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La gente debe ser estúpida por naturaleza

No me gusta enfadarme. No me gusta nada. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que luego escribo perlas como ésta.

De repente descubres que te has quedado sin tóner (que para el que no lo sepa, es algo parecido a la tinta que emplean las fotocopiadoras; con la notable excepción de que no es tinta en realidad, sino un polvo negro, vaporoso y repugnante que se cambia mediante cartuchos enormes con forma de supositorio). Hasta ahí nada importante. Los problemas vienen cuando tienes un encargo imperativo para el día siguiente y descubres con horror que no hay más tóner para el modelo de fotocopiadora que necesitas emplear forzosamente. Ante estas veleidades ¿qué hacer? Pues muy sencillo, abrimos el tóner de un modelo de fotocopiadora antigua que ya no se usa, abrimos el que está vacío, intercambiamos el contenido y voi lá. ¿Problema? Que al ser dicho contenido ese polvo repugnante, se expande sin remisión por toda la tienda. El pedido se termina, pero al coste de tener que pasar luego el cepillo, el aspirador y mirar al techo unas cuantas veces con resignación.

El día termina mal, y el siguiente empieza peor.

Llegas a las 9: 30. Dejas cerrada la tienda, sin pestillo pero con las persianas echadas y el cartel de "cerrado" en la puerta. Atiendes al cliente del pedido urgente, y mientras te llevas la manos a la cabeza pensando todo lo que hay que hacer y todo lo que tienes que arreglar (pues aunque el del servicio técnico se pasara hace un día, no arregló completamente la máquina) entra un hombre "afable", que te planta sus papeles en la mesa y te dice "amablemente":

- ¿Sabes que tienes el cartel de cerrado en la puerta, verdad?

Sientes la bilis a punto de ver mundo, y te sientes tentado de decir "será por que aún está cerrado, ¿no le parece?". Pero no lo haces, no es bueno perder los papeles. Optas por responder con educación.

- Verá, aún está cerrado (diez minutos después de horario normal). Anoche tuvimos avería- con lo que esperas que entienda que no le vas a atender. Sin embargo, la cosa no funciona como debiera.

- De los DNI quiero tres -te explican con cierto desprecio. Es normal, todo el mundo sabe que la gente joven somos unos matados miserables que buscamos cualquier pretexto para no trabajar. Después de todo lo hemos tenido demasiado fácil siempre. No hemos tenido una guerra, ni a Franco, ni tuvimos que ponernos a trabajar a los catorce años. No sabemos nada de la vida, salvo lo que nos han contado en la facultad (eso los que hemos ido). En cualquier caso poco importa. Todo el mundo sabe que en las facultades no enseñan nada importante, o que valga para el mundo real. De hecho, nos deforma y nos convierte en "entendidillos" inútiles, que creen que por tener un título son alguien en esta vida. Muchos libros y poco sudor, pero sudor del bueno, del de verdad, del que sí cuenta. Nada de libros que a nadie importan.

- De acuerdo -respondes con educación, pero al borde del abismo del mal humor-, pero tiene que esperar cinco minutos mientras las máquinas calientan -porque las impresoras son como los deportistas o los bailarines: sin calentar no hacen lo que tienen que hacer.
- ¡Déjelo! -te espetan con mala leche- ¡Ya me buscaré otro sitio! -y se va. Piensas añadir algo, pero de repente piensas ¿para qué?. ¿A quién le importa? Mejor, al menos tienes algo de tranquilidad.

Recoges y ordenas lo que puedes. La máquina principal funciona, pero temes usarla. No sabes cómo puede reaccionar. Empleas la analógica, vieja y más lenta. Entran nuevos clientes y uno te pide unas copias. Optas por hacerla en la segunda máquina, la más antigua.

Y por supuesto se atasca.

Abres las bandejas, retiras los papeles y descubres que no se han copiado todas las hojas. Entran más clientes, la tienda se llena. Los ignoras y tratas de arreglar la máquina, cuado de repente una voz aguda e irritante, una mezcolanza de prisas, nervios y mal humor tras despertar se cuela en tus tímpanos:

- ¡Oye, oye, oye! Tendréis fax, ¿¿verdad??.

Es inevitable. Piensas en el cartel luminoso que dice claramente que se ofrece servicio de fax. Piensas en el que hay en la puerta que dice lo mismo. Pero por encima de todo, sientes la mirada del fax, que te observa socarrón desde el mostrador en el que la señora ha dejado sus papeles, retándote a hacer uso de él. Y es que los faxes son como las mujeres: ambos deciden cómo y cuando...

- Sí -respondes lacónicamente-. Tenemos fax, en seguida la atiendo -la respuesta no se hace esperar, pero ya estás preparado. La has escuchado demasiadas veces.
- Es que tengo mucha prisa...- te dicen con mal humor- porque es un volante médico y me urge mucho.

