Lo que es la vida.
Desde que terminé la carrera he dado algún que otro bandazo. Según tengo entendido es de lo más normal. Tras seis años interminables y una eternidad ante los libros el Ministerio de Cultura va a estampar mi nombre en un papelito, donde dirá que soy licenciado en Derecho.
Parecía que era un día que no iba a llegar jamás. Recuerdo que muchas veces, durante las horas ocasionales de cafetería de rigor que todo universitario conoce, preguntaba a una compañera de clase “¿crees que acabaremos la carrera algún día?”.
Pues sí, el día llegó. Y cuando lo hizo pasó algo curioso: luego vino otro, y luego otro, y otro…
Al principio parecía algo casi natural. Después de todo, tras cada período de exámenes uno tenía por costumbre unas vacaciones de duración variable. Pero a medida que se acercaba octubre empecé a sentirme desorientado. Cuando dedicas seis años de tu vida (y llegas a realizar sacrificios en los últimos) a un objetivo, te sientes desnudo cuando lo alcanzas. Es como empujar una puerta. Cuando notas que está a punto de ceder presionas con más fuerza, y cuando por fin se abre, descubres que te la has dado de bruces contra el suelo de la otra habitación.
Algo así es terminar una carrera, o al menos es mi impresión. Las reglas que rigen tu vida no sólo cambian, si no que comprendes con mayor profundidad las miserias del lugar que acabas de abandonar. No es demasiado agradable. Cuando te empiezas a mover en el “mundo real” descubres lo que de verdad piensa la gente de a pie acerca de la ley y la justicia, y es un poco desolador. En los casos de los filósofos juristas es especialmente claro. Su especialidad es la más ingrata dentro del mundo jurídico, en el sentido de que es la menos comprendida. No se dedican a conocer tanto el Derecho vigente, sino a cuestiones sobre qué puede entenderse como justo, correcto, adecuado y en cómo trasladarlo a las leyes. La legislación es concreta, y ellos teóricos de lo abstracto. Lo que pocos saben es que la Filosofía Jurídica es algo así como “el poder tras el poder”, en el sentido de que de ella no emanan los enfoque concretos de las leyes (como cuánto hemos de pagar a Hacienda todos lo meses), sino cuestiones más abstractas, que no menos complejas (quién tiene que pagar, por qué tiene que hacerlo, a quien va destinado ese dinero y especialmente por qué unos tienen que pagar más que otros…). Toda especialización académica deja un cierto grado de deformación. Ésta no es diferente. He conocido filósofos jurídicos excepcionales que no tenían nada que decir sobre cuestiones concretas (cual es el plazo para interponer un recurso, qué indemnización por despido corresponde a alguien…) que sin embargo eran capaces de analizar y descuartizar el mundo con una facilidad pasmosa. ¿Quieres hablar de cómo afectan las creencias, la fe, o la esperanza de la gente a la sociedad? ¿Deseas escuchar puntos de vista afinados acerca de cómo convivir con los extraños, de cuáles son los problemas del mundo? ¿O acaso prefieres intentar responder a cuestiones como quiénes somos, a dónde vamos, y con quién podemos emprender nuestro viaje conjunto? Y lo que es más importante, ¿cómo organizamos todo eso?
Ese es el papel del filósofo jurídico. Hacer brecha, romper el frente, llamar la atención sobre a lo que nadie importa pero a todos afecta. Estudiar el poder y cómo se encarna en la ley, en como el pueblo puede realmente ser soberano, el volver la vista a la realidad como hace el vigía de un barco y saber anticipar los problemas.
¿Qué les diferencia de todos los demás? ¿Acaso no puede hacer eso cualquiera?
Sí, seguramente. Sin embargo, los que se han especializado en filosofía jurídica tienen un proceder diferente de hacer las cosas. Ni mejor ni peor, tan sólo diferente. Los que se dedican a estas cosas comprenden que todo está relacionado, que no hay acción sin consecuencia. Por tanto, todo cambio implica una posible reacción discordante en elementos de la arquitectura social, no siempre benéficos. La información se procesa a raudales. Reconocer a un filósofo del Derecho es sencillo en una Facultad. Suelen ser los que van callados, con la mirada perdida. Cuando la gente les pregunta ¿en qué piensas?, normalmente dicen “en nada”, por la sencilla razón de que es complejo explicar en palabras lo que a uno le pasa por la cabeza cuando tiene cinco cosas en mente al mismo tiempo.
