Sí, puede que no sea lo que se esperaba, pero los gatos no son sólo bichos encantadores. Para mí representan muchas cosas más que esas curiosas bolas de pelo que te arañan el sofá.
Hace días que algo me ronda por la cabeza y quería ponerlo en esta sección.
Años atrás, cuando todavía estaba en el colegio yo era uno de los pocos niños que leía algo más que tebeos (ey, no nos confundamos, los Mortadelos son la caña...). Un día organizaron una exposición de libros con fondos de la biblioteca para fomentar la lectura. Recuerdo la sala: estaba vacía, con un montón de libros organizados encima de las mesas, abiertos en abanicos o en forma de flor. En la habitación no había nadie más que un objetor de conciencia que pasaba allí unas cuantas horas muertas, y un servidor. El muchacho leía el periódico sentado en una silla y no prestaba atención a nada que no fueran aquellas páginas tatuadas con tinta negra.
De pronto vi unos ojos verdes que me observaban desde la portada de un libro. Estaba casi oculto, apenas se podía ver aquella recopilación de cuentos. De hecho si no hubiese sido por aquellos ojos nunca me habría fijado en aquella carátula.
Me picó la curiosidad y tomé el ejemplar de entre un montón de volúmenes anodinos e insulsos que nunca llegaron a alojarse en mi memoria. Era "el gato negro" de E.A. Poe.
Sin saber muy bien por qué abrí la chaqueta de mi chándal y lo deslicé dentro de la misma. Todos hemos hecho algo así alguna vez, cegados por un impulso del que desconocemos su origen. Cuando llegué a casa lo escondí, pues mi madre habría sospechado al verme con un libro que ella no me hubiese comprado. Cuando tuve un momento me encerré en el cuerto de baño a leerlo (el único sitio en mi superpoblada casa donde uno puede estar enteramente solo; sí, en efecto, es triste...).
La historia me resultó de lo más impactante. Estaba impregnada de un romanticismo gótico infantil como el que se puede paladear en los sueños. Apelaba a las emociones más elementales (no necesariamente nobles) del ser humano: la soberbia, la ira, la culpa, el miedo, el amor... El personaje pricipal bailaba alrededor de todas ellas con naturalidad, haciendo que la historia fuera verosímil.
Pero si había algo, por encima de todas las cosas, que atraía la atención por encima de todo, era el gato negro que el protagonista adoptaba, inicialmente, con cariño. Si bien los pensamientos del personaje principal siempre comenzaban por otros derroteros, al final se centraban en el pequeño animal que siempre parecía encarnar una multiplicidad de facetas. Por aquel entonces encontré el cuento perturbador, sin saber demasiado bien por qué. Escondí el libro entre los tebeos.
Dos días más tarde devolví el ejemplar al lugar del que lo había sustraído. Me dije a mí mismo que no quería privar a nadie de aquella historia tan fascinante, pero sabía que en el fondo me mentía a mí mismo. Aquel libro permaneció allí una semana entera sin que nadie lo tocase ni se interesara por él.
Hace unos años encontré un ejemplar parecido en un centro comercial y lo ojeé por encima. Los mismos pasajes perturbadores estaban allí, el mismo tono sedante en las palabras. Solo que entonces, al releer la última página, cuando la historia finaliza en todo su horrible esplendor, comprendí el por qué de mi arrepentimiento, por qué no quise quedármelo.
Aquel gato, o al menos así entiendo yo el cuento, representa la conciencia que vuelve a visitarnos cuando tenemos la guardia baja. Que nos escruta y nos observa con descaro y sin miedo, que nos conoce, no por quien pretendemos querer dar a entender que somos, sino por ser quienes somos.
Hoy en día, que me tengo que replantear tantas cosas y subsanar ciertos errores no puedo dejar de pensar en esta historia.
Y es que los gatos son como nuestra conciencia: cuando les miramos a los ojos, nos sontienen la mirada...
Saludos,
Angellus.
Paz, amor y dvd´s para todos.