"Es que a mí no me importa", piensas, pero lo dejas correr. Porque claro, no me queda sino asumir que la culpa es mía, que no quiero trabajar y soy un vago indeseable. La gente ocupa su tiempo en cosas imprescindibles, imperiosas e indisponibles en estos días que corren. ¿Que no lo son? Falso, por fuerza deben serlo si un volante médico para un examen oncológico tiene que remitirse por fax diez minutos antes de la hora límite. El mundo empieza y acaba en ese lapso de tiempo, en el que todo los males del cliente dependen de ti. Después de todo tú has de ser profesional y cumplir tu cometido y no eres nadie para juzgar lo que los demás hacen con su vida en los días previos. Además, no eres nadie: eres un siervo, estás detrás de un mostrador, no eres nada. Sólo eres un pedazo de carne que pulsa teclas en una máquina. No tienes alma, ni a nadie le importa lo que le pase a las máquinas. Ese es tu problema.

- Oye -te dice el señor con voz temerosa, tras la que se agazapa la rabia contenida, encarnada en retribución y pública reprimenda justiciera-, los originales no me los rompas, ¿eh?

El señor hace bien en temer. Estas máquinas son bestias infernales y voraces que queman, trocean y mutilan los papeles.

- No se preocupe -respondes con cortesía y cierta preocupación-, no les pasa nada están perfect...

Te interrumpes, mientras tus ojos se abren como platos. Allí, entre los papeles que has de copiar brilla una grapa, deslumbrante, como si la hubiesen clavado en mitad de tu orgullo. Te giras y miras en dirección a la puerta. El letrero que has colocado, indicando que es necesario retirar las grapas de las hojas sigue en su sitio. ¿Lo habrán leído? ¿Les habrá importado?

- Oye, ¿y el fax para cuándo?

Te levantas y lo dejas correr. Lo dejas correr todo. Retiras la grapa que casi te provoca un disgusto, pero optas por usar esta vez la máquina nueva. Te arriesgas, pero crees que es la mejor opción. Es más rápida y da mejores resultados. Haces las copias y entregas los originales. El cliente los alisa y te mira por encima de las gafas. Le sostienes la mirada mientras osas pedirle los céntimos correspondientes. El hombre es magnánimo. Sí, hay carteles, dentro y fuera de la tienda, pero eso no son más que peticiones, recomendaciones, súplicas. Las grapas son tú problema, tú las has de retirar. La vida empieza y termina en un folio de papel, ¿de qué? De recetas de cocina... pollo teriyaki. Una gran tragedia, de haberse roto o deteriorado. La diversidad cultural es un valor en alza. El cliente se marcha.

- ¡Oye! ¡El fax! - te espetan. Tic, tac, tic, tac... corren los segundos y puedes ver un hipotético tumor expandirse y constreñir la vida de algún ser humano del que no sabes nada, más que su nombre: Lucía. Tienes, tal vez no su vida, pero sí su tranquilidad, la posibilidad de que un médico cuide de ella.

- ¿Siguiente, por favor?

- Yo -responde una señora amable. En seguida la reconozco. Es del mismo edificio. De un despacho de abogados. Ella sabe que soy licenciado en Derecho (escoria inútil, uno más) y alguna vez hemos charlado-. Necesito mandar un fax a un juzgado. Son estas siete hojas -añade con una sonrisa. La mujer del volante médico se convierte en un camaleón, o mejor, una sepia. Se torna verde, luego amarilla, luego azul, más tarde roja y por fin blanca. Miro a mi nueva cliente y percibo una sonrisa sutil agazapada tras los labios que dicen "si tú no la chinchas, lo hago yo". Con la mirada me espeta "animo".

Pongo el fax. Son muchas páginas y el trasto es lento. Devora las hojas de forma lenta y metódica. La señora impaciente empieza a tamborilear en el mostrador con unas uñas lacadas de rojo, perfectas y afiladas. "¿Se habrá pintado las uñas antes de salir de casa?", pero desechas el pensamiento. Eres malvado y cruel por pensar algo así. Después de todo nadie perdería el tiempo con sus uñas si tiene que mandar un parte médico tan importante. Sabes que vas a tener problemas: la señora resopla.
Despachas al resto de clientes y durante unos benditos minutos la tienda se vacía. El fax termina.

- ¿Algo más? -preguntas solícito.
- Sí, pero atiende a la señora. Yo quiero unas copias - me las entrega separadas y en orden. La mujer intercambia una mirada conmigo. No conviene hacer esperar mucho más a la otra mujer. Evitar una escena absurda es preferible a quedar por encima. Pero claro, ¿qué sabemos nosotros? Somos alimañas licencias en Derecho, ¿no es así?

Pongo la hoja del volante en el aparato, y de repente entiendo lo que está a punto de pasar. No puede evitarse. El Titanic tenía que golpear contra un iceberg, el Apolo XIII contra un asteroide. Mi fax tenía que dar un "error de comunicaciones". Pruebo tres veces, no funciona. Casi siento palpitar el tumor. Tomo aires brevemente mientras cierro los ojos y me preparo para lo que va a venir.

