De vez en cuando me dan voladas o venadas de "novelista de todo a 100", y doy a luz algún horror escrito que no suele pasar de las primeras páginas, aunque escribirlo y quitártelo de la cabeza para poder seguir con los garabatos no deja de ser muy catárquico... me da pena que las cosas se me amontonen y nadie las vea, asà que haciendo un gran esfuerzo por superar la vergüenza (ya ves, puedo dibujar un mono inculando a una princesa tan ricamente pero no escribir cuatro tonterÃas) os enlazo primero un fragmento humorÃstico que escribà hace tiempo y subà a DA, muy "Terrypratchiano" él; y abajo os pongo algo un poco más extenso, una especie de historia con tintes de "Casablanca" (o eso se pretendÃa), que al final queda raro y lioso y cutre y todo sobre un dueño de un hotelucho y su búsqueda de una buena señorita. No os riais mucho :P
Natalie Cole explicaba como serÃa todo as time goes by con un volumen no más alto que el quejido de los muelles de la silla, pero que bastaba para llenar la habitación. Las cortinas se movÃan al ritmo que el ligero viento veraniego les marcaba mientras pasaba como un caradura por la primera ventana que veÃa abierta, estuviese o no invitado a la fiesta, al pequeño reducto de soledad que era mi oficina. Al otro lado de la puerta, el mundo seguÃa girando y daba la impresión de que en la última vuelta se habÃa olvidado de mÃ, que sentÃa el tiempo pasar lenta y pesadamente por encima de mi cabeza como lo harÃa un enorme trasatlántico por encima de una pescadilla cualquiera.
You must remember this, a kiss is still a kiss advertÃa la señorita Cole desde tiempos de Bogart y Bergman, acompañada de un piano y una baterÃa que parecÃan tocados por el mismo viento que me acariciaba la cara. La situación me hacÃa sentir cómodo, capaz de colgar mi cuerpo como si fuese una chaqueta y pedirle a la secretaria de mi mente que no me pasara más llamadas. Era mi pequeño momento conmigo mismo y pensaba aprovecharlo mientras esperaba a que el mundo me recogiera en la siguiente vuelta. Los más pÃcaros reirán de la única forma que saben, con una estupidez que no puede evitar hacerse notar mal que les pese, como un pobre diablo que ha salido de casa con el pantalón puesto al revés. Me da igual. Pero les haré el favor de explicarles, me siento con el buen humor necesario para hacerlo, a qué me refiero: era un momento para pensar en mis cosas y abandonar las estupideces que me salen solas, abandonar la torpeza y olvidarme del “debo serâ€? y el “quieren que seaâ€? para echar un vistazo al cuadro inacabado del “quiero serâ€? y poner otra vez esa vieja pelÃcula machacada por la crÃtica que es mi vida. Dicen que no es intensa ni alocada, le falta acción y sexo y el protagonista es feo de narices. Yo digo que al menos los diálogos son tragables, hay humor, romanticismo y no sale Jim Carrey en ni un solo segundo de metraje… It’s still the same old story, a fight for love and glory. Muy oportuna, Natalie. Empieza el film.
En ese gran hotel que es nuestro corazón siempre hay enormes habitaciones para la familia y para los amigos, para los compañeros…e incluso para los enemigos, estas últimas sin jabón y con una ducha que no entiende de temperaturas superiores a 5º. Después en la tercera planta están estas suites de lujo para esas personas a las que se les dedican canciones y para las que se levantarÃa un templo si el terreno no estuviese tan caro. Mamá tiene su suite, comparte con papá, y al lado está la hermanita o el hermanito, y aparte está aquella habitación que no sabes quién va a ocupar y de la que el recepcionista guarda la llave con el celo que solo un cancerbero gasta: no le preguntes a quien se la dará, no te lo dirá. Lo único que tienes por seguro es que cuando esa habitación esté ocupada será maravilloso y tú tendrás una copia de la llave.
Puede que el inquilino ya esté en el hotel, o puede que nunca antes haya puesto un pie allÃ. Puede que la persona que ocupa la habitación haga un destrozo y pase a ocupar una de esas estancias pendientes de reparaciones, puede que simplemente sea demasiado lujo para ella y esté más cómoda en una habitación más simple…pero una cosa es segura: las personas a las que les das ese número de habitación dejan para bien o para mal su marca en la almohada y nunca se quita del todo.
