El otro día estuve en la presentación de un libro de una antigua profesora mía de la Facultad. El mismo consiste en un análisis de los derechos fundamentales en la UE, desde sus inicios hasta la actualidad y ofrece, al menos por lo que han dicho pues no lo he leído, un análisis crítico de los mecanismos procesales que amparan su tutela. A mí, por lo menos, me parece un tema fascinante, especialmente hoy en día cuando Europa pasa por un nuevo ejercicio de autocomprensión de su identidad, de autoreflexión.
El acto fue bastante agradable, aunque tuvo una ausencia notable: Diego López Garrido, constitucionalista eminente y también un verdadero entendido en derechos fundamentales, además de miembro del PSOE. No pudo asistir pues el debate acerca del nuevo estatuto catalán se extendió en el Congreso más allá de lo previsto.
Aún así su ausencia, comprensible desde luego, no restó interés al resto de asistentes, un catedrático de Baleares y un profesor de Ciudad de México. Entre ambos se dio un contraste agradable. El primero era más serio y reposado. El segundo parecía un torbellino lleno de energía. Reconozco que me impresionó, tanto por la pasión de su oratoria como por lo interesante de sus palabras. No recuerdo su nombre, pero no tardaré mucho en conseguirlo. Siento verdadera curiosidad por saber quién es y a qué se dedica. Al parecer en su país es, no sé si una eminencia, pero desde luego es respetado (uno tiene que serlo para dar clase en cinco universidades al mismo tiempo).
Y fue en este caballero, además desde luego de la presentación que hizo la profesora de la obra y de los motivos que le impulsaron a la misma, donde residió lo llamativo de la celebración. La audiencia, sencillamente, se quedó maravillada ante la sapiencia de este hombre. Al menos yo. Mi contacto con la cultura mejicana es, lo reconozco, nulo. ¿Qué sé de ellos? Bueno, son gente agradable que anda por allí, allende los mares, con los que forzosamente tenemos que tener relaciones históricas, culturales, de amistad o incluso fraternidad, pero poco más. Algo que, tras escuchar a este hombre, voy a tratar de solventar.
Si intervención fue, como he dicho, brillante. Y lo fue principalmente por un motivo: aportó una perspectiva externa a la cuestión europea.
Cuando uno forma parte de algo, o al menos está inmerso en algún proceso, su posición tan cercana a la cuestión a veces impide un análisis más relajado de la misma. Hoy por hoy, Europa es uno de esos procesos. Uno titánico. Y precisamente por su dimensión casi monstruosa y amedrentadora, su complejidad inherente es fácil perder la perspectiva y centrarse en detalles sencillos, en pinceladas brillantes que ocultan el sentido de la pintura en su totalidad: atlantismo sí/ atlantismo no; cuna e impulso de la razón ilustrada/ modelo caduco y etnocéntrico que barre las tendencias postmodernas; tierra de paz arrasada en el pasado por guerras inútiles y horribles/ limpieza étnica en los Balcanes: Sarajevo, Mostar, Scebrenica (por Dios... Scebrenica).
Este profesor mejicano, desde la perspectiva privilegiada de la distancia y su formación eminente, realizó en media hora algo impresionante: tomó estas pinceladas y en vez de reducirse a ellas en su exposición las conectó con un contexto más amplio. Ofreció una panorámica general, que al menos para un español como yo, no pudo ser más que refrescante. Y es que, como decía Mafalda, Argentina puede ser el país número uno en producción de pesimistas, pero desde luego el nuestro no le debe ir muy a la zaga. Somos un pueblo, además de pesimista, cainita. ¿Por qué? Quién sabe... tal vez la historia de nuestros dos últimos siglos sea tan triste que nos deje poco para más. Naturalmente, extrapolamos esa actitud al exterior, y el proceso de génesis (digo génesis por que en términos constitucionales nos encontramos en fase larvaria; no hablo de Derecho, que de eso hay mucho, sino de la identidad jurídica de una metanación europea) de la UE se contempla con cierto pesimismo y desdén. Tal vez no sea una mala actitud, siempre y cuando no carguemos las tintas.
Pues bien, este señor puso un par de puntos sobre un par de “ies”. ¿Sobre qué?