- No se puede. El fax da error de comunicaciones -la mujer se enfurece.
- ¿Cómo que no?
- No se puede. El fax da error de comunicaciones, es algo parecido a cuando un teléfono comunica.
- Pues hazlo bien -me exige.
- No es cuestión de hacerlo bien o mal. Yo pulso las teclas y trato de establecer comunicación. Si el fax funciona bien, si no, no puede hacerse nada -le explico mientras noto aflorar mi odio. Mientras me percato de que un señor ha entrado sin que yo me de cuenta. Lleva un rato esperando, a juzgar por su postura recta y cu cara severa. Es lógico, a nadie le gusta esperar. La culpa por no atenderle es mía, que no me he traído de casa los otros cuatro brazos extra que tengo. O por no plegar el tiempo y el espacio a su servicio.
- ¡Pues con esta señora lo has hecho a la primera! -entran tres personas más a la vez.
- Eso no es cosa mía -comento con osadía. Qué falta de educación tenemos los jóvenes, somos vagos y gentuza deslenguada. Claro, nuestra escuela ha sido un desastre. No hemos estudiado de verdad como la gente de bien, de memoria y con una regla amenazando nuestros nudillos. No tenemos valores y ética-. El número que ha dado debe estar colapsado o ser incorrecto. Pueden ser muchas cosas -añado algo más diplomático.
- ¡Pues vaya un servicio más chapucero! ¡Me voy a otro sitio! ¡Ya ves tú!

Deseas recomendar otro sitio cercano donde también tienen fax, pero cual monstruo taimado y ruin, te callas mientras piensas "sí, vete a tomar por culo, por favor...".

Terminas las copias de la mujer-abogada (híbrido deplorable, resultado inevitable de la sobre-especialización cultural y laboral) y te despides de ella. Ella vuelve a sonreír y te sientes algo reconfortado.

- ¿Siguiente por favor? -no terminas la frase cuando cinco cuadernos de notaría aterrizan con ira sobre el mostrador, con doble grapado y formato antiguo que ha de ser ajustado en la máquina para que ésta pueda hacer las copias sin problemas.
"Otra vez no", piensas.

- Retire las grapas, si es tan amable, y ahora mismo se las hago. Si no se pueden estropear los originales y con los papeles de una notaría hay que ser cuidadoso -digo con cortesía mientras me fijo en los apuntes de las tres chicas que habían entrado previamente. Otras tres personas más se personan en la puerta.

-¡SÍ, HOMBRE! ¡ABRASE VISTO! ¡ENCIMA QUERRÁS QUE HAGA TU TRABAJO, NO TE JODE!
- Caballero, la tienda está llena, tengo una máquina averiada y se me llena la tienda...
- ¡PERO EL QUE COBRA POR LAS FOTOCIPIAS ERES TÚ, NO YO! -dice mientras empieza a quitar las grapas.
- Caballero, hay dos carteles: uno en la puerta y otro aquí dentro que deja bien claro que los clientes han de retirar las grapas.
- ¡QUÉ POCA VERGÚENZA! ¡ENCIMA!

Termina y me da los originales. Pienso en las oposiciones, en Ávila, pero por encima de todo pienso en la Star 17: 17 balas más una en la recámara.
Le ofrezco las copias y le cobro. Las chicas permanecen mudas ante tal exhibición de poder y gallardía. El señor se marcha.

- ¡Qué mal educada es a veces la gente! -comenta una de las chicas.

"Sí, desde luego", pienso. Pero claro, es lógico que pensemos igual. Ella también es joven. Es una indeseable al igual que yo: un dependiente, un servidor sin alma, escoria licenciada en Derecho.

Que de vez en cuenta cobra las fotocopias al triple de su precio...

Saludos,

Angellus.

Paz, amor y dvd´s para algunos (al menos hoy).

Comments (5)

Ulliam:

Y me mierais con malos ojos cuando digo que la raza humana merece la exterminación total y absoluta...
No, no dejaría a nadie, que seguro que se reproducían y en unos cientos de años la volviamos a liar. A tomar por culo la preservación biologica del humano. Somos unos animales.
Y a mi niño nadie le jode un día leche!

Angellus:

Por desgracia, desde hace tiempo empiezo a pensar que al menos sí lo es parte de la especie.

Saludos,

Angellus.

Paz, amor y dvd´s para todos.

Si, la gente ES estúpida por naturaleza.

Angellus:

Un lanzallamas pesado es lo que necesito. Dulce olor a carne quemada y napalm, eso es lo que necesito.

No obstante, lo del spray es un buen principio.

Saludos,

Angellus.

Paz, amor y dvd´s para todos.

Spray de gas pimienta es lo que necesitas

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