En mi caso, pocas han dormido allà y ninguna se ha quedado. Y solo una vez pude regañar al recepcionista, solo una. ¿Y ahora? Ahora esas letras de neón en el cartel parpadean y no dejan ver cuántas estrellas gasta el lugar. Afuera llueve y en la noche las gotas murmuran sobre lo que era y lo que es mientras se alejan todas juntas en forma de pequeño arroyo calle abajo. Los inquilinos no se quejan de las goteras, ya se han acostumbrado e irse serÃa como dejar su casa. Se llevan bien con los botones, comparten chismes con las chicas del servicio de habitaciones y la cafeterÃa es como su sala de estar. La fidelidad y el apego no atienden a ofertas y gangas mejores, son idiotas, pero yo sé apreciar ese tipo de idiotez y en mi hotel, sus copas van a cargo de la casa.
Al fondo de la barra, una figura se hacÃa ver sobre las demás, no por exuberancia pero sà por el mismo aura de simple belleza simpática que rodea a un trébol de cuatro hojas. No me preguntéis cuándo fue, ni yo me acuerdo, pero aquella persona un buen dÃa cruzó la lluvia y pisoteó el charco que habÃa sustituido a la alfombra de entrada para entrar a formar parte de la clientela y ahora es como si llevara más tiempo aquà que muchas partes del mobiliario del hotel. En los primeros dÃas le recuerdo como el tipo de persona que no sobra a tu lado por su inteligencia, pero que tampoco quieres presentar a las amistades por su carácter taciturno, el tipo de persona que ahorra en palabras y selecciona las que usa como si fueran fichas de casino… o verdaderas balas. Cuan limitada era esa imagen.
Cuanto más tiempo hablaba, más fascinante me parecÃa: era como excavar un suelo nada amable para descubrir verdaderas joyas. Era una persona llena de cariño e ingenio pero con heridas profundas que le guardaban de despilfarrarlo con el primer mindundi que se le plantara delante. Frágil, insegura y a la vez de ideas fijas, madura pero con espacio para la ilusión de un niño en su ser, ávida de aprender pero testaruda para según que cosas. Ahora me es imposible no sonreÃr cuando hablo con este cliente. Si cada inquilino fuese un disco, este en particular no me cansarÃa de oÃrlo, una melodÃa con momentos de calma y de verdadera explosión rÃtmica y sin vocalista.
Pero una de las contras de oÃr tu disco favorito es que termina gastado. He procurado ser comedido, pero miro al deslucido cartel de mi local, huelo el aire apesumbrado que recuerda tiempos de ignorancia más felices y el cuerpo me pide la alegrÃa que le da esa música. Soy patético como el borracho que se jura que cada nueva copa será la última, y temo que quien sirve esté cerca de cansarse y cerrar la botella o partÃrmela en la cabeza. No le culparÃa por ello, pero qué pena serÃa que esa persona se fuera sin poder ofrecerle la suite. Quizás sea tarde ya, quizás le de al viejo recepcionista con las llaves en la nariz, o quizás nunca fuera el momento para hacerle la oferta.
Cada nuevo dÃa que pasa recuerdo al botones que no debe faltarle de nada, y cuando la veo en la cafeterÃa no puedo evitar acercarme aun sin tener nada que decir, lo que me hace quedar como un idiota insoportable seguramente. El Barman tuerce el gesto como el que observa una partida de poker y ve una mala jugada. Si no cayera tan bien entre los parroquianos, le despedirÃa por tener razón. Con el “holaâ€? cae una piedra en mi estomago, con la siguiente frase estúpida, una cantera al completo. Algo dentro grita “para, paraâ€? pero la catástrofe es inminente, y en cinco frases mi imagen ya queda un poco más deteriorada seguramente y mi interlocutor un poco más molesto. Todos me dicen que me olvide, a fin de cuentas es imposible: en esta vida hay apuestas demasiado arriesgadas y yo nunca he sido buen jugador. Solo el recepcionista cambia el discurso e insiste con su insoportable acento británico en que, ya que estoy dispuesto a darme de morros contra un muro, lo haga como dios manda y le ofrezca esa maldita habitación en la tercera planta. Lo harÃa de buen grado, pero lo que resuena en mi cabeza como las palabras apropiadas en el camino a la boca siempre se desvÃa y sale por el culo. No me gusta ser sensiblero, en el pasado lo fui y me dieron donde más duele y despacito. No puedo ser sincero con el mundo cuando el mundo es como un loro al que le han puesto whisky en el bebedero: repite todo lo que le dices haciendo que suene ridÃculo y no se calla nada. No le diré que hace que ser yo sea agradable y que solo con tal de que me sonrÃa de vez en cuando y me de un abrazo cuando quiera de propina procuraré estar ahà cuando me necesite y hacerle ver todo lo bella que es.
Pero con tal de no oÃr al recepcionista llevo las llaves en el bolsillo. No para dárselas, eso simplemente es imposible, pero cuando oigo su tintineo en el bolsillo y veo a este inquilino tan especial al cabo del dÃa, ahh, es como si el futuro brillara… quién sabe, quizás con el tiempo…
The world will always welcome lovers as time goes by…
Oh, cállese, Cole…