Bien, para empezar presentó su admiración y su interés en el proceso de integración que se lleva a cabo en el viejo continente desde hace décadas. Llamó la atención sobre cuestiones evidentes, pero que precisamente por su manifiesta presentación parecen irrelevantes. Pronto seremos veinticinco Estados trabajando conjuntamente por un futuro común. Muchas naciones se han beneficiado del proyecto europeo (la nuestra entre ellas, en gran medida nuestro desarrollo se ha basado en las ayudas de la UE durante mucho, mucho tiempo). Ello, necesariamente, repercute en la defensa de los derechos humanos y las libertades civiles. Una vez más, y en mi opinión, nuestro país es un ejemplo de ello. No podemos dejar de olvidar que abandonamos hace no más de veinticinco años una dictadura terrible e injusta y nos convertimos en una democracia occidental moderna. Y por mucho que se me critique, no siempre sin razón, por ver nuestra historia reciente con optimismo, no dejo de pensar que estamos mejor que antes, aunque quede trecho por recorrer para alcanzar una sociedad plenamente justa. Y es que, hablando en plata, la defensa de los derechos humanos parece ligada (según estudios de la ONU, que no es una opinión personal mía y que lamento no poder reseñar ahora) inextricablemente con la democracia, y a su vez, la misma se basa en una economía potente que la sostenga. En definitiva, la redistribución paritaria de una participación justa y equitativa en un modelo de vida respetuoso con las libertades fundamentales requiere como condición necesaria, que no suficiente, de una estructura social o Estado (en el modelo occidental al menos) que tutele aquellas necesidades básicas indisponibles para la consecución de nuestros planes de vida. Esto es, se apoya en instituciones con fuerza coactiva y legitimidad/legitimación suficiente como para ejercer ese carácter tuitivo.
La UE es un ejemplo de todo ello. Y sin embargo tales logros suelen permanecer en segundo plano. ¿Por qué?
La razón es, relativamente, sencilla. El proyecto “ilustrado” (y nótense las comillas) que la UE encarna se cimenta no sólo en una historia y unos valores comunes de tipo etnológico o cultural, pues entre los mismos siempre existen fricciones, sino también en la laboriosa tarea que el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas ha venido realizando mediante una jurisprudencia casuística y meticulosa. La gran baza de la misma, fue la incorporación de los derechos humanos dentro de su núcleo interpretativo. Es decir, que los mismos son considerados como principios del Derecho Comunitario vinculante para los Estados firmantes del tratado de ingreso en la UE. Esto ha tenido un efecto de retroalimentación de lo más saludable, en el sentido de que el TJCE ha incorporado a su doctrina las sentencias de los tribunales constitucionales nacionales (particularmente claro en el caso alemán) y estos a su vez, han tomado como referencia las sentencias del primero para orientar y/o fundamentar sus fallos.
Sin embargo, y por desgracia (y dejando de lado que los méritos de los tribunales suelen pasar desapercibidos al contrario que sus fracasos), la UE al encontrarse en su actual fase larvaria se enfrenta a paradojas sangrantes a las que es imperativo poner remedio. El caso más evidente fue la maldita guerra de Bosnia, a las puertas de nuestro complaciente templo de mercaderes. Allí donde el comercio no llegó, tampoco lo hizo la justicia. Los militares servios masacraron ante los ojos de Europa a miles de personas sin que ésta supiese reaccionar ni posicionarse claramente a favor de los refugiados. El espectro de Rusia era demasiado fuerte y se le temía, y mucha gente inocente pagó el precio de nuestra duda.
El reto al que se enfrenta la UE es grande, muy grande. No se trata sólo de aprobar unos presupuestos, es un proyecto mucho más importante: configurar una identidad europea conjunta, basada en un ideal de igualdad estructurado en torno al respeto por la dignidad del hombre. Cada día que pasa, tal desafío se hace más y más grande. La voz de lo diferente clama cada vez con más fuerza, como no puede ser de otro modo: distintos pueblos, distintos conceptos de dignidad. Por eso es tan importante abolir las barreras que nublan nuestra autocomprensión: barreras idiomáticas, económicas, laborales… Una vez se disfruten de niveles de vida equivalentes en términos de garantías de esta especie podremos empezar a trabajar de verdad en la tan ansiada República kantiana. Por eso es tan importante ofrecer nuestro apoyo a aquellas naciones que se suben al carro europeo (el caso turco es un ejemplo particular, pues aunque estemos lejos de alcanzar la meta propuesta al menos se han realizado pasos en la dirección adecuada). La UE no puede ser un monedero del que conseguir fondos de cohesión, o al menos no únicamente. Ha de ser algo más, una apuesta por un mundo más justo.
Es por ello que hemos de reflexionar muy seriamente en torno a lo que nos jugamos en el proyecto europeo y por qué iniciativas como el tratado constitucional propuesto hasta la fecha ha de ser descartado o, cuanto menos, remodelado por no encontrarse en la órbita más que de los mercados financieros. El tiempo de la economía no ha pasado, nunca pasará. Sin economía no tenemos nada. Pero ha llegado ya la hora de abrir las puertas a la Europa de los ciudadanos, de la iniciativa social, del mestizaje que destierra miedos y ofrece manos tendidas. Ese es el verdadero proyecto que debe encarnar la UE y que en estos días de noticias confusas, donde los tecnicismos económicos y la política ininteligible parecen primar.
Admiro mucho, mucho a ese hombre. Hacía tiempo que nadie me recordaba algo tan importante.
Saludos,
Angellus.
Paz, amor y dvd´s para todos.