Algo de todo esto puede recordar, sin duda lo hace, a otras ramas académicas. Especialmente si nos acercamos a la Sociología o la Politología. No es de extrañar. Los filósofos juristas se especializan en tres campos diferentes. A saber: Sociología Jurídica, Filosofía Jurídica y Teoría Jurídica (el término filósofo jurídico se emplea tanto para referirse al especialista en una materia concreta, como al “filósofo generalista”; en puridad, es una distinción un tanto artificial, por la sencilla razón de que uno no puede defenderse en este campo sin ser competente en las tres especialidades). La Sociología se dedica al estudio de las relaciones mutuas que sociedad y ley mantienen, los filósofos se preocupan por qué es correcto y por qué lo es, y los teóricos se centran en los nexos y la coherencia lógica de las leyes. Todo está relacionado, la legislación es una respuesta a las demandas de la sociedad, que a su vez vive de conformidad a unos valores, que a su vez requiere de un nivel de elaboración técnico-lógica.
La gente no suele comprender la importancia de este trabajo. Las respuestas que desde este campo pueden ofrecerse van más allá de las cuestiones concretas por las que solemos preocuparnos. Así, la impresión generalizada es que un jurista que no sabe contestar a tales preguntas es un jurista inútil.
La inutilidad, como siempre, es relativa. Existe la creencia de que los licenciados en Derecho sólo saben de leyes. Sin embargo, no sería correcto afirmar algo así. Un licenciado en Derecho sabe, precisamente, de Derecho, de las normas que regulan y arquitecturan los entramados sociales. De por qué el mundo social es como es, cuáles son sus principios rectores.
Es por ello que tras abandonar la facultad uno se siente frustrado. La labor del filósofo jurista, al menos de los que tienen la suerte de poder desempeñarla con los medios adecuados, no suele ser reconocida por la sencilla razón de que no se entiende ni se comprende. Cuando se vierten las opiniones ante un público extraño suelen ser recibidas con ceños fruncidos o con desaires, normalmente acompañados de comentarios como “eso sólo es verdad en tus libros”, o “eso es la teoría, pero la realidad es muy distinta”. No deja de ser sorprendente que “la realidad” de la que tanta gente habla suele basarse en verdades a medias, datos incompletos e inconexos, e inferencias más que discutibles. Por otra parte, no es para nada infrecuente que muchas personas con nociones más que elementales en alguna cuestión legal se consideren autoridades en la materia. Conocen el dato concreto, pero no son capaces de comprender su papel en el árbol del Derecho. Los juicios suelen ser erróneos (jurídicamente hablando), y lo que es peor, puesto que dicha opinión se basa en conceptos legales, suele tenerse por particularmente “autorizada”. Un ejemplo claro es el suicidio, una gran cantidad de personas creen que es delito. De ser así, los muertos serían presos ideales: no darían molestias ni habría que darles de comer. Del mismo modo, está a todas luces claro que meter entre rejas a un suicida potencial junto a atracadores o ladrones es la socución a sus problemas...
Es fácil sentirse sólo cuando muchas cosas en las que pones tu fe son, a veces, tomadas con condescendencia o simplemente ridiculizadas. Es difícil penetrar en las opiniones formadas, no importa lo poco densos que puedan ser sus pilares. Es terriblemente desalentador escuchar pocas opiniones, en muchas bocas distintas. Es síntoma de que son pocos los que interpretan la realidad, que a su vez exportan su visión a los demás sin que exista barrera alguna contra las medias verdades.
Y esa es otra diferencia de los filósofos con respecto a los demás colegas juristas. Muchos tienen miedo. No es un juicio que dure unos años. Es un pleito que dura una vida entera, y que seguramente no se podrá ganar jamás.
Saludos,
Angellus.
Paz, amor y dvd´s para todos.
Comments (2)
En el mundo donde la eficiencia y la productividad mandan, hacer algo que no cristalice en algo "práctico" suele ser siempre mal visto.
Es lo que tiene que el chiringuito esté así montado
Posted by Michael | Diciembre 7, 2005 5:17 PM
Posted on Diciembre 7, 2005 17:17
Las tonterías que uno puede llegar a decir cuando tiene sueño...
En fin.
Saludos,
Angellus.
Paz, amor y dvd´s para todos.
Posted by Angellus | Diciembre 7, 2005 9:11 AM
Posted on Diciembre 7, 2005 09:11