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Ética de la responsabilidad: asignatura obligatoria evaluable para nuestra conciencia

Ahora que tanto se habla de la religión como asignatura evaluable, creo que a colación de ciertas noticias es necesario reflexionar sobre muchos valores, no sólo de corte religioso.

En 2004 se practicaron 85.000 abortos, un 6,5% más que en el año anterior, tal y como se puede leer en el link anterior. Y antes de que nadie se me tire al cuello, dejemos claras las cosas. No es mi intención comentar si estoy a favor o en contra del aborto. Es un tema demasiado complejo y demasiado serio como para frivolizar con el mismo. Cada uno tiene sus opiniones al respecto, y las mías en este punto son un tanto personales, de modo que me las guardo.
Sin embargo, creo que ciertas cifras sí deben hacernos pararnos a reflexionar un poco. Según los datos, el porcentaje más elevado de mujeres (o parejas, que esto es cosa de dos en muchos casos; aunque por desgracia son ellas las que se suelen llevar la mayor carga por motivos más que evidentes) que optan por interrumpir su gestación oscila entre edades comprendidas entre 25-29 años (un 11, 43 %). Seguidas por las menores de 19 (10,57 %), para continuar con las que tienen más de 30 años (en porcentajes variables según la muestra estadística). Dichos datos se complementan con que más de la mitad de estas mujeres eran solteras, al igual que en aproximadamente la misma proporción, trabajadoras.

¿Qué revelan estos datos? Por sí sólo, y con tan poco detalle, poca cosa. Es necesario acercarse a la cuestión con mayor detenimiento, por lo que no seré taxativo en mi opinión (ya sabéis que quiero decir al ponerlo en cursiva).
Vivimos en un entorno plagado de sexo (por plagado no quiero decir que me parezca mal, ojo...). Sencillamente, está al alcance de cualquiera en múltiples formas y maneras. Vivimos, básicamente, en una cultura sexual. Si deseamos consumir porno, sólo hay que buscarlo en internet. La juventud es infinitamente más liberal hoy en día (hablando siempre en términos generales) que en época de nuestros padres. Sencillamente, y a menos que alguien me indique lo contrario, creo que el número de parejas sexuales que la población ha mantenido de unos años a esta parte se ha visto incrementado. El aspecto positivo del sexo, entendido como placer y satisfacción, se ha extendido sin problemas (y bien que me parece oiga...) sobre nuestra sociedad. De igual modo tenemos un acceso privilegiado, en comparación al que tuvieron nuestros padres, a métodos anticonceptivos. Los medios, y la información están ahí. El momento y la oportunidad los ponemos cada uno.
Sin embargo, las tasas de abortos no han dejado de crecer. Según estas cifras (que tal vez hago mal en valorar sin conocer bien), no ha dejado de aumentar. El principal motivo para intervenir la gestación es el riesgo para la salud de la madre. Motivo, que conste, me parece más que justificado, y aquí lo voy a dejar. Lo que me escama es la cruel sospecha de que (en parte por que la mayoría se realizan en centro privados, y a lo mejor me equivoco y a nadie quiero faltar el respeto, pero en ocasiones la pasta silencia las preguntas de rigor legal) más de una de estas interrupciones por dicho motivo se interpreta de manera laxa. Y digo esto con la mayor de las cautelas y sin señalar a nadie. No digo que así sean las cosas, si no que me limito a expresar un temor.

Cuando volvemos lo ojos a nuestra vida cotidiana, sencillamente, no encontramos ambas dimensiones del sexo (positiva: placer/ negativa: consecuencias) igualmente presentes en nuestro entorno y cultura popular.
El aspecto meramente lúdico es omnipresente, no siéndolo su contrapartida. El sexo se trivializa, o al menos me lo parece. No, no soy un monje que proclame la abstinencia (ni de coña, vamos...). Si no me equivoco, parece que tenemos más miedo a las enfermedades de transmisión sexual que a los embarazos. Y creo que esto se debe en la medida en que para los segundos existen "arreglos" en caso de falta de cuidado: píldora del día después o el aborto propiamente dicho. La gestación se contempla, creo, como una posibilidad desagradable pero igualmente atajable. Es decir, los métodos abortivos parecen consolidarse (una vez más: cautela; esto es un temor no una aserción indiscutible) como procedimientos anticonceptivos.

Algo falla. Algo no me cuadra. No deseo deslizarme a cuestiones éticas. El debate es fácil, pero también vulgar en muchos casos, y con demasiada frecuencia, poco serio (dadle un repaso a los comentarios del 20 minutos si os place). No es mi intención entablar una discusión entre qué ha de primar, el parecer de los que han de conducirse en su vida o el bienestar y la protección por los que han de llegar.
Tan sólo quiero expresar una preocupación.

El sector poblacional que más acude a la solución abortiva es la juventud, según las cifras. No sólo muchachas jóvenes, 19 años o menos, sino con algo más de experiencia en ciertas lides de la vida, 25 a 29 años.
No, no quiero decir que seamos unos viciosos, ni sugerir que en el sexo lúdico existe algo inmoral o perverso. No es mi opinión.
Sencillamente me pregunto en voz alta si de verdad no nos encontramos ante un fracaso social y cultural, que se extiende más allá de las meras fronteras de la ética. Todo acto sexual (bueno, todos, todos no... jo ya estamos igual que siempre) implica un riesgo: la concepción. Pero no dejo de pensar que tal posibilidad se parece demasiado a los accidentes de tráfico: son algo nebuloso, ajeno, improbable... no existe una verdadera conciencia de la eventual materialización de dicha posibilidad.
Alejándonos de variable coste humano (variable digo, por el espectro que aleja a los detractores como defensores de esta práctica) que cada uno pueda atribuir a la misma, creo que no contemplamos plenamente el alcance de nuestras acciones. Con independencia de nuestros juicios morales al respecto, una mujer joven que se enfrenta a semejante dilema no se encuentra ante una situación fácil, ni desde luego agradable (es que hay cada animal suelto por ahí...). Una muchacha, en los tiempos que corren, con una edad comprendida entre 19- 27 años que ha de ponderar abortar o no se las ha de ver con una de las decisiones más importantes de su vida. Tener un niño no es moco de pavo. No tenerlo, para mucha gente defensora del aborto, seguramente tampoco. Ser pro-abortista no convierte a alguien en un ogro que come niños. Esta opción puede ser tan dura, o más según los casos, para alguien que la apoye, ya que después de todo, hablar de los futuros hijos de los demás es una cosa. Hablar de la vida o no vida (que no diré muerte) del propio, una muy bien distinta.
Esta situación, esta dicotomía cruel, va más allá de juicios morales. Es una situación de hecho prevenible, que sin embargo y a la luz de las cifras, se da con más frecuencia cada día.

¿No da la impresión de que algo falla? ¿De que no nos hacemos cargo de la responsabilidad (no ya para el futuro niño, si por tal lo tenemos que si bien es protagonista principal, no es el único actor implicado) que tal libertad implica? Responsabilidad para con nosotros, nuestra vida, la de nuestras familias, la de la familia de nuestra pareja y la de nuestra pareja en sí. Y responsabilidad, desde luego, para el que está por venir.

Opino que puesto que el sexo es una faceta de la cultura del placer, y por qué no del consumismo, la solución a dicha cuestión no puede ser sólo familiar. Asistimos a una situación paradójica: jóvenes que creen saberlo todo sobre el sexo no hablan del mismo con sus padres, que irónicamente disponen menos información que sus hijos sobre prácticas sexuales pero que están mucho más al corriente de sus consecuencias.
Una educación sexual seria, alejada de apriorismos éticos sesgados, funcional, exhaustiva, de calidad y por supuesto pública es, sencillamente, improrrogable. Sólo así podremos tomar libremente nuestras decisiones. Para decidir libremente, hemos de conocer correctamente las eventuales consecuencias de nuestros actos.

Sólo así podremos ser verdaderamente adultos y maduros. Educar en los valores de la fe, la que queramos profesar, ha de ser un derecho indiscutible y desde aquí lo defiendo, aunque mis relaciones con Dios sean peculiares. Pero formar en valores no debe ser lo único. La cultura que cimente dichos, u otros, valores me parece imperativamente tan, o incluso más urgente, que los mismos. Sólo así podremos dar argumentos a la voz de nuestra conciencia. Sólo así podremos disfrutar de una asignatura obligatoria evaluable para nuestra vida cotidiana, que no es otra que nuestro buen juicio.

Felices fiestas a todos, y usad gomita.

Saludos,

Angellus.

Paz, amor y dvd´s para todos.

Comments (1)

Esto se asemeja a construir una presa y dejar que el cauce de un río se seque, edificar encima de él, o dejar que la basura se amontone, si un día la presa se cae, el cauce ya no existe y el agua lo inunda todo.

Con el sexo ha pasado lo mismo, durante miles de años fue tabú, durante miles de años estuvo mal y ahora (que por fin) deja de estar mal, es necesario limpiar el cauce.

Mi postura con respecto a la educación sexual, es similar a la que tengo sobre las drogas. Igual que se ha liberalizado esta cuestión (no olvidemos las duras leyes de represión franquista como el escandalo publico) deberían liberalizarse las drogas, pero con una educación previa. Me estoy refiriendo que igual hay que plantearse liberalizarlas de aquí a doce años, y dedicar esos doce años a educar en serio sobre la cuestión y sobre el consumo responsable, no liberalizar y ponerse a educar al mismo tiempo, porque entonces habrá una generación que pagará el pato, como la está pagando la nuestra con el sexo.

Salud!

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