesión más seria.

Todo más o menos claro ¿no?

Bien, pues como nada en esta vida es sencillo, uno puede encontrarse en situaciones como esta:

En este caso, el sujeto a detener está ebrio y se niega a colaborar. El agente en cuestión trata de realizar un control a la articulación (un ikkio mal hecho) sin éxito alguno. Se produce un forcejeo y el conductor borracho se dirige a la furgoneta de la que instantes antes ha bajado. El agente, consciente de que no puede dejar al hombre marcharse (un conductor ebrio puede herir a otros o a sí mismo) emplea el táser.
La cuestión problemática viene ahora: el agente repite una y otra vez al sujeto que ponga las manos en la espalda y que se tumbe al suelo, y sin embargo, éste se niega y trata de incorporarse una y otra vez desafiando al policía, hasta que al final, tras varias descargas, cede.

Mi duda es, teniendo en cuenta que el sujeto ya estaba en el suelo, ¿tenía derecho el policía a seguir empleando descargas? En esta situación el sujeto ya era vulnerable a un engrilletamiento (o al menos más sensible al mismo que cuando estaba de pie y en buenas condiciones). ¿Debería el policía haber procedido a abalanzarse sobre el conductor nada más caer al suelo y ponerle las esposas? ¿O hizo bien en forzarle con la amenaza reiterada de la descarga a ponerse boca abajo y poner las manos en la espalda para proceder a un esposamiento? Tengamos en cuenta que el agente, una y otra vez, da instrucciones de lo que hay que hacer y el futuro detenido, al menos en la primera ocasión, simplemente dice "no" y trata de incorporarse. ¿De quién es la culpa? ¿Del policía que propina la descarga, o del ciudadano que cabezón cual mula se niega a ser detenido? Recordemos que, al menos en España, no se tiene derecho legal alguno a resistirse a una detención. Por otro lado, ¿es razonable pedir a un policía, una vez ha comprado que tiene dificultades para reducir a un sujeto de forma eficiente, que asuma el riesgo que conlleva un enfrentamiento con una persona ebria o drogada que bien puede no ser muy consciente del dolor?

La cosa me preocupa. Las imágenes son claras. El sujeto no parece una amenaza, o al menos no una muy seria, y sin embargo se emplea el táser con contundencia. La acción policial parece, en cierta medida fácil de apreciar, desmedida. Al menos a mí me lo parece. No obstante no dejo de pensar qué es lo que haría en esas circunstancias. Los policías también tienen familia y un borracho bien puede sacar una navaja en un abrir y cerrar de ojos y usarla sin miramientos.

¿Soy al único al que le parece inquietante?

Saludos,

Angellus